Opinión

El naranjo y ella

Germán Ubillos | Sábado 04 de mayo de 2013
Llegó agotado, “cansado de la vida” o para ser más exactos de los palos que le había ido dando durante todo aquel año nefasto; mudanzas cíclicas, hipotecas monstruosas, encierro contra su voluntad de su hermana en una especie de manicomio, más ver a su madre parapléjica postrada en un sillón con demencia senil e infartos cerebrales. Cuando el médico le vio – una eminencia – le dijo, “váyase al mar, váyase al mar y escriba”.

Se apoltronó en la butaca de plástico blanco en la terraza junto a la piscina del hotel – un hotel ciertamente encantador – e iba a cerrar los ojos cuando una joven acercándose a él le tendió un sobre blanco y cerrado mientras le decía: léelo pero solamente tú. “Lo haré en la siesta” - respondió.

En efecto, antes de dormirse y sintiéndose agotado, abrió el sobre, extrajo una hoja de papel con una especie de poema escrito cuyo título era: “El naranjo y ella”.

No se enteró de nada. Después de la siesta y fijando de nuevo la mirada creyó leer un texto con la forma parecida a la de Juan Ramón Jiménez o Rabindranath Tagore y el fondo semejante a los de Santa Teresa o al Cantar de los Cantares. En él una joven suplicaba de forma ferviente a un naranjo que la protegiera con sus ramas, que la meciera en sus hojas y bajo su sombra, que la alimentase con su dulce savia. Ella amaba al naranjo como jamás había amado antes a nadie y le rogaba que le respondiera de la misma manera, cosa que el naranjo no tardaría en hacer y con creces… Pero bajo todo aquel entramado literario latía una tragedia, un dolor infinito, un desgarramiento enorme, algo que le inquietaba y que no acertaba a explicarse.

Así que se levantó y cansado como estaba bajó hasta la piscina y buscó a la autora. Ella estaba recostada en una hamaca blanca junto a un naranjo de no muy gran tamaño, él le dijo unas palabras educadas y suaves de aprobación. Después volvió a la butaca de la terraza bajo el toldo, allí hacía fresquito y olía intensamente a jazmín. De pronto su mente aburrida de la vida – cosa muy peligrosa tratándose de él – se fijó en un objeto, aún de forma selectiva lo aisló de todo lo demás. La “memoria focal” como un foco de luz blanca sobre un escenario negro, lo iluminó. Sí, aquel ser le interesaba. Fue entonces cuando la llamó y vino y se sentó delante en otra silla. Estaba en bikini y se había envuelto en un pareo de colores semitransparentes. Tendría una edad indefinida, unos veinticinco años.

-- Me he fijado en ti – le dijo – me has llamado la atención.
-- Pero si ya me conoces del año pasado – protestó ella.
La verdad es que no se acordaba de nada, pensó con cierta preocupación.
-- Bien, no tiene importancia – dijo ella.

Entonces se piso muy seria y con los ojos muy abiertos y redondos le miró.

Él se dio cuenta de lo hermosa que era, pero eso duró un tiempo muy breve, unos segundos solo.

Recapacitó, le interesaba su fondo, no su esbelto cuerpo. Penetrar su alma….Pero eso fue realmente imposible pues estuvieron juntos solo siete días y estaban los dos “pringados”.

No obstante y a pesar de toda la gente que siempre les rodeaba, una mañana se puso él a tocar el piano, ella vino en el acto y en pie, se puso a cantar. Cantaba canciones de los años cuarenta, cincuenta, sesenta y setenta del siglo ya pasado, él la acompañaba, solía hacer una breve introducción, pero es que ella cantaba endiabladamente bien, rancheras, baladas, valses, viejas canciones, unas de Frank Sinatra que recitaba en inglés y cuyas letras había extraído del ordenador de “Recepción”.

Él estaba un poco asustado, no sabía si les iban a echar de allí, pero ella le incitaba a aumentar el repertorio, empezó a llegar gente que les aplaudía, ella reía y disfrutaba como una loca pues era un poco infantil, pero el caso es que también disfrutaba, disfrutaba ejerciendo.

Pero el caso es que también él disfrutaba ejerciendo su vocación perdida…

Hasta que llegaron unos franceses, un matrimonio encantador que comenzaron a grabarles en vídeo, lo que serían dos “DVD” de una hora y veinte minutos de duración total: “su concierto”.

Aquel ser, aquella criatura se había transformado en su “pareja artística”, un mundo hermético, privado y peculiar, un mundo artístico que les diferenciaba de los demás, su mundo, el de ella y él interpretando a dúo.

Ella se fue arreglando más y más, o así le parecía, sandalias doradas, pantalones bombachos orientales, preciosos vestidos de distintos colores, cadenas en los tobillos, crucecitas esmaltadas al cuello, bikinis, sortijas, pulseras de nácar azuladas y rojas; maravillosa y compleja, muy compleja, encantadora y mórbida. ¿Qué podía hacer un pianista con semejante ser?

El último día en la piscina, ya tarde, así lo definió: le había atravesado como un meteorito de parte a parte, un meteorito que viajaba a cien mil kilómetros por segundo y del que no recordaba ni el tamaño ni el color. Del impacto solo sintió sorpresa, estupor, júbilo y alegría, intensa alegría; al final, dolor.

Había desaparecido todo. El piano, el hotel, la piscina, el naranjo y ella.

Se había vuelto a quedar solo.

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