Opinión

Telefónica: El Kahnweiler español

Pedro González-Trevijano | Domingo 05 de mayo de 2013
“El cubismo -afirmaba rotundamente Picasso- no existiría sin Kahnweiler”. Una realidad tan tozuda como lo sería su nacimiento por el hacer conjunto de Georges Braque y Pablo Picasso. Daniel-Henry Kahnweiler había nacido en la ciudad alemana de Mannheim (1979), pero realizó su más importante actividad como galerista y promotor del nuevo arte, el cubismo, en el París de 1910 y 1920, ciudad donde finalmente fallecía (1979). Los grandes marchantes Ambroise Vollard y Paul Durand-Ruel fueron para el galerista alemán residente en Francia sus dos grandes referencias. Kahnweiler se convirtió, con el paso de los años, en lo que siempre había sido su más ferviente deseo: un excelente marchante. En sus propias palabras, “no en un creador exactamente… sino un intermediario en un sentido relativamente noble.” Y a fe que lo consiguió con creces.

Todo comenzó con poco más de veinte años cuando el joven aficionado alemán abría un sencillo local en el número 28 de la Rue de Vignon. Con escasísimos medios económicos, a pesar de pertenecer a una acaudalada familia (su padre era agente de bolsa y un tío suyo era propietario de una de las minas de oro más importantes en Sudáfrica), el resuelto aprendiz acondicionó la modesta galería, recubrió las paredes con telas de saco y pinto el techo de blanco. Entre las primeras obras expuestas se hallaban trabajos de Derain y Vlaminck. En seguida, y tras correrse la voz, se presentaban una mañana en su tienda el orondo Ambroise Vollard y un jovencísimo Pablo Picasso. El ya afamado marchante francés desconfió inicialmente del aspirante. ¿Había reconocido a un sobresaliente competidor? “Pablo -le habría dicho a Picasso- al salir del local, a este chico sus papás le han regalado una tienda de arte por su primera comunión.” Pero Voillard se equivocó: había llegado, y además para quedarse para siempre, un gigante del arte moderno. Con el paso del tiempo sus sencilla Galería Vignon se convertiría en la afamada Galeria Louis Leiris

Su relación con el cubismo empezó muy pronto. Un amigo, el aficionado y crítico alemán Wilhem Uhde, le había hablado del artista malagueño, y de un extrañísimo cuadro que terminaría por quebrantar el buen orden de la pintura occidental. Me refiero a Las señoritas de Avignon (1909). Picasso vivía miserablemente entonces en el Bateau Lavoir, a lo largo de la Rue de Ravignan, denominado así por su semejanza con los barcos lavaderos de las orillas del Sena. Otros inquilinos de tales cuchitriles eran el español Juan Gris, Modigliani, Van Dongen, Brancusi, Leger…, y el otro renombrado inventor del arte nuevo: Georges Braque.

Pues bien, en España, como es tristemente sabido, pasó de largo el tren de la modernidad. Por aquí, salvo contadísimas excepciones, nadie se interesó, primero, por la aparición del impresionismo, y menos aún, años después, por el cubismo. Hasta tal punto que han tenido que pasar más de cien años para que nuestro país pudiera forjar una buena colección de la pintura del nuevo tiempo. Y en este proceso la Fundación Telefónica es la responsable de la buena nueva con la constitución de su soberbia Colección Cubista. En ella encontrarán ustedes las mejores referencias posibles: Juan Gris, con una colección impresionante, donde destaca La chanteuse, Rafael Barradas, María Blanchard, Albert Gleixes, Vicente Huidobro, André Lothe, Jean Metzinger, Fernand Leger, Louis Marcoussis, Emilio Pettoruti, Vicente do Rego Monteiro, Daniel Vázquez Diáz, George Valmier, Joaquín Torres García, Alejandro Xul Solar, Martín Chambi, Horacio Coppola… y un maravilloso lienzo de Manuel Ángeles Ortiz, uno de los más destacados miembros de la segunda Escuela de París y uno de los grandes amigos de Picasso, Balcón abierto y plato con pescados. Del artista nacido en Jaén, afincado en Granada, y gran amigo de Lorca, Telefónica adquirió también otra obra menor, pero muy interesante, de sus años cincuenta: La bañista.


En suma, Telefónica se ha erigido en uno de nuestros destacados marchantes, y en el más sobresaliente en lo que a cubismo se refiere. De esta suerte nuestra “Matilde” ha hecho suyas las palabras de nuestro hombre asentado en París, cuando apuntaba al final de sus días: “Actuar como intermediario entre los artistas y el público, abrir camino a los pintores jóvenes y evitarles las preocupaciones materiales. Si el oficio de marchante de cuadros tenía una justificación moral, sólo podía ser esa.”

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