José María Zavala | Lunes 06 de mayo de 2013
La prensa ha dado cuenta de diferentes aspectos aparecidos en el último barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas. La edición de abril está llena de datos que no dudo en considerar alarmantes, y sin embargo los medios parecen haberse centrado especialmente en un indicador: lo que el organismo denomina “la estimación de voto”.
Con una falta de rigor imperdonable, ya que en algunos casos incluso se ha confundido “intención de voto” con “estimación”, es importante tener en cuenta que éste último es un indicador generado por el CIS a partir de un modelo propio. En el barómetro se realiza la siguiente pregunta: “Suponiendo que mañana se celebrasen elecciones generales, es decir, al Parlamento español, ¿a qué partido votaría Ud.?”. En este punto, e1 12,5% de los encuestados se inclinaría por el PP y el 13,7% por el PSOE. Se pregunta además por la simpatía hacia los diferentes
partidos, el posicionamiento ideológico (izquierda-derecha) y el recuerdo de voto durante las últimas elecciones.
La estimación de voto pretende realizar una proyección de los hipotéticos resultados, relacionando la intención de voto, los datos por recuerdo de voto imputado y otras variables. Si nos fijamos en la información resultante, que mediante un análisis longitudinal presenta una trayectoria de caída continua para los populares desde octubre de 2011, observamos que la estimación de voto atribuida a los principales partidos es del 34% para el PP y del 28,2% para el PSOE. Al igual que los datos sobre resultados electorales, estos porcentajes se realizan
sobre hipotéticos votos válidos.
Por ello propongo ir más allá y leerse el documento entero, que arroja una gran cantidad de datos claramente preocupantes. Un 82,2% de la población califica la situación política de “mala” o “muy mala” y la mayoría creen que dentro de un año será igual o incluso peor. La corrupción y el fraude es considerado uno de los principales problemas del país por más del 39% de los encuestados, y “los políticos en general, los partidos y la política” por más del 29%. Es más, la valoración de los políticos es desastrosa: ninguno de los mencionados llega al 4 y ocho de ellos, incluyendo al presidente del Gobierno, ni siquiera alcanzan un 3. Todos sabemos lo que pasaba en casa si te presentabas con tan lamentables notas.
Casi al 56% de los ciudadanos Rajoy no le inspira ninguna confianza. En el caso de Rubalcaba, esta cifra alcanza un 53%, por lo tanto no nos enfrentamos a un mero descontento con la agrupación en el poder, sino con una verdadera crisis política y de legitimidad institucional.
Precisamente a la hora de valorar diferentes instituciones políticas, sociales y económicas, observamos que solamente las Fuerzas Armadas, Policía y Guardia Civil superan el 5, sin llegar ninguna de ellas al 6. Sonoros suspensos por debajo del 3 son los del Gobierno, el Parlamento (nacional y autonómico), los partidos políticos, los sindicatos y las organizaciones empresariales.
Y para finalizar, algunos “detalles” de gran importancia que se le parece haber escapado a los medios: al preguntar por la intención de voto, el 32% de la población contesta que se abstendría o que emitiría un voto en blanco o nulo. El 19% contesta que no sabe a quién votaría.
Si lo sumamos, se supera el 50% de los mayores de 18 años. Claro que, el indicador utilizado por la prensa (estimación de voto) no contempla estas categorías, pues sólo incluiría los votos en blanco. El documento también refleja que más del 38% de los encuestados no siente simpatía hacia ningún partido.
Utilizar como base estadística los votos válidos desvirtúa la dura realidad política de una supuesta democracia que no se percibe como tal. Las políticas respaldadas en los votos de un 23% de los 47 millones de españoles nos afectan a todos, incluidos los menores de 18 años.
¿Por qué se acepta la continuidad de estas instituciones y figuras públicas tan devaluadas? No sería exagerado señalar cierta apatía social y política, alimentada por un individualismo que antepone los problemas personales (paro y problemas de índole económica) o que es incapaz de vincularlos con la mala salud de las instituciones y la desarticulación social.
A la vista de estos datos es evidente que la fractura entre instituciones y sociedad sólo puede ser solucionada mediante un profundo acto de reflexión, una muestra de voluntad política y un replanteamiento radical del sistema político imperante.
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