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“Mourinho, vete ya”: crónica de la caída del [i]Special One[/i] en el volcán madrileño

este puede ser su último año en Madrid

Miércoles 08 de mayo de 2013
El Imparcial repasa el ocaso prematuro del cambio de ciclo en el fútbol español que Florentino identificó en la figura del mejor entrenador del mundo en 2010. Por Diego García


La tercera temporada de Jose Mourinho como primer entrenador del Real Madrid baja el telón con la única opción de salvar el año en la final de la Copa del Rey ante el rival capitalino. Se cierra otro ejercicio de intensidad deportiva, tensión dialéctica y, para desgracia de la hinchada merengue, pocos dulces que llevarse a la boca. El técnico portugués afronta los últimos coletazos de un año marcado por los sinsabores internos que han terminado por contagiar, de manera irrefrenable, a la grada. La erosión provocada por la rebeldía de un sector trascendental del vestuario, que no aceptaba la legitimidad del mister luso, y la sensación latente de intranquilidad en el seno madridista con respecto al futuro de Mourinho ha convertido la opción de continuar en el banquillo del Bernabéu en una suerte de utopía.

No corren buenos tiempos para el campeón de la Champions League con Oporto e Inter. El Special One que enamoró al Chelsea y, por extensión, al fútbol británico -con el que flirtea sin tapujos desde su llegada a Chamartín- parece estar apurando su estancia en Madrid como una flor marchita a la que nadie tiene intención de regar. Se cierra una etapa destinada a prolongarse en el tiempo con los títulos como principal aval que se ahoga en la disidencia y la sequía de trofeos.



El ciclo de Mourinho en la capital española comenzó a expirar con la consecución de la Liga de los 100 puntos, por contradictorio que pueda resultar. El cénit del mando de Mou en la casa blanca supuso un punto de inflexión absoluto. Inyectó al club madrileño la competitividad y mentalidad ganadoras olvidadas en el paseo de la Castellana y arrebató la hegemonía al Barcelona de Guardiola -contra pronóstico- al ritmo de los récords cosechados. El doloroso tropiezo en las semifinales de la Champions League ante el Bayern se interpretó como un regreso a la zona noble europea más que como un fracaso. El Madrid volvía a reinar en España con absoluta solvencia y brillo inmaculado. Los parabienes no cesaban con una plantilla entregada a su líder y a sus condiciones.

Pero la intensidad de aquella gloria trajo la desconexión de los cuatro primeros meses de esta temporada. Misma plantilla, mismo cuerpo técnico, diferentes ondas comunicativas. El entrenador portugués trasladó a su reto madridista su exitoso método de trabajo. Funcionó los dos primeros años -con algún que otro chispazo público en forma de quejas veladas de futbolistas ante el sistema de trabajo-. La 2012-03 confirmó la condición corrosiva del sistema Mourinho. Makelele, ex madridista y ex pupilo de Mou en el Chelsea, reveló en su autobiografía que con el paso de los años, sus compañeros en el club blue percibían que el técnico luso se apuntaba los triunfos con afán protagonista, y esto molestaba al vestuario.

Quizá este sea uno de los ingredientes que conforman la rebeldía desatada en el vestuario madridista este año. La exigencia de concentración total, solidaridad de esfuerzos y trabajo antes que disfrute con la pelota ha sido rechazada de manera frontal por buena parte de la plantilla, que regaló la Liga en los primeros meses de calendario. “Tengo pocas cabezas comprometidas” decía Mourinho tras caer en el Pizjuán. Aquel diagnóstico recibió una reprimenda inmediata de Sergio Ramos en lo que se adivina como una situación premonitoria. La fractura entre entrenador y algunos jugadores era ya tangible.


El carácter público de esta erosión -“quemar al vestuario”, como argumentan los que acusan a Bielsa de poseer este mismo efecto secundario- sepultó uno de los pilares de la filosofía de Mourinho. La identificación total del individuo con el grupo es un mandamiento básico en la disciplina del Special One. Sus equipos cierran las puertas del vestuario y no se conceden entrevistas, no se permite acceder a los entrenamientos a personas ajenas al club, se usa el elemento del enemigo exterior o la soledad en la lucha para cohesionar a la plantilla y se prohíben de forma radical las filtraciones nocivas para el funcionamiento del grupo.

Este último precepto es el protagonista de la bancarrota deportiva del Madrid en esta temporada y del eclipse de la era Mourinho en el gigante del balompié español. Todo apunta a que Iker Casillas rompió de forma sistemática este mandato de silencio con la filtración a la prensa de aquella reunión que los capitanes mantuvieron con Florentino en la que presuntamente Casillas y Ramos dieron un ultimátum al presidente sobre la continuidad de Mou como highlight. La ley impuesta por el entrenador le ha colocado desde entonces en el banquillo y la grada, según la ocasión, hasta el final del ejercicio. La valentía del técnico portugués por sentar al capitán y mito del fútbol patrio -“cuando uno se cree protegido e intocable pierde competitividad”, le dijo a Casillas a través de los medios- le ha granjeado la definitiva oleada de críticas mediáticas –con exclusivas peculiares que apuntan a una compra masivas de cajas de cartón para mudanza incluidas- que, finalmente, se han exportado a las gradas del Bernabéu, a los aficionados que le gritan “vete ya” a la salida de la Cuidad Deportiva de Valdebebas y a alguno de sus jugadores -Pepe se posicionó el pasado sábado fuera de la disciplina de su preparador-.


La goleada encajada en el Westfalen Stadium ha acabado con las opciones de lograr la “Décima”, agudizó la desafección y se abrió la veda de manera irreversible. “No me importa nada de Mourinho”, respondió Ronaldo sobre la continuidad de su entrenador. El técnico que desempolvó el aura ganadora y competitiva al Real Madrid -con tres semifinales de Champions consecutivas en un club que no jugaba esa fase desde el 2003- caía en picado por obra y gracia de un método demasiado erosivo para las estructuras -y vicios- que perduran en el club merengue y su entorno desde tiempos inmemoriales.

El fútbol es más que una táctica o un entrenamiento. El fútbol se juega con un grupo de hombres diferentes que trabajan juntos y forman una familia, el club es nuestra segunda familia. Para conseguir esto hay que tener mucha empatía”. De este modo se presentó Mourinho en la sala de prensa del estadio Santiago Bernabéu el 30 de mayo de 2010. Casi tres años más tarde, la familia diseñada por el técnico ha expulsado moralmente a su responsable ejecutando el grito “Mourinho vete ya” desde sus rupturas de la disciplina impuesta y desconcentración inconsciente (o muy consciente, dependiendo del prisma) en estadios humildes. El carácter del portugués en sus manifestaciones ante la prensa ha alimentado la marejada que le expulsa del banquillo madridista y, como casi siempre en este tipo de conflictos, el club ha pagado el peaje de un cambio de ciclo que duró mucho menos de lo esperado cuando desembarcó el mejor entrenador del mundo en Madrid.

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