Opinión

En el 2207 de la Avenida Seymour

Alicia Huerta | Miércoles 08 de mayo de 2013
La privacidad es sagrada, como también lo es la inviolabilidad del domicilio. Nadie puede entrar en tu casa sin una orden judicial, es decir, sin que la policía haya convencido a un juez de que existen claros indicios de que en el interior de la misma puede estar cometiéndose un delito o se esconden las pruebas de algún tipo de actividad ilegal. Todos tenemos la tranquilidad de que, por lo general, lo que pasa en casa se queda en casa, aunque eso signifique, por otra parte, que algunas de las peores violencias contra personas se cometan en familia o con el escudo de las paredes privadas como colaboradoras necesarias. Son las dos caras de la moneda.

Algunos vecinos del ya maldito número 2207 de la Avenida Seymour en Ohio, de donde han escapado Amanda Berry, Gina DeJesus y Michele Knight después de más de una década secuestradas, aseguraban nada más conocer la noticia que el propietario de la casa, Ariel Castro, era un tipo normal que, a veces, organizaba barbacoas en el jardín trasero o lavaba el coche en el camino de la entrada. Otros habitantes de la zona, por el contrario, confiesan que les extrañaba que las persianas siempre estuvieran bajadas o que algunas ventanas llevasen años cubiertas desde el interior con cartones. Claro, que ningún vecino llama a la policía por tales motivos. Entre otras cosas, porque si lo hiciera, aparte de considerarle paranoico o cotilla, lo más seguro es que los propios agentes le dijeran que se metiera en sus asuntos. En el espeluznante caso de Cleveland, sin embargo, ahora se ha sabido que hubo denuncias, al menos dos, que alertaban de haber visto a chicas en el jardín atadas con correas de perros.
Acudió entonces la policía, sí, aunque está claro que sin ningún resultado porque, además, han reconocido que ni siquiera se llegó a entrar en la vivienda, a cuya puerta nadie acudió a abrir a pesar de los timbrazos de los agentes. No hay nadie, debieron de pensar y se marcharon.
Sorprende, en todo caso, que en un barrio tan aparentemente popular donde muchas familias se conocían desde hace años – la de Gina DeJesús, por ejemplo, se relacionaba estrechamente con los Castro – no hayan reparado en las idas y venidas de Ariel. Si este antiguo conductor de autobuses escolares en teoría vivía solo, de alguna forma tendría que justificar las compras realizadas para las tres mujeres que mantenía encerradas en las mazmorras subterráneas de su particular prisión que, a juzgar por las imágenes, no es una ninguna mansión aislada en medio del bosque. Sí, donde come uno, puede que coman dos, pero ¿cuatro? ¿Y cuándo nació la niña que ahora tiene seis años? ¿Pañales, medicinas, cereales? ¿Lloros a pleno pulmón y en plena noche? Pero, claro, uno tampoco llama a la policía para decir que el vecino trae del súper tantas bolsas que parece que tenga dentro una cantina. En caso de haberlo hecho, probablemente le habrían dicho que si el tipo organiza timbas con los amigotes por las noches – o lo que le venga en gana – está en su derecho y que no es en absoluto asunto de los vecinos.

Es difícil concebir una atrocidad mayor contra un ser humano que la de arrancarlo de su vida y de sus seres queridos para encerrarlo y someterlo con carácter indefinido. Para violarlo y torturarlo. Igual que es difícil imaginar qué recursos encuentra el cerebro del secuestrado para sobrevivir, día tras día, alimentado sólo a base de esperanza, llegando, incluso, a sentirse agradecido de que aún no le hayan matado. Los especialistas aseguran que las víctimas de cualquier tipo de secuestro sufren secuelas de por vida, pero cuando en el secuestro media, por ejemplo, un rescate monetario, uno se empeña en sobrevivir hasta que se haga entrega del mismo por parte de la familia o de quien corresponda. Hay un fin, una causa material que no depende del secuestrado, quien sabe que, por su parte, lo único que puede hacer es esperar sin que el paso del tiempo mine su determinación de volver a casa. En este otro tipo de secuestros, en los que un monstruo, con o sin ayuda de otros, te encierra “para siempre” con la finalidad de torturarte en todos los sentidos, aunque la esperanza sea la misma, es decir, sobrevivir al cautiverio, tiene que ser mucho más difícil mantenerla. Y, para colmo, son demasiadas las cosas que, de forma diabólica, parecen depender de la propia víctima. Dentro de ese tipo de cautiverio hay que evitar, además, los castigos añadidos: “Si te portas mal…”. El caso de Natasha Kampush, que conmocionó al mundo igual que ahora el de Ohio, demuestra hasta qué maléfico punto la persona secuestrada durante tanto tiempo nunca vuelve a ser la persona que era o, mejor dicho, que habría llegado a ser, porque que la joven austriaca sólo tenía 10 años cuando desapareció de la vida a la que ya nunca pudo regresar. Es la viva imagen de quien no ha vuelto a ningún sitio.

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