José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 10 de mayo de 2013
Decía José Luis Borges que nunca conoció a un italiano tonto ni a un español sin honor. En lo primero, pese a alguna nota disonante –por ejemplo, la popularidad y crédito de Berlusconi-, el juicio del genial argentino conserva toda su vigencia; en lo segundo, sin embargo, no puede aseverarse ya que su rotunda afirmación se identifique plenamente con la realidad. Las reminiscencias de la España de los siglos de Oro que, indudablemente, latían en la frase del escritor rioplatense hallan hoy escaso eco en la metrópoli de un imperio que hizo posible la gigantesca aportación a la literatura contemporánea de un autor que, de manera crecientemente incomprensible, no obtuvo el premio Nobel. La España calderoniana con el honor como patrimonio de un alma redimida por el credo evangélico se encuentra por entero difuminada en el imaginario colectivo. Celos, violencias y venganzas de maridos despechados, pero también reivindicación de la dignidad ofendida por personajes ultrajados por el poder y la injusticia se ofrecen a las generaciones actuales como reliquias de un tiempo bárbaro y completamente desfasado.
Mas en la justa condena de no pocos elementos de aquélla España del mayor dramaturgo en lengua hispana, el tema del honor no puede incluirse en el rechazo. En su versión presente, resulta, sin ningún género de dudas, tan indispensable o más que entonces para una convivencia enriquecedora y una sociedad identificada con su pasado y, por tanto, con ansias de futuro. Desde tal ángulo, el panorama de nuestro país no puede ser más eversivo. El honor, siquiera a mínima escala –la indispensable para mantener la propia supervivencia moral-, semeja estar missing en la vieja piel de toro que antaño fuese uno de sus solares predilectos. Por todas sus junturas estallan la irresponsabilidad, la inconsecuencia y el “todo vale”. Continuamente se declinan a la actuación ajena las conductas tábidas y los comportamientos execrables -los recientes juicios sobre gentes de la farándula política y folklórica (tauromaquia incluida), proporcionan abundante material documental-. Ruina ética, indigencia de la salud pública por todos los rincones y entresijos de la vida de un pueblo secularmente caracterizado por su dignidad y altivez.
Curiosamente, el revival nacionalista periférico abrió un ancho espacio para la expansión del hecho glosado. Personas de toda condición, mas muy predominantemente encumbrada –dignidades eclesiásticas y académicas, reputados periodistas, hombres públicos revelantes- no tributaron culto alguno ni a la historia ni a la verdad a la hora de reescribir sus biografías conforme al guión políticamente correcto –y rentable- en los días de la transición y la democracia. Con absoluto desprecio a la propia trayectoria y a sus contemporáneos sometieron –y siguen haciéndolo…- su currículo a un lifting radical para incardinarse en las corrientes más avanzadas y prometedoras de dicho credo. Canónigos a la manera del muy famoso barcelonés Joan Tusquets Terrats (1901-98) -terror en otro tiempo de masones y “separatistas”- o acenepista tan ardido y destacado como el profesor y teniente coronel –del Servicio Meteorológico- donostiarra, Carlos Santamaría (19º9-1997) no tuvieron rebozo alguno en alterar fechas y trasmutar ideas al servicio del clima ideológico imperante en la Catalunya y en el País Vasco de los últimos decenios de la centuria pasada. El fenómeno, claro, no se circunscribe al ámbito geográfico indicado, visualizándose en toda la geografía española, cubierta así por una capa asfíctica de oportunismo y amoralidad.
Sin nostalgia alguna de retornos quiméricos de un tiempo ido para siempre, el sentido y la vivencia –recatada, íntima, esto es, profunda- del honor se erigen a la altura de 2013 como metas impostergables de cualquier educación para la ciudadanía y motores insustituibles para el logro de una comunidad imantada por el progreso y solidaridad con su ayer, hoy y mañana.