Sábado 11 de mayo de 2013
En vísperas de las elecciones en Pakistán, el país vive un clima de crispación y violencia cuyo final no acaba de vislumbrarse. Los últimos atentados de este pasado viernes, que se han saldado con la muerte de cinco personas, son el reflejo de la atmósfera de terror creada por -entre otros- los talibanes para boicotear los comicios. Y es que sería inexacto atribuir todos los males del país a unos talibanes que, si bien tienen su peso específico, no son el único problema para la convivencia.
Pakistán es un país donde la seguridad jurídica y el funcionamiento de las instituciones es inversamente proporcional a su endémica corrupción. Está, además, el hecho de que el ejército siga ejerciendo una suerte de tutela sobre todo cuanto acontece. Sirva como ejemplo el siguiente dato: en 25 por ciento del presupuesto pakistaní se destina a gastos militares, sin más especificación. O lo que es lo mismo, el ejército gestiona la cuarta parte del dinero pakistaní sin rendir apenas cuentas.
En consonancia, los tres principales partidos han hecho una campaña anti occidental por miedo a los talibanes y sin un ápice de crítica a las fuerzas armadas. Nawaz Sharif es quien parte con mayores posibilidades de triunfo en unas elecciones cruciales para el país. Sea él u otro el elegido, los retos a los que deberá hacer frente de manera prioritaria son claros: evitar que la inseguridad producida por el integrismo acabe de resquebrajar al país y poner coto de una vez por todas al tremendo fracaso institucional causado por décadas de corrupción.
TEMAS RELACIONADOS: