Enrique Arnaldo | Miércoles 30 de abril de 2008
Aún no sabemos qué es lo que se nos ha venido encima. Los más agoreros y antipatriotas lo llaman “crisis”. Los que ocupan confortables poltronas aseveran que, todo lo más, estamos ante una “desaceleración” o una “desactivación”. Aquellos están seriamente preocupados. Estos siguen instalados en la sonrisa complaciente pues no pasa absolutamente nada. Mientras otros Estados toman medidas regeneradoras, el nuestro sigue sumido en la melancolía de negar la evidencia. Como los avestruces que entierran su cabeza bajo tierra, los responsables de la “cosa” consumen su tiempo en la semántica de las palabras vacías, más preocupados por transmitir buenas vibraciones (el “buen rollito”) que por afrontar el futuro con garantías. El Real Decreto-Ley, promovido por Solbes, que antesdeayer convalidó el Congreso de los Diputados es un canto al sol, un conjunto de medidas de mínimo impacto con las que se cumple formalmente el expediente pero con “poca chicha y menos limoná”.
Es verdad que estamos ante una crisis extraña pues empezó a mostrar sus síntomas tras el verano de 2.007. Desde entonces han ido cayendo progresivamente -y no de una vez- los indicadores, pero, sobre todo, han desaparecido las alegrías, tanto las de inversiones como las de consumo. Nos encontramos ante una crisis -no sólo financiera, como algunos plantean, sino de amplio espectro- que corroe lentamente pero sin descanso todas nuestras estructuras económicas. Es una crisis enormemente antipática ya que no es previsible ni su total dimensión o alcance ni tampoco su propia extensión temporal. Desde el Gobierno –que niega la crisis- se apunta ya que no durará más allá de 2.009. Aún no ha tocado fondo y sin reflexionar todavía sobre cómo salir, hacen un cálculo pretencioso y sin fundamento alguno. Los grandes gurús de la economía internacional se hacen cruces y no salen de su asombro. Están corrigiendo a la baja las previsiones de crecimiento e inmersos en una tormenta con truenos y rayos, y aquí nos encontramos en la pura actividad contemplativa.
Los políticos huyen de llamar a las cosas por su nombre. Les encanta negar la evidencia. Viven en el puro electoralismo. Les interesan sólo los votos. Se acercan a una persona y la miran como si fuera únicamente un voto. La minusvaloración de la inteligencia de la ciudadanía está condenada al fracaso. La “gente” no se traga sin más lo que le cuenten. Tiene sus opiniones. No somos borregos crédulos y seguidistas. Y odiamos que nos manipulen y más todavía que nos engañen. ¡Déjense de nominalismos!
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