Opinión

Los Días de la Victoria

Ricardo Ruiz de la Serna | Sábado 11 de mayo de 2013
Entre el día 5 y el día 9 de mayo, El Reino Unido, Francia, Eslovaquia, la República Checa, Noruega, Dinamarca, los Países Bajos, Ucrania, Rusia y Kazajstán celebran el Día de la Victoria, es decir, conmemoran la derrota de los nazis en 1945. Desde el Oriente Lejano de Rusia hasta los Pirineos se conmemora la victoria sobre aquellos que representaron el exterminio, la masacre, la muerte, la tiranía, la opresión, la mentira y el lado más siniestro y perverso de la condición humana. Desde el ascenso al poder del siniestro cabo Hitler –que decía ser un liberador, un hombre de paz y un salvador de la civilización y de Europa- nuestro continente vive bajo la alargada sombra de las chimeneas de Auschwitz y tiene sobre sí la gravísima responsabilidad y el deber inexcusable de la memoria. Los nazis y su espantoso recuerdo encarnan una parte espantosa de nuestra historia que jamás debemos olvidar.

A Hitler lo derrotaron ejércitos y guerrilleros, partisanos, resistentes, héroes cuyo nombre ha pasado a la Historia como Jean Moulin o Vasili Zaitsev o que han quedado en el recuerdo como soldados desconocidos. Siempre me ha entristecido esa expresión que subraya la ignorancia. Prefiero la feliz fórmula del Monumento a los Caídos que se alza en el Paseo del Prado y que reza Honor a Todos los que dieron su vida por España. Recordamos el nombre de los asesinos pero no el de aquellos que los derrotaron. Así nos va.

Los nazis forman, pues, parte de nuestra memoria y de la cultura popular. Crecemos con ellos, aparecen en películas y reportajes. Sus símbolos nos son conocidos –la esvástica, el brazo en alto, las fórmulas de saludo- y hasta las imágenes del horror que sembraron nos son familiares. Los campos, siempre los campos. El espantoso legado de horror y muerte que el nazismo representa sigue aterrorizando a quien lo contempla. Su violencia, su apariencia de orden, el racismo que predicaba a la vez el valor de la vida y la sangre de los arios y el desprecio absoluto por todas las demás vidas y por la sangre de aquellos que consideraban inferiores, inhumanos, subhumanos. Los nazis, pues, nos sitúan ante la doble perspectiva de la obsesión biológica por la creación de vida y por su destrucción, por la maternidad y la muerte, por la infancia y el infanticidio, por la salud y la eugenesia. La maternidad de las mujeres arias se incentivaba y la esterilización de los discapacitados también. Traer hijos arios sanos al Reich era un deber. Acabar con los que no eran arios o no estaban sanos también. El III Reich pone a prueba los paradigmas del Derecho, la Medicina e incluso del lenguaje mismo. Como demostró Víctor Klemperer, el nazismo era también –y quizás sobre todo- un lenguaje.

Los nazis y sus aliados, que exterminaron a seis millones de judíos, estaban liderados por un tipo que no fumaba y era vegetariano. Los mismos que asesinaros a gitanos, homosexuales y disidentes de toda índole estaban obsesionados por la higiene, la pureza y la limpieza. Los mismos que decían defender la cultura prohibieron el swing y el jazz y firmaron el acta de defunción de la alta cultura europea que Joseph Roth o Kafka encarnaron. Familias numerosas nazis aclamaron al Führer que exterminó a familias numerosas judías. Los nazis que forzaron abortos y esterilizaciones fomentaron el nacimiento de niños arios que ocuparían las tierras que arrebatarían a los eslavos. Los nazis no sólo pretendieron ser los señores de la muerte sino también los amos de la vida, la otra cara de su perversa moneda. Según se mire fueron pro vida propia o pro muerte de los demás y en ambos casos con el mismo espíritu atroz que los animaba.

El aborto es una de las pruebas de lo profundamente enferma que está nuestra sociedad y las madres que abortan están sin duda entre las víctimas. Matar al no nacido es un crimen que –de algún modo- nos condena colectivamente y que delata lo lejos que estamos de haber aprendido el misterio de la vida, es decir, el Misterio. El Talmud enseña que quien salva una vida es como si salvara el mundo entero y a ese empeño debemos dedicarnos todos. Ahora bien, el linchamiento político, el insulto sistemático y la descalificación del otro no ayudarán a que nuestra sociedad recupere para la vida humana el lugar prevalente que le corresponde.

Si algo enseña la victoria sobre los nazis es que sólo desde la unidad y los valores compartidos podemos derrotar al mal. Todos aquellos que creemos en el valor y la dignidad intrínseca de la vida humana tenemos esa obligación, que recordamos en días como éstos. El aborto es una abominación pero no lo erradicaremos con insultos, linchamientos y violencia verbal contra quienes piensan distinto. Los nazis fomentaron la vida de unos y destruyeron la de otros. Fueron pro vida aria y pro muerte ajena y, sobre todo, pro nazis, que abarcaba las dos cosas de uno u otro modo. Vencer sobre el radicalismo, el fanatismo y la irracionalidad es también otro modo de liberarnos de la mostruosa herencia de los nazis y de impedir a Hitler y a sus aliados –como pedía Fackenheim- una victoria póstuma.