Opinión

El orgullo de una nación

Antonio Hualde | Miércoles 30 de abril de 2008
No encontraremos en los libros de Historia nombres de generales o políticos españoles que despuntasen en el alzamiento del 2 de mayo. No lo haremos, porque no los hubo. Fernando VII, ausente en Bayona -luego se demostraría indigno de tal fervor popular; nunca un monarca fue capaz de dilapidar semejante cantidad de cariño e ilusión- y el país en manos de una Junta de ineptos. Como Gonzalo O`Farrill, Ministro de Defensa que no tuvo mejor ocurrencia que privar de munición a los soldados que hacían guardia en Madrid del 1 al 2 de mayo, por si tenían la tentación de usarla.

Tiempo de héroes. El lugar, Madrid entero, con especial atención en la Plaza Mayor, la Carrera de San Jerónimo, el Paseo del Prado, y sobre todo, un pequeño parque de Artillería, el de Monteleon, que escribiría una de las páginas más gloriosas de la historia patria. La represión francesa ante el alzamiento fue brutal, y de ello dejaría constancia Goya; por cierto, parece que hoy pueden saberse algunos de los nombres de los fusilados en la montaña del Príncipe Pío, donde el pintor aragonés se inspiraría para realizar una de sus mejores obras, "Los fusilamientos del 3 de mayo". Nombres como los de los obreros de la iglesia de Santiago, quienes lanzaron toda suerte de objetos desde los andamios en los que se hallaban trabajando, hasta que fueron capturados por los franceses y pasados por las armas.

Militares de alta graduación, pocos. Los capitanes de artillería Luis Daoiz y Pedro Velarde, así como el teniente de Voluntarios Jacinto Ruiz, quienes se batieron con un heroísmo tremendo en el parque de Monteleon. También lucharon bravamente los 57 presos de la Cárcel Modelo (hoy Palacio de Santa Cruz, sede del Ministerio de Asuntos Exteriores) que pidieron salir a combatir, bajo promesa de regresar al caer el día. Sólo uno no volvió -más dos heridos y dos muertos-; el resto se mantuvieron fieles a su palabra. Bien pudieran ser ellos quienes aparecen acuchillando "dragones" a caballo en "La carga de los mamelucos", también de Goya. El actor Isidoro Máiquez se distinguió también por su probado valor, lo cual, unido a su popularidad, encendió el ánimo de más de uno.

Pero no sólo hombres; también las mujeres tuvieron su cuota de honor aquel día, y de qué manera. Como Clara del Rey, servidora de una de las piezas de artillería de Monteleón. O la joven costurera Manuela Malasaña, muerta por el simple hecho de serle encontradas unas tijeras de bordar en su poder. O también, sor Eduarda, monja de clausura del convento de las Maravillas. Desde una de sus ventanas arengaba con gritos de ánimo a los combatientes del parque de artillería, y dicen que, en una de estas, exclamó: "¡Animo valientes, que Dios les mira y les espera en el cielo!". Dicen, igualmente, que al oírlo, el capitán Velarde comentó a uno de los soldados: "Por mí que espere; tampoco es cosa de ir con prisas".

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