Andrea Donofrio | Domingo 12 de mayo de 2013
Giulio Andreotti ha representado una de las figuras centrales del sistema político italiano desde la posguerra hasta los años noventa, cuando estalló el escándalo de Tangentopoli. En estos años Andreotti, siete veces primer ministro y ministro en 33 gobiernos, ha constituido una figura clave de la política italiana, convirtiéndose en el estadista más longevo de la historia republicana italiana. Se había transformado casi en una figura atemporal, un superviviente siempre presente en la historia italiana y dispuesto a dar su opinión sobre la política nacional. El silencio de estos meses en una etapa tan difícil para Italia preanunciaba el empeoramiento de sus condiciones físicas.
Durante los años de la Guerra Fría, Andreotti mostró su habilidad diplomática y su capacidad para mantener al país en una posición privilegiada dentro del status quo mundial. Su profundo conocimiento de los equilibrios geopolíticos le valió la comparativa con Henry Kissinger: ambos fueron “genios del mal”, ávidos de poder, a sabiendas de que “el poder desgasta solo a quien no lo tiene”. No desdeñó el compromiso o el contubernio, la conspiración o la mediación, mostrándose dispuesto a todo para evitar el sorpasso del todopoderoso Partido Comunista italiano. Su acción y actitud olió muchas veces a azufre, como por ejemplo su controvertido papel en el secuestro de Aldo Moro: su intransigente línea de firmeza, rechazando cualquier relación con las Brigadas Rojas, generarían más que una duda, además del resentimiento y de la reprobación explicita del mismo Moro que, en sus cartas, afirmaba no querer recordar sus “gris carrera” y le acusaba de falta de “fervor humano”. No obstante, experto en tacticismo, el político italiano ha convivido –y sobrevivido- a diferentes regímenes políticos (la monarquía, el fascismo, la primera y segunda Republica), a siete papas y a seis procesos por mafia. Su nombre aparece en las principales conspiraciones italianas, mientras la sentencia de la Corte de apelación de 2003 establece que mantuvo relaciones intensas con la Mafia hasta los años 80, pero que el delito había prescrito. Cita textual: “una autentica, estable y amistosa disponibilidad del imputado hacia los mafiosos hasta la primavera de 1980”. Amigo de la jerarquía católica (tanto que fue definido “secretario de Estado Vaticano permanente”), culto y de una extraordinaria memoria, Andreotti ha influido marcadamente en la política italiana, siendo protagonista, autor y/o víctima de los grandes secretos de la Primera República italiana. Operación Gladio, la P2, el homicidio de Pecorelli, Salvo Lima y Totó Riina: con él, “señor de las tinieblas”, se irán al paraíso algunos de los secretos de Estado, y tal y como él dijo: “al paraíso por la bondad de Dios, no porque me lo merezca yo”. A tal propósito, hace algunos años, Beppe Grillo sostenía que “cuando Andreotti pasará a mejor vida, será posible quitarle la caja negra de la joroba y entonces sabremos”.
Figura carismática y enigmática a la vez, Andreotti dividía a los italianos entre aquellos que le odiaban –y fundamentalmente temían- y los que le admiraban –y posiblemente le envidiaban. Aunque siempre resulta difícil formular opiniones objetivas sobre figuras políticas de este nivel, se le debe reconocer “fineza” y sarcasmo, olfato político y profundo conocimiento de la realidad italiana. El “Divo” o “Belcebú” (en palabras de su aliado político, Bettino Craxi) fue un político sagaz y sutil, lucido y de extrema destreza, maquiavélico y diplomático. Sin su figura no se puede comprender la política italiana desde el desembarco norteamericano en Sicilia hasta el inicio del berlusconismo: la vida política de Andreotti es el espejo de la historia italiana de estos años. Una historia controvertida, que presenta misterios y contradicciones, éxitos y sorpresas como el mismo personaje, difícil de comprender o encasillar. Andreotti y la política italiana de la segunda mitad del siglo XX comparten luces y sombras: es como si estuviéramos ante una especie de “biografía de un país”, ya que el ex presidente del Gobierno fue la historia viva de la política italiana. Aunque parece prematuro cualquier tipo de juicio, no cabe duda que Andreotti pasará a la historia por su cinismo e ironía, por su omnipresencia política, tanto que en los “Onorevoli” del grande Totò, su mujer recuerda: “yo voto a Giulio: no hay rosa sin espinas, no hay Gobierno sin Andreotti”. Y, finalmente, en estos tiempos de crisis de la Unión Europea y creciente sentimiento anti-alemán, probablemente con su habitual causticidad repetiría su célebre frase: “amo tanto a Alemania que la prefería cuando eran dos”.