Víctor Morales Lezcano | Domingo 12 de mayo de 2013
Un profesor de la Universidad de Princeton (Daniel C. Kurtzer), exembajador de Estados Unidos en Egipto e Israel -o sea, otro scholar in diplomacy- ha venido a concluir que Obama no debe, a ningún precio, involucrarse solo en la forja de una intervención militar -por tierra, mar, o desde el aire- en el campo minado de Siria.
La oculta impresión de culpa que parece arrastrar el presidente de Estados Unidos por no haber sido lícita la guerra del mandato Bush contra Iraq y, además, por haber sumido involuntariamente a Mesopotamia en una guerra civil endémica, podría estar demorando la intervención americana en Siria, un país que se encuentra sumido en un baño de sangre (¿más de 70.000 víctimas mortales?), y que cifra en cientos de miles de personas la población refugiada en el entorno geográfico inmediato: Turquía, Jordania, Iraq.
Otro conocido estudioso de la “segunda cuestión de Oriente” que viene dilatándose desde la última posguerra del siglo XX -Daniel Pipes- ha insistido en el hecho de que una intervención aliada para proteger a las víctimas civiles del ejército gubernamental y contribuir de este modo a la erosión (¿final?) del régimen de los Assad en Siria, correría el riesgo -donde lo haya en Oriente Próximo- de fomentar una posguerra caótica, cuya predecesora inmediata habría sido la que se desató en Iraq a partir de 2005-2006 y que, de nuevo, amenaza seriamente con autorreproducirse a escala ampliada.
La sospecha de que miles de voluntarios integrados en el ejército sirio de liberación proceden de canteras pródigas en cultivar milicias de perfil islamista (véase el Frente Nusra), ha venido sofrenando la política de la presidencia y de la secretaría de Estado americanas ante un clamor resonante. Como en el caso de Iraq, ahora mismo, solo una démarche diplomática cerca de Rusia, Naciones Unidas y la Liga de Estados Árabes podría garantizarle a Obama el respaldo imprescindible -digamos, la legitimidad de acción- para formar una coalición internacional operativa en Siria, con el apartamiento de Bashar Al-Assad y su plana mayor, y el establecimiento ulterior de una etapa de transición para la reedificación económica y política del país. Con ese respaldo -opina más de un analista de peso- se facilitaría en Siria la “erosión” (¿final?) del régimen y el control aliado de una transición política que no fuese blanco fácil para el extremismo islamista, en alza visible en varias naciones del norte de África y del Oriente musulmán.
Por otra parte, Emile Hokayem, miembro de la sección de “Oriente Medio” del Instituto de Estudios Estratégicos en Washington DC, se preguntaba socráticamente lo que sigue: “pero cómo denunciar el Frente Nusra (y sus aguerridos simpatizantes) por su extremismo (religioso) cuando está jugando un papel tan importante en la insurrección de las milicias sirias versus la dinastía Assad, cuando sus hombres dan prueba de tanta disciplina, poseen tantos recursos y se muestran tan comprometidos con la liberación (en la guerra civil que atraviesa Siria desde hace más de un año)”. La cuestión, en efecto, tiene miga. La papeleta es delicada por el apoyo iraní -Hezbolá interpuesto- al gobierno sirio; por la cautela de algunos países-miembro de una Unión Europea (en dieta “austericida”) con respecto a la apertura de un nuevo frente de guerra en tierras musulmanas; y, finalmente, por las constantes oscilaciones diplomáticas sobre el dossier Siria, de Moscú y Pekín, sea en contactos multilaterales y bilaterales, sea en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.
Lo que se trasluce en estas páginas escritas para El Imparcial puede comprimirse en pocas líneas: los costes, todos los costes, que paga una gran potencia por sus intervenciones en el exterior son, también, de orden moral. ¿Es Obama realmente escrupuloso, o hace como si lo fuera, en el capítulo sirio que amenaza con incrementar exponencialmente las intervenciones y guerras estadounidenses en el mundo árabe-islámico? ¿Dejando aparte la sinceridad de la motivación ética que parece anidar en Obama, no estará intentando el presidente socavar de soslayo la imagen del Partido Republicano debido a las discutidas intervenciones americanas en Afganistán e Iraq a partir de 2001? La polémica está servida en estas horas, de nuevo, cruciales, para un dilema constante en la proyección exterior americana desde el estallido de la guerra civil en España y de la segunda guerra mundial en Europa: intervenir, o no, en conflictos armados preñados de secuelas arriesgadas. De todo esto, puede haber bastante en el magín actual de Obama, aunque la otra cara de los considerandos anteriores nos muestra a dos naciones musulmanas -Iraq, Siria- que sangran tanto por heridas autoinfligidas como por intervenciones exteriores no siempre afortunadas.
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