Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 13 de mayo de 2013
A mis amigas catalanas, pero tan españolas, A.P. y B.P.
La espiral del silencio impera en Cataluña. La sólida mayoría que no ve ningún inconveniente en conciliar, naturalmente, su irrenunciable identidad catalana, con la no menos irrenunciable identidad española -como mis amigas A. y B. y como han hecho a lo largo de la historia millones de catalanes- está reducida al silencio por la imposición política, educativa y cultural, por el obligado y obligatorio pensamiento único y por el ruido mediático que obedece las manipuladas consignas, excluyentes y totalitarias, de la minoría separatista dominante. Como en el famoso cuento medieval, nadie se atreve a gritar que el soberanismo que se pasea estúpidamente arrogante y orgulloso ante la multitud lanar, va indecorosamente desnudo, despojado de cualquier atributo respetable, caminando, tan torpe como tozudo, por el errado camino que desemboca directo en el abismo.
La reacción –en absoluta y plena situación de rebeldía- de las autoridades catalanas ante el auto del TC que admite a trámite el recurso del Gobierno contra la insólita declaración de cuasi-independencia del Parlamento regional y suspende cualquier trámite posterior, no puede sorprender porque está en la línea de provocación permanente, que ha sido la estrategia del nacionalismo desde el principio. Es la misma estrategia que les ha llevado a no acatar leyes, sentencias y la misma Constitución –que es la única fuente de legitimidad para ellos como para todos- siempre que lo han estimado conveniente para sus planes. La misma que les ha permitido zambullirse en la corrupción más repugnante y escandalosa para, una vez descubiertos, envolverse hipócritamente en la senyera, utilizada como escudo de sus miserias. Una actitud tan cínica como esa supuesta aportación a “la gobernabilidad del Estado”, que tan astutamente manejaba el viejo Pujol, siempre como instrumento para obtener ventajas abusivas.
Esta estrategia se ha manejado con éxito, convencidos siempre, los nacional-separatistas, que, desde el principio, los mesetarios gobernantes de Madrid, al grito de “no caer en la provocación”, iban a asumir como propia la política de apaciguamiento, que tan funestos resultados ha dado en la historia, porque el provocador nunca se apacigua sino que, convencido de que su estrategia funciona, vuelve a la carga aumentando sus exigencias. El provocador, llámese Napoleón o Hitler, no se conforma con Polonia, Austria o Checoslovaquia, ofrecidos sucesivamente por los apaciguadores, lo quiere todo y cuanto antes. Y siempre pedirá algo más. Inevitablemente, el vicioso círculo provocación-apaciguamiento acaba en desastre. A su nivel, más provinciano, Mas y los suyos, en los antípodas de la democracia rectamente entendida, prosiguen esa misma estrategia -no diré que toreando, dada su fobia antitaurina- pero si escabulléndose de sus responsabilidades y obligaciones. Si los de Madrid han tragado hasta ahora, ¿por qué no van a seguir tragando?
¿Con qué argumentos? La historia del lenguaje nacional-separatista y de su evolución - desde la falsa idea del supuesto derecho de autodeterminación hasta el presente “derecho a decidir”, pasando por un soberanismo, cogido por unos pelos que no tiene- merecería un comentario aparte y revela la desesperada búsqueda de razones para una pretensión carente de cualquier razón. Como en otro famoso cuento, el lobo trata de engatusar una y otra vez a los corderitos y hasta se enharina la pata, a ver si así engaña a sus víctimas. Pero todo le delata y como no engaña a nadie, tiene que salir huyendo.
¿Derecho a decidir? Claro que los catalanes tienen derecho a decidir. Con el actual sistema político, los catalanes tienen una capacidad de decisión mayor que en ningún otro momento de su historia. Y me refiero, por supuesto, a la historia auténtica, no a la que usan para engañar a sus muchachos. A esa historia que empieza muchos siglos antes de que apareciera la palabra “Cataluña”, cuando aquellos territorios se llamaban Hispania Citerior. A la historia de la monarquía visigótica, que tuvo su primera base en Barcelona, antes de hacer de Toledo su capital. A la historia de la Corona de Aragón, (no de la supuesta “confederación catalano-aragonesa”, que nunca existió) y de su lucha común con los otros reinos hispanos, la Reconquista, con momentos culminantes como las Navas de Tolosa, hace ahora 801 años. A tantos otros episodios, incluidos momentos de desencuentro que siempre terminaron en reencuentros, porque lo que nos une a todos los españoles, es mucho más y más profundo que esos “hechos diferenciales”, explotados interesada y abusivamente por los separatistas.
Pero todo derecho a decidir tiene sus límites. Nadie tiene derecho a decidir todo lo que se le antoje y así lo ven los juristas modernos que parten de “la autonomía de la voluntad” del individuo para, inmediatamente, advertir que esa autonomía se tiene que desenvolver en el ámbito de la ley. Una ley que es la expresión de la voluntad general, en España la de todos los españoles, incluidos los catalanes que, como los habitantes de cualquier otro territorio, no pueden decidirlo todo sino sólo lo que la Constitución y las leyes les autorizan. Cataluña, además, es secularmente parte integrante de España, aparte y antes de que la Constitución lo recuerde y ratifique. Salvo los exaltados nacional-separatistas, nadie, de dentro ni de fuera, ve a Cataluña separada del resto de España. Y la pretensión de algún descerebrado de inspirarse en Kosovo produce estupefacción y muestra hasta qué punto es inevitable que el nacionalismo acabe haciendo el ridículo.
De Gaulle decía –y después muchos le han seguido e imitado- que mientras que el patriotismo es el amor al propio pueblo y a la propia tierra, el nacionalismo se basa en el odio a los otros. Y el nacionalismo catalán lleva décadas educando a sus niños y a sus jóvenes en el odio a España y a todo lo español. Como Hitler, que en los doce años que duró su tiranía educó a los jóvenes alemanes en el odio a los judíos y a los eslavos que, oficialmente, eran “subhombres”. Un gobernante no puede cometer un crimen mayor que este de fomentar el odio en sus jóvenes generaciones, porque las lastra para todo lo noble. Y eso es lo que han hecho los gobernantes catalanes desde que han controlado el sistema educativo. Se trata de un crimen imperdonable porque siempre acaba en fracaso y en frustración. Después de Hitler, que engañó a muchos alemanes, hubo que desnazificar a Alemania. En algún momento habrá que emprender una tarea similar en Cataluña para erradicar el odio y las patrañas con que han estado envenenando a varias generaciones. No, desde luego, para que dejen de profesar un legítimo amor a Cataluña sino para que salgan del engaño y de las falsas ensoñaciones independentistas.
¿Cataluña en Europa? Por supuesto, pero a través de España, sin la cual carece de interlocución en Europa. Como Baviera, con una independencia histórica que nunca tuvo Cataluña, que está en Europa, pero a través de Alemania. No hace falta recurrir a Hegel para constatar que la Historia, con mayúsculas, va evolucionando y, al tiempo, dando veredictos. Y en Europa hace siglos que se sabe quiénes son nación y quiénes no, por muchas etiquetas que se pongan. Esa lógica implacable del devenir histórico ha hecho de Cataluña una parte integrante e importante de España. Es un hecho histórico, muy anterior al artículo 2 de la Constitución que nos recuerda “la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles”. Ante esa realidad de siglos, los irresponsables empeños de los Mas, Homs, de Gispert, Pujol..., el patetismo de sus endebles, incluso risibles, argumentos son esfuerzos inútiles que, inevitablemente producirán, como mínimo, esa proverbial melancolía, que se podría evitar si estas gentes recuperaran el tradicional seny de aquellas hispanas tierras.
TEMAS RELACIONADOS: