Germán Ubillos | Lunes 13 de mayo de 2013
Para conocer lo que opina el papa Francisco, nada mejor que leer el libro “El Jesuita” del que son autores los periodistas Sergio Rubin y Francesca Ambrogetti, en él el papa se explaya en su extensa experiencia sobre el mundo del trabajo.
Dice el papa que hay muchas gentes que no se sienten personas porque no trabajan y aunque sus familiares o amigos les ayuden son ellos mismos los que quieren ganarse el pan con el sudor de su frente, porque la “unción” de la dignidad no la otorga ni el abolengo, ni la formación familiar, ni la educación. La dignidad tan solo viene por el trabajo, comemos lo que ganamos y mantenemos a la familia con lo que ganamos, poco importa si es mucho o poco, si es más, mejor, podemos tener fortuna pero si no trabajamos la dignidad se viene abajo.
En relación con los “desocupados” y especialmente con los “parados”, el papa manifiesta que en sus horas de soledad se sienten miserables, “porque no se ganan la vida” y no hay que olvidar que una de las principales causas del suicidio es el fracaso laboral en una competencia feroz. Por eso es muy importante que los gobiernos de los diferentes países, a través de los ministerios competentes, fomenten una cultura del trabajo, no de la dádiva. Por eso hay que explorar trabajos alternativos, así el primer escalón es la creación de fuentes de trabajo como dice la encíclica “Rerum Novarum” que nació a la sombra de la Revolución Industrial del siglo XIX cuando comenzaron los conflictos sociales en los que no surgieron dirigentes con la “capacidad suficiente” para crear alternativas.
En relación con el ocio los dos periodistas le preguntan a Bergoglio su opinión y éste dice que el ocio tiene dos acepciones: como vagancia y como gratificación. Hay que saberlo utilizar como gratificación y para descansar, estar con la familia, para leer, para disfrutar, para escuchar música, para practicar deporte. El exceso de trabajo termina deshumanizando, muchos padres se van a trabajar cuando sus hijos aún no han despertado y vuelven cuando ya están durmiendo, el ocio sano implica que el papá o la mamá jueguen con sus hijos, y entonces el sano ocio tiene mucho que ver con la dimensión lúdica, que es profundamente sapiencial.
El “Libro de la Sabiduría” – manifiesta el papa – expresa que en su sapiencia, Dios jugaba. Pero el ocio como vagancia es la negación del trabajo.
La Iglesia siempre señaló que la clave de la cuestión social es el trabajo, y el hombre trabajador es su centro. Cuando se pierde este concepto, esta idea, comienza el desastre económico y social y con él la desdicha y el sufrimiento.
Actualmente al trabajador se le echa fácilmente si no rinde lo previsto, pasas por lo tanto a ser una cosa, no se le tiene en cuenta como persona, por eso no hay que mirar el trabajo solamente desde lo funcional.
El centro no es la ganancia ni el capital, el centro es el hombre, el ser humano…. Así el hombre no es para el trabajo, sino el trabajo es para el hombre.
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