Opinión

Repensar el siglo XX

Alejandro San Francisco | Lunes 13 de mayo de 2013
En sus apasionantes memorias tituladas El Mundo de Ayer (Barcelona, Acantilado), Stefan Zweig hace una dramática reflexión: “Toda sombra es, al fin y al cabo, hija de la luz y sólo quien ha conocido la claridad y las tinieblas, la guerra y la paz, el ascenso y la caída, sólo éste ha vivido de verdad”. Es obvio que tenía en mente los “acontecimientos, catástrofes y pruebas” que irrumpieron a partir de 1914 cuando, en palabras de Edward Grey, el Foreign Secretary británico, las luces comenzaron a apagarse por toda Europa, y “no las veremos encendidas de nuevo en nuestras vidas”. Empezaba la Primera Guerra Mundial y muchas cosas más.

Siempre resulta necesario repensar el pasado, más todavía en una sociedad que parece olvidar los sucesos y las ideas que marcaron la última centuria. El siglo XX fue extraordinariamente original, como prueban los totalitarismos nazi y comunista, que disputaron la supremacía durante las dolorosas décadas de entreguerras y cuyas consecuencias se extendieron por mucho tiempo. Todavía duelen las guerras mundiales y los genocidios, el gulag y los campos de concentración y de exterminio, la restauración de la esclavitud con otros nombres y fórmulas, y un catálogo demasiado amplio de fracasos y horrores.

Por otra parte, ningún siglo ha mostrado avances tan notables y visibles como el último. Un crecimiento económico extendido a gran parte del planeta, superación de la pobreza y del hambre en muchos lugares, ampliación de la enseñanza primaria y la alfabetización, valiosos logros en la ciencia, una revolución tecnológica sin parangón, la globalización, conocimiento del universo, la llegada del hombre a la luna y un largo y positivo etcétera.

Luces y sombras, miserias y grandezas, cosas y personas, desastre, aprendizaje, recuerdos, pesadillas, esperanza. Una manida frase define a la historia como “maestra de la vida”, lugar común que debe dar paso a una idea más profunda: la historia contiene una lección de humanidad, permite entender la vida del hombre como parte de una cadena y no aislado, donde cada generación comienza muchos escalones arriba y no desde cero. Es lo que ocurre con los últimos cien años.

Un siglo tan dramático como apasionante requiere volver a él, no para sumirnos en un perpetuo mar de culpas recíprocas entre líderes y naciones, sino que para avanzar en el conocimiento y la comprensión del pasado. La celeridad de las comunicaciones de hoy, así como la pereza intelectual, han llevado a un cierto desprecio –práctico, al menos– de la historia. Leerla o conocerla parecen un anacronismo o un interés superfluo frente a las necesidades más apremiantes de la vida. Incluso los líderes de la política y los negocios, por no mencionar otras actividades relevantes, parecen mirar la historia con displicencia, en lo que constituye un lamentable error.

Es probable que esta miopía tenga que ver con la certeza de que los males más extremos del siglo XX no volverán jamás, que ya existe suficiente conciencia en la humanidad sobre ciertos límites a las ideologías, a la acción de los estados sobre sus habitantes o de las naciones entre sí. Otro posible argumento radica en el triunfo inobjetable de la democracia y la economía libre en el plano de las ideas, como anunció Fukuyama con aire triunfal en su profético artículo en The National Interest, ratificado después simbólicamente con la caída del Muro de Berlín en noviembre de 1989, sin necesidad de recurrir a la violencia. Este mínimo común denominador del mundo sería garantía suficiente para dejar atrás el pasado.

Pero no cabe duda que el tema es mucho más complejo, y el ataque a las Torres Gemelas puso una pronta señal de alerta al comienzo del siglo XXI. El decaimiento del afecto ciudadano hacia las instituciones políticas y económicas en el presente, e incluso la crítica a la democracia en diferentes lugares del mundo, es muy parecido a la crisis que experimentó Europa después de la Gran Guerra, que llevaron a la descomposición y muerte de los incipientes regímenes liberal-parlamentarios en Rusia, Italia y Alemania, por mencionar los tres casos más relevantes, entre muchos otros que se repitieron en Europa y América Latina. Una cosa es destruir un sistema que no gusta o que tiene fallas visibles; otra muy distinta es construir sobre sus ruinas algo mejor. El siglo XX es la mejor expresión del fracaso de los sucedáneos políticos.

Una de las características del siglo XX fue la sucesión prolongada de los “ismos”, muchas veces tan atrayentes en las promesas como perjudicial en las consecuencias. Los fascismos y el comunismo, los anarquismos y colonialismos, las camisas de diversos colores que representaban el futuro que habría de levantarse sobre ruinas, eran la simple expresión del fanatismo, una de las peores lacras de la vida en sociedad, soberbia militante que presume que todo puede cambiarlo a cualquier precio, bajo la promesa siempre fallida de una sociedad mejor.

Pero esto no debe llevarnos al mal del pesimismo. Si el comienzo del siglo XX nos comprobó de manera espeluznante que el viejo optimismo del progreso indefinido había sido una aventura intelectual más, que sería rebatida con lágrimas y sangre, juzgar la última centuria y los tiempos que vienen exclusivamente por sus características negativas no sólo es simplista, sino que erróneo y fatal. Las posibilidades creadoras del ser humano, el desarrollo alcanzado y el aprendizaje histórico aparecen como pilares de la comprensión del siglo que debemos construir.

Ojalá tenga razón Tony Judt, cuando sostiene que “el siglo XX es una constante relación de desdichas humanas y sufrimiento colectivo del que hemos salido más tristes pero también más sabios” (en Pensar el siglo XX, Madrid, Taurus). Esta sabiduría, en ocasiones real y en otras una promesa alcanzable, puede ser una fuente de superación de los dolores y de construcción –efectiva, no utópica ni a cualquier precio– de un mundo mejor para el ser humano, que después de todo es el fin hacia el cual debemos avanzar.

Puede ser verdad, o no, lo que sostiene Eric Hobsbawn al hablar de “un corto siglo”, en su Historia del siglo XX (Barcelona, Editorial Crítica). Pero no caben dudas de que fue una época muy intensa y que sus secuelas se siguen extendiendo hasta hoy y así será por mucho tiempo. Por eso es imprescindible pensar y repensar el siglo XX, con todas sus consecuencias.