Juan José Solozábal | Martes 14 de mayo de 2013
¿Hemos dejado de preocuparnos por el País Vasco? Es cierto que algunos acontecimientos invitan a hacerlo. La vuelta del PNV al poder permite pensar en cierto retorno a la normalidad: mandan nuevamente los que solían, aunque ya no sean exactamente los mismos. La tensión insoportable a que condujo el intento de Ibarretxe no fue buena para el conjunto de la sociedad vasca ni para el propio partido, que se desprendió del líder soberanista en cuanto pudo. Los abertzales parecen encontrar gusto a la vida institucional y temen que la justificación de ETA, imposible de llevar a cabo sin mancharse con el crimen, les reste apoyo electoral. Los socialistas han salido del Gobierno y esto no es bueno para su liderazgo, como ocurre siempre que un partido pierde el poder, pero se tiene la impresión de que los socialistas vascos han cargado con un castigo del que no tenían exactamente la culpa (me refiero al fracaso de la labor de Zapatero ) y que su contribución a la normalización en Euskadi ha sido muy importante , pues a la postre, sólo rectificaron lo inasumible que la gestión nacionalista tenía para el sistema constitucional español, y su aportación a la moderación de la vida política vasca es innegable, hasta el punto de que Urkullu no deja de ser una réplica, en modales diríamos, al tipo de líder que es Patxi López: alguien un poco desvaído ideológicamente pero de buen fondo, lejos del salvapatrias carismático o majadero.
El abandono de la pista por parte de Basagoiti creo que debe entenderse en este clima de recuperación de la normalidad: un personaje de su categoría moral y talento político no habría dejado la arena en tiempos duros, estoy seguro; como también lo estoy de que el PP vasco no se apartará de la línea de sensatez y realismo que el líder bilbaíno representa. Se echará de menos su descaro algo cheli en la rigidez impostada de la política vasca. Quizás, debe pensarse desde el tablero vasco, no es tiempo de aventuras, sino de afianzar las ventajas que se tienen, sobre todo en el terreno fiscal, con Europa en los talones, difíciles de sostener en tiempos de crisis, y gestionar lo mejor que se pueda la angustiosa situación económica también en Euskadi.
En esta situación, según lo veo, la cuestión es favorecer dos líneas de comportamiento que considero capitales. En primer lugar, se trataría de reforzar tanto en el plano ideológico como en el político las oportunidades del nacionalismo no independentista. Han leído bien : nacionalismo no independentista. Se trata de presentar al nacionalismo no secesionista no como una aberración teórica o como la renuncia obligada en una situación política anormal, sino como la manifestación más natural del patriotismo vasco perfectamente compatible con el conjunto político español. La integración de este tipo de nacionalismo no sólo depende de la disposición vasca sino de la necesaria correspondencia española. El Estado debe potenciar la presencia de la cultura vasca en el mundo, y la política española debe incorporar en sus instituciones un mayor protagonismo del nacionalismo vasco. Como correctamente viera don José Miguel Azaola nada sería más desastroso para la nación vasca que su independencia.: "Si alguna vez nosotros fuésemos independientes o si el Estado se cansase alguna vez de nosotros, ello sería catastrófico". No sería el gran día en el que piensan los independentistas, sino que para Azaola constituiría el síntoma de un gran fracaso y una gran desgracia para el País. "Esto querría decir que nuestra región se había convertido en una insignificante zona marginal, representando un papel de cuarto o quinto orden en la vida española.”
La segunda tarea imprescindible asimismo en el actual momento de la vida vasca tiene que ver con el esfuerzo irrenunciable por mantener la digna memoria de los muertos, a los que no se puede olvidar ni cuyo sacrificio puede ser objeto de manipulación. Vengo de regresar de un viaje a Bolonia. En la plaza de Neptuno de la bella ciudad italiana un gran mural hace presente el holocausto de cientos de víctimas del nazismo, que interpelan a quien contempla sus rostros, amarillentos por el paso del tiempo, pero que permanecen para siempre registrados en la mente de la ciudad. Como acaba de escribir el teólogo querido de nuestra juventud, el padre jesuita Tamayo Ayestarán, con las víctimas del terrorismo tenemos dos deberes: no olvidarlos y desenmascarar las trampas de la ideología y lenguaje con que se quiere convertir un relato de intransigencia y violencia criminal “en historia noble de liberación de un pueblo”.
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