Alfonso Cuenca Miranda | Miércoles 15 de mayo de 2013
El pasado mes de febrero se cumplían setenta años de la capitulación del VI Ejército alemán en Stalingrado, conmemoración que, felizmente –en contra de la tónica habitual en nuestro país-, tuvo amplia acogida en los medios españoles, al hilo de la cual publicaron diversos artículos sobre la desgarradora campaña del invierno de 1942-3.
Stalingrado ha perdurado en la memoria colectiva como el hito decisivo del más sangriento enfrentamiento entre seres humanos de la Historia. Y en muchos aspectos lo fue, si bien no se trató –frente a lo que en ocasiones se afirma- de la primera derrota del hasta entonces invencible ejército germano (apenas unos meses antes las campanas inglesas habían proclamado la victoria del VIII Ejército de Montgomery en El Alamein), ni supuso el punto de no retorno germano, cabiendo fechar éste en julio de 1943, tras las imponente batalla de Kursk (incluso no faltan autores que sitúan el punto de inflexión de la guerra muchos meses antes, a raíz de la decisión de Hitler de dividir el grupo de ejércitos centro y menguar los efectivos que avanzaban hacia Moscú).
Stalingrado sobrecoge aún hoy por sus cifras. En primer término, por la magnitud del avance alemán. Para ello basta coger un mapa y comprobar a escala la línea de avance germano,comparándola con otras extensiones cotidianas o históricas, en lo que supone la línea de penetración militar con sustento logístico y “ocupacional” más dilatada de la historia de los conflictos bélicos. Ciertamente, el destino del mundo se estaba jugando en un rincón del globo, hasta entonces olvidado por Clío. En relación con ello, el espacio físico en el que se desarrolla la lucha aumenta la sensación de enormidad (y también de abandono), con enormes llanuras que se pierden en el horizonte y con uno de los ríos más importantes del planeta, el Volga, testigo mudo de la tragedia y heraldo de un nuevo mundo, Asia, como recompensa final. Todo ello enmarcado en un clima poco dispuesto a hacer concesiones a la más mínima vacilación. El calor asfixiante del verano llegaría a añorarse cuando el mercurio alcanzara los veinte grados bajo cero en las horas cruciales de la contienda.
El número de fuerzas en combate también excede los parámetros habituales. 700.000 alemanes, a los que deben añadirse los efectivos aportados por otras potencias del Eje, frente a 1.500.000 rusos, con los más avanzados medios técnicos de la época, desde los eficaces blindados alemanes hasta los célebres “katyusha” soviéticos, estrenados en esta campaña (si bien, dada la proporción armas-hombres,especialmente en el bando ruso, la precariedad fue uno de los rasgos más destacados, en los primeros meses para los defensores y en los últimos para los atacantes).
Esos hombres iban a vivir uno de los dramas humanos más impactantes que se hayan conocido, en un enfrentamiento agónico, con diversas vicisitudes en las que a un casi asible final seguía un nuevo y terrible principio. Los primeros y devastadores bombardeos de la Lutwaffe, la llegada a finales de agosto de las tropas invasoras a orillas del gran río, la toma de la fábrica de tractores, la resistencia rusa a evacuar la orilla derecha, llevada al límite, casa por casa (“Rattenkrieg” o “guerra de ratas”), la operación Urano o contraataque ruso, el cierre del cerco a fines de noviembreen uno de los más grandes embolsamientos de la historia bélica, los intentos casi exitosos de Manstein por romper el mismo, la angustiosa sensación del final ineludible que vivieron las tropas cercadas durante el mes de enero, son algunos de los hitos más reseñables de la lucha.
Stalingrado se convirtió en un terrible “desagüe” de muerte en el que los dirigentes de ambos bandos pusieron todas sus fichas. Así, el “ni un paso atrás” de Hitler tuvo como correlativo la determinación de Stalin de impedir a toda costa la toma de su ciudad homónima. Stalingrado es seguramente el escenario histórico en donde la guerra, entendida en su sentido más primitivo, de caza del hombre por el hombre, alcanzó sus más terribles cotas, tanto por el número de vidas sacrificadas como por la brutalidad ejercida a orillas del Volga, brutalidad por lo demás predicable de todo el enfrentamiento germano-soviético, presidido por su gran intensidad y por lo atroz de muchos de su capítulos. En este sentido, sorprende todavía hoy, cómo pudo llegarse a tales extremos cuando sus dos protagonistas han sido pueblos artífices de muchas de las más altas y bellas creaciones del espíritu humano (especialmente en el campo de la música y de la literatura). Cierto es que en medio de tal espanto también hubo episodios de generosidad, enorme sacrificio y heroísmo.
Todo terminó el 2 de febrero con la rendición de los últimos efectivos que ocupaban la fábrica “Octubre Rojo”(dos días antes se había producido la capitulación de Paulus). Un millón de civiles muertos, casi un millón de combatientes soviéticos muertos, 700.000 alemanes y de otras naciones del Eje muertos, a los que hay que sumar los 85.000 prisioneros germanos (de un total de 91.000) que morirán en apenas unos meses. En Alemania la palabra Stalingrado será silenciada durante años y todavía hoy se recuerda con enorme dolor. Por el contrario, en Rusia Stalingrado quedará como una gesta a la altura del Lago Peipus, Poltava o Borodino, en la que el alma rusa dio lo mejor de sí misma, como –a pesar de su tradicional recelo hacia la potencia del Este- reconocería Churchill mediante la entregaa Stalin de la llamada “espada de Stalingrado” en la Conferencia de Teherán. Pero bajo la gloria de la victoria, Stalingrado fue un triste ara en el que los proyectos de miles de rusos fueron inmolados.
Stalingrado nos parece hoy algo lejano, imposible, casi onírico, como una pesadilla de la que uno se despierta aliviado con el contacto con el presente. Pero el hombre fue –es- capaz de eso. Por ello nunca deberíamos olvidarlo.
TEMAS RELACIONADOS: