Opinión

Fracking no, ni aquí ni en China

José María Zavala | Sábado 18 de mayo de 2013
Cantabria está de enhorabuena. La agresiva y arriesgada técnica para la extracción de gas no convencional denominada “fractura hidráulica” (más conocida como “fracking”) ha quedado vetada en el territorio cántabro. Sin embargo, muchos otros lugares del territorio ibérico aún siguen luchando contra esta amenaza, por lo que las celebraciones han de contenerse. El gobierno central vuelve a comportarse una vez más como si estuviésemos en el siglo XIX, apostando por una sociedad industrial en vez de hacerlo por una sociedad de la información y el conocimiento.

La técnica llamada fracking, consiste en realizar en el subsuelo una inyección de agua, arena y una mezcla de diferentes elementos químicos a alta presión para liberar el gas atrapado. Los riesgos de este procedimiento son especialmente inquietantes: la posibilidad de filtraciones en los acuíferos y la emisión de gases tóxicos podrían suponer una gran pesadilla para las regiones colindantes. La experiencia en Estados Unidos arroja resultados espeluznantes: ganado que muere, gente que enferma, grifos que arden si se les acerca un mechero...

Sus defensores aseguran que bajo el suelo español podrían existir reservas de gas para lograr 39 años de consumo. La pregunta es: “Y después, ¿qué?”. Miles de hectáreas de terreno podrían echarse a perder, y miles de familias podrían verse ante el chantaje de "insalubridad o éxodo". Las ventajas que ofrecería esta opción son totalmente desproporcionadas con respecto a los riesgos.

Los centros de decisión deberían familiarizarse con el concepto de “Sociedad del riesgo” acuñado por Beck, y abanderar de forma innegociable la idea de responsabilidad pública. La crisis de la racionalidad y el progreso suponen la desenmascaración de mitos que forman parte de épocas en las que no se era tan consciente de los peligros hacia los que nos encaminaban tales promesas.

La energía nuclear, los transgénicos, la industrialización de las vidas... Son fenómenos que triunfan gracias a su pretensión de atraer aquello que llaman “progreso”, sin embargo es evidente que son los beneficios económicos los que juegan un papel fundamental a la hora de imponer las decisiones.

Y de esta forma, se asumen riesgos innecesarios. La ciencia da para mucho más, la investigación permite lograr tecnologías más seguras. Pero ahí se ve una vez más el imperio del lucro: se minimiza la investigación científica una vez que la eficiencia de los procedimientos ya haya garantizado la previsión de beneficios económicos y se cumplan los preceptos legales para la realización de una actividad económica, pero se deja de lado la seguridad humana, animal y el respeto al medio ambiente.

Como muchas más actuaciones por parte de quienes ostentan el poder político, los beneficios económicos de unos pocos se supeditan a la salud de muchos. Siento que suene como una actitud excesivamente pragmática o egoísta, pero no es una cuestión de ecologismo, es una cuestión de sentido común.


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