Antonio Domínguez Rey | Domingo 19 de mayo de 2013
“La Unión Europea está amenazada”, dijo Martin Schulz, presidente del Parlamento Europeo, al finalizar en el Instituto universitario de Florencia la Jornada de Europa, celebrada a mediados de la segunda semana de mayo. Como alborean en el horizonte las elecciones europeas de 2014, suenan en uno y otro país de la Unión, uno y otro partido, voces agoreras. El panorama no es, desde luego, gratificante. Más bien preocupa en el sur del continente. Un sur que va arrastrando a Francia, la zona más descreída ahora mismo -¿quién lo diría hace unos años?-, con el norte de Alemania, grandes zonas de Inglaterra, Austria, respecto de las promesas del euro y del proyecto político comunitario de Europa.
La contraparte la pone el nacionalismo auspiciado por la derecha más normativa. El argumento resulta fácil. El paro aumenta. La capacidad adquisitiva desciende. La corrupción está al día en diarios y televisiones. Italia y España, tercera y cuarta economía de Europa, abren telediarios y reportajes. “En la tierra de las casas vacías”, titulaba hace poco tiempo un semanario alemán una crónica sobre los desahucios españoles. El paro juvenil asusta a los mandatarios y se sorprenden de que no incendie una revuelta social de consecuencias imprevisibles. Este temor asoma también en Francia, donde algunas provincias, como Tolosa, Marsella, los alrededores de París, tienen verdaderos problemas sociales de integración, delincuencia, droga. Atisban algún fenómeno de subversión y terrorismo que pudiera estallar en cualquier momento. Los más visionarios temen un rescate ineludible de España y que sea éste el detonador de una revuelta común que se extienda, vía Francia, a otras zonas comunitarias. Europa no podría, no puede pagar los estropicios democráticos de España, nombre que obsesiona a más de un político y analista, mucho más que el de Italia, ante esta conjetura. ¿Y por qué? Bastantes gurús calculan probable que Cataluña se desprenda de España. Pida amparo democrático a cancillerías occidentales y orientales, hasta lunáticas, si hiciera falta, y cuyo reflejo auspician. Esto incrementaría, en las narices mediterráneas, el recelo que la Unión está provocando. Erre que erre, consiguiría dividir o fragmentar el ya quebradizo sufragio de la voluntad comunitaria.
La derecha derecha europea confía en crear una corriente populista cargando el tono sobre la crisis y echándole la culpa del fracaso económico al euro, a la inmigración, cuya tasa de desarraigo crece imparable, y a quienes sostienen esta coyuntura con palabras inútiles, desfondadas. Meten también en el mismo cesto la pérdida de ideales nacionales creada por el neoliberalismo globalizado. Las medidas de choque contra la recesión no consiguen menguar las desigualdades y la destrucción paulatina de la clase media. Algunos sectores ya rozan un desequilibrio social evidente o sufren degradación de su nivel de vida. La cohesión social está amenazada.
Por otra parte, la llamada izquierda europea asiste impotente al descalabro y desconfía también del euro que antes, hace unos años, cuando comenzó esta aventura con el cambio milenario de siglo, veía como camino inevitable hacia la socialización de Europa. Por eso se dan prisa algunos para conseguir, como sea, un amago de gobierno común, en principio económico, proponía hace unas semanas el presidente francés François Hollande instigado por sus tecnócratas. Y el oponente de Angela Merkel a la cabeza del partido social demócrata (SPD), Peer Steinbrück, consciente del efecto que produce la política actual de ajustes, notoriamente en el sur europeo, propone un plan Marshall para toda Europa.
¡Bienvenido, Mr. Marshall! España ya conoce el tema. ¿Tanto viaje para llegar a este nombre, podríamos preguntarnos? Steinbrück está convencido de que la política de Merkel alimenta el sueño fascista de la derecha y el revolcón posible de la izquierda revolucionaria, así como el objetivo de Alternativa para Alemania, un partido nuevo y contrario al mantenimiento del euro. Bastaría con una decisión inmediata para atenuar, y resolver, de plano, el desajuste de balances y el rechazo que suscita la actual política teutona. Activar los fondos estructurales europeos y los bonos orientados a infraestructuras -“Project bonds”-, que Merkel rechaza siempre que le nombran la idea. La propuesta está en el tejado y el remanente de los fondos puede convertirse en una apuesta de casino en las próximas elecciones europeas. La Banca se frota, una vez más, las manos. Y Marina Le Pen cuenta con que la mayoría será derecha al cuadrado, por lo que aviva el fuego de la inmigración acusando a Catar de subvenir la revuelta y terrorismo islamista en Europa.
Mientras tanto, en España seguimos perdiendo energía a derecha e izquierda. Al presidente le cavan un hoyo en sus propias filas exigiendo un giro de tuerca profundo, como la mayoría otorgada en las elecciones esperaba. La izquierda lo desconcierta ofreciéndole un pacto general compartido con revuelcos de agitación progresiva. Palabra y patada. La cuestión es debilitar al Gobierno e impedir que pueda ejercer el programa prometido en las elecciones. Va en ello el futuro de más de una formación política. Al líder socialista lo contradice un colega de partido con cargo en Bruselas. El presidente comunitario andaluz reniega de Europa porque no le permite confiscar casas vacías en una sociedad cuya base fundamental de Derecho es la propiedad privada. Y Cataluña ya prepara órganos de gobierno soberano, al tiempo que exige más fondos para ultimar el sueño secesionista. Y la realidad social avanza también batiendo índices con dos millones de familias sin ningún ingreso, la mitad de los jóvenes de brazos caídos, una economía subterránea imparable, especialmente allí donde antes lucía el sol, tramos del cemento y ladrillo, con la restauración, y la hostelería. Sin embargo, el país funciona. Un gran misterio.
La situación sigue siendo paradójica. Las cancillerías europeas y americana elogian el rumbo y medidas tomadas por el Gobierno. Son evidentemente las que dictan Alemania y Bruselas. La actividad española internacional también sonríe con las exportaciones, pues arroja balance positivo desde hace años. Un excedente comercial de seiscientos millones de euros. Esto contradice la imagen de España que las otras cifras inducen en el extranjero. El comisario europeo de economía, Olli Rehn, ve incluso síntomas de recuperación y augura esperanza de que sea permanente, pues aprecia auge de competitividad por parte de las empresas españolas. Bruselas usa estos datos como prueba del acierto que producen los ajustes fiscales. Y el presidente español gana fuera el aprecio que le niegan dentro de España. Algunos aplauden el coraje de haber rechazado el rescate. Otros siguen temiendo que sea inevitable, según decíamos antes. Pura contradicción.
La aparente parsimonia y lentitud con que el Gobierno afronta este contraste puede volverse sabia prudencia de visión a largo plazo con mirada sostenida. Nada fácil en un país dado a poses, falsas expectativas, apaños de imagen y discurso, necesitado de titulares en punta para alimentar cenáculos, tertulias, sospechas. El presidente puede sorprender a tirios y troyanos. Y si el empeño sale bien, el primer sorprendido será él seguramente. Algo está cambiando, sin duda. El poder judicial comienza a ejercer su función democrática de independencia. ¿Incomoda a las filas del propio partido que no se paren ciertas actuaciones judiciales? Los ahorradores esperan que se revisen e investiguen las fusiones de Cajas de Ahorros, usadas para encubrir deudas, fraudes, propiciar blindajes millonarios, comprar entidades ruinosas, engañar al pueblo, en una palabra, vilmente.
La situación internacional invita, no obstante, a preparar un plan B en España dada la incertidumbre que algunos índices políticos insinúan. Y debiera comenzar por un replanteamiento de las condiciones que la empujaron a meterse en la Unión Europea sin sopesar, como era debido, el valor de la venta, casi indiscriminada, que los políticos de entonces hicieron del país. Han pasado muchos años. Es cierto. La calidad del producto y consumo español merece, sin embargo, una revisión con la historia de ventas, créditos, hipotecas, importaciones, compras forzadas, trabajo a buen precio, etcétera, en la mano. Empresas, industria, comercio, tecnociencia, personal cualificado europeo nos tuvo, y tiene, como préstamo hipotecado, con rentabilidad de coste casi nulo, y tendiendo una red de proyección intervenida. Las inversiones aquí realizadas revierten allí y allá con franquicia arancelaria. Es tiempo de hacerse valer como nunca supimos mostrarnos por urgencia política de transiciones que, vistas con el relieve de hoy, ya estaban apuntaladas desde hacía algunos años. Lo otro, la estabilidad, era más asunto de aguante que disculpa para mercar atropelladamente con la pesca, cultivos, ganado, productos lácteos, conservas, negocio del cemento -¡ingente!-, automovilismo, mecánica militar, fuerza marítima, aérea -¡qué negocios!-, y Autonomías.
En este punto, vivimos otra contradicción. Los políticos reconocen que la reforma autonómica es urgente. El pueblo la pide. Sin embargo, nadie quiere acometerla en profundidad. ¿Razón? Además del traspiés que supone para la imagen histórica de España -fue seña de identidad progresista en el mundo-, no conviene a los partidos políticos. Las Comunidades Autónomas son garantía de reparto de poder a escala nacional. Es improbable que una sola sigla se imponga en todo el país. Imposible mientras existan comunidades históricas con pretensiones soberanas. Contrapunto de éstas también el resto comunitario. Y así seguiremos hasta que algo, alguien -más difícil-, muestre la conveniencia de una comunidad de Comunidades, es decir, de un Estado en regla. Entre otras razones, porque el ritmo de la Unidad Europea no permite pérdidas inútiles de tiempo, ni de dinero. Algunas de las Comunidades Autónomas ya lo presienten. Por eso se preparan con exigencias desaforadas. ¿Hasta qué punto? ¿A la zaga de los acontecimientos? ¿Provocándolos? España no puede perder más energía inútilmente. No lo merecemos, bajo ningún augurio.