Alicia Huerta | Miércoles 22 de mayo de 2013
Todavía recuerdo, les aseguro que sin nostalgia, a aquellos antiguos directivos de Caja Madrid que se vanagloriaban de haber recorrido hasta la cima el tortuoso camino profesional en la entidad desde su primer puesto como botones en la mítica sede de la castiza Plaza de Celenque y que, en vez de hablar de las calles de Madrid citándolas por sus nombres, se referían a ellas con el número de la sucursal que quedaba más cerca. Las familias que estaban ligadas a "la Caja", algunas de mucha tradición, se perpetuaban en ella y cuando otro miembro más de la misma entraba a formar parte del colectivo, no se celebraba sólo haber conseguido empleo, también la continuación de un legado y un homenaje al Padre Piquer, Capellán del Convento de las Descalzas Reales y fundador del Monte de Piedad origen de la entidad madrileña.
Para aquellos orgullosos y legendarios altos cargos que habían trabajado primero con Mateo Ruiz Oriol y, más tarde, con Felipe Ruiz de Velasco, la llegada de los "tiempos modernos" con Miguel Blesa resultó bastante dramática. De hecho, en poco tiempo, todos los "dinosaurios" hechos a sí mismos - muchos acababan de cumplir sólo 55 años - fueron desplazados, con importantes pensiones y fríos homenajes, para hacer sitio a jóvenes ejecutivos que llegaban con el indispensable máster bajo el brazo y una enorme ambición. Para colmo, los políticos habían descubierto un “filón” en la Caja, así que a la vieja guardia, que aún andaba quejándose de que esos nuevos métodos podían conducir a la ruina, se le apartó de malas maneras y para siempre. Su rectitud, el valor que daban al dinero de sus clientes, molestaba a causa de su negativa a "ampliar el negocio". Aquellos antiguos botones sabían, en carne propia, lo que costaba ganar un sueldo y, por eso, se enorgullecían de velar con esmero de cada peseta depositada en una cartilla, por humilde que ésta fuera, no sometiéndola a demasiados riesgos aunque eso significara menor beneficio, porque pensaban que para jugársela ya estaban los casinos y no los bancos. Mucho menos, las Cajas.
Este es el legado, escrito en bronce, del Padre Piquer: "Sean ustedes testigos de que este real de plata que tengo en la mano y voy a depositar en la cajita ha de ser el principio y fundamento de un Monte de Piedad, que ha de servir para sufragio de las ánimas y socorro de los vivos". Aún puede leerse el mismo bajo su estatua de la oficina de Celenque, sobre la que, en vez de palomas, parece que llegó un momento en el que empezó a anidar otra especie diversa de aves.
A finales de 1997, la mayoría de los trabajadores de Caja Madrid que no estaban en sucursales ya se había trasladado a la nueva sede de la entidad en la Torre Kio de la Plaza de Castilla. Era el nuevo y definitivo paso hacia la modernidad. Los últimos llegaron en diciembre desde el coqueto inmueble sito en la calle Eloy Gonzalo esquina con Cardenal Cisneros o, como habrían dicho los “dinosaurios”, del edificio de la 1001, donde hasta entonces se ubicaba a quienes no pertenecían a la ya bautizada como “banca tradicional”, sino a esos nuevos negocios que no gustaban a los “antiguos” pero que eran, sin duda, mucho más rentables, como el sector inmobiliario, la banca de negocios o los diferentes ramos de seguros. Los primeros en aterrizar en la Torre fueron, en todo caso, los que venían de Celenque, es de suponer que los nuevos directivos de la Caja estaban deseando dejar aquel viejo lugar – visitado aún por quienes empeñaban las joyas de la abuela en el Monte de Piedad - tan cerca de la abarrotada Puerta del Sol, tan lejos del barrio de Salamanca o del glamuroso distrito financiero de la Castellana. La Torre representaba el gran cambio: un arriesgado espacio vertical cerrado a cal y canto con planchas de vidrio y de acero, torcido igual que una torre de Pisa postmoderna sólo por capricho de arquitectos e ingenieros. Allí, por otra parte, era más fácil organizar a las abejas según la correspondiente estructura piramidal, de modo que el valor se calculaba en función de la altura de la planta en la que se ubicaba el personal cubículo de cada uno. Y para coronarlo todo, en la última planta, no podía faltar el helipuerto, símbolo de que la Caja estaba en el top de las finanzas, aunque todavía hubiera que adquirir, por ejemplo, un banco en Florida para acabar de dejar patente el poderío de lo nuevo, que demasiadas veces rechaza lo anterior sin contemplaciones, con arrogancia, sin querer pararse a pensar en lo que, quizás, podría haber aprendido de aquello.
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