Opinión

Todo menos hablar de educación

Javier Cámara | Jueves 23 de mayo de 2013
Me preguntaba un amigo letrado conocedor de mi interés por la información relacionada con la educación qué me parecía la nueva y conocida como Ley Wert. Yo le dije que es difícil saber algo acerca de su idoneidad tan pronto, pero que, en principio, todo lo que sea cambiar un modelo que se ha demostrado absolutamente ineficiente me parece bien. Gran lector de prensa escrita, digital y tradicional, y buen radioyente de eruditas tertulias opinó que a él no le gustaba que se hubiera impuesto la asignatura de Religión, aprobó lo del estudio en castellano en Cataluña y dijo no entender demasiado lo de los conciertos en los centros.

Ese es el problema y no sé exactamente de quién es la culpa. Puede que el Ministerio no sepa comunicar o puede que a los periodistas únicamente nos interese informar sobre lo que resulta más atractivo desde el punto de vista de la polémica, del escándalo, en definitiva. Es igualmente factible que quien genere la disputa sólo en cuestiones como la asignatura de Religión sean aquellos agentes políticos que acusan al Ejecutivo de adoctrinamiento ideológico (y es aquí cuando se acuerda uno de aquello de que “se cree el ladrón…”) o los que obvian la Constitución para reivindicar un nacionalismo lingüístico y tapar así las miserias en su gestión y la ruina en las cuentas. Quizá, también, la propia ciudadanía, que aburrida demuestra escaso interés en profundizar en lo realmente importante dando rango de vital trascendencia, por el contrario, al nuevo entrenador del Rea Madrid.

No sé hasta qué punto afecta realmente el abandono temprano escolar o una formación superior a la tasa de desempleo juvenil. No hay trabajo, ni para un vendedor de ropa ni para un ingeniero aeroespacial y, aunque bien es cierto que si se domina el inglés, las matemáticas y la informática, las posibilidades de encontrar un trabajo no necesariamente relacionado con la fabricación de aviones son mayores, lo cierto es que cuando sí había ocupación para todos, no se hablaba de ninguna tasa juvenil, ni de larga duración, ni de ninguna generación perdida.

Bien me parece, por tanto, aspectos como la formación profesional dual, que no se menciona tanto en las tertulias ni en el Congreso y que sólo el propio ministro recuerda una y otra vez como el que predica en el desierto. Que más de 500 empresas estén participando ya en proyectos piloto por toda España para que hagan sus prácticas los estudiantes es una gran noticia que no se explica mucho en esos cenáculos políticos y periodísticos.

El problema con nuestro sistema educativo no es la Religión, que tiene alternativa; no es el castellano en Cataluña, España es más grande que esa región; lo que de verdad dificulta el verdadero desarrollo de una sociedad con libre elección y preparada y con inquietud genera grupos de edad con verdaderos problemas de empleabilidad es el fracaso escolar. Si, justo eso de lo que no hablan ni Artur Mas, ni Íñigo Urkullu, ni Elena Valenciano, ni Cayo Lara...

Terminé diciéndole a mi amigo que no me extraña, después de todo, que quien ha llevado adelante la mayoría de leyes de educación en este país (LODE, LOGSE, LOPEG y LOE), esos que se creen en posesión de la verdad absoluta, los que evitaron que la única ley que intentó colocar el PP (LOCE) llegara a aplicarse porque Zapatero la derogó nada más llegar al poder, intente desviar la atención hablando de otras cosas, porque hablar de fracaso escolar es hablar de su propio fracaso como promotores de unos modelos que nos han traído hasta donde estamos.

Si no se quiere reconocer que se ha conseguido un pobre nivel educativo con el doble de presupuesto que los países de nuestro entorno es no querer aceptar la realidad. Intentar echar para atrás un proyecto del partido en el Gobierno más acorde, además, a la situación de crisis económica es una hipócrita y miserable actitud en el ejercicio de su responsabilidad. Pero así es España, así somos. Si utilizáramos la mitad del ingenio que usamos para escurrir el bulto en hacer cosas sensatas nos iría mejor. Pero no, aquí vale todo. Todo menos hablar de educación.

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