Opinión

La increíble retórica de Aznar

Juan José Laborda | Viernes 24 de mayo de 2013
Una muestra de nuestra falta de sentido común generalizado ha sido casi todo lo relacionado con la entrevista televisada de José María Aznar. Cuando digo que no hubo sentido común, quiero decir que nuestra inteligencia social reaccionó como si fuésemos un pueblo primitivo y aislado, que se pone a gritar contra fantasmas o terrores supersticiosos, causados por la falta de cultura crítica. Seguramente soy un tanto injusto, pero tengo que señalar que el revuelo surgido por las declaraciones de Aznar ha sido creado por unos medios de comunicación que han sucumbido al espectáculo, es decir, a una manera de informar en la que los hechos no sólo se mezclan con las opiniones, sino que las opiniones se emiten para aumentar la tirada o la audiencia a toda costa, sin otra justificación lógica que mantenerlas, en unos tiempos en los que la publicidad es tan volátil como ellas.

Cualquier observador sensato de nuestro sistema político hubiese dedicado a las palabras de Aznar el lugar informativo de una crónica de anécdotas de la alta sociedad. En efecto, como veremos más adelante, sus frases son pequeños monumentos a la ambigüedad. Sin embargo, los informadores buscaron respuestas a conjeturas como “la vuelta de Aznar” a dirigir el PP. ¡Hasta que ese partido desmintió rotundamente esa insensata posibilidad!

El presidente del Congreso, Jesús Posada, con su proverbial sensatez, afirmó una verdad empírica: “¡las cosas se van para no volver!” Aunque seguro que no fue intencionado, llamarle “cosa” a Aznar tuvo algo de acertado, pues la otra noche el ex-presidente parecía en televisión una imagen virtual del Aznar del pasado. La portavoz del PSOE en el Congreso, Soraya Rodríguez, opinó que lo que dijo Aznar era lo que pensaban “un grupo muy numeroso de votantes del PP.” A poco que se debatan las frases de Aznar, ese grupo no será muy numeroso, y a esa tarea le aliento a la portavoz socialista, en lugar de pronunciar profecías que se auto-cumplen.

“Cumpliré con mi responsabilidad, con mi conciencia, con mi partido, con mi país. Nunca he eludido mis responsabilidades”: esta fue la respuesta que Aznar le hizo a la conductora de la entrevista, a la pregunta sobre si volvería a la política activa. ¿Dice algo de fundamento? Teniendo en cuenta que su crítica más elaborada fue cuando afirmó que: “Hay que ofrecer esperanzas, no una lánguida resignación”, no parece que dijera algo que razonablemente pudiera discutirse.

Y a partir de esta observación, ¿hubo deslealtad de Aznar con Rajoy y con su partido? La deslealtad ha sido el término más utilizado juzgando su entrevista. Un parlamentario popular vasco ha puesto a Zapatero por encima de Aznar en el ranking de lealtades presidenciales.

Mi opinión es que Aznar no fue leal; pero no lo fue no por expresar sus opiniones –incluyendo las críticas - , sino porque no las argumentó en ningún momento; no razonó políticamente, sino que intentó imponer el poder que aún ostenta. Su disconformidad se expresó de manera retórica, en el peor sentido de la palabra: los logógrafos en la Grecia clásica vendían discursos para argumentar cualquier punto de vista, aunque fuesen irracionales o delictivos.

Eso nos lleva al “argumentario”, unos escritos en los que el partido político ordena a sus representantes electos lo que deben decir en cada momento y en cada situación. Se atribuye a Pedro Arriola su introducción en el PP -en tiempos de Aznar-, y el ex-presidente, como se ha visto esta semana, lo sigue utilizando en su sentido más esencial: el discurso no busca definir la realidad con objetividad, sino expresarla de acuerdo con unos intereses y unos fines parciales o partidarios.

Todo ello junto aproxima a Aznar a una suerte de retórica teatral. Las afirmaciones de Aznar sobre su “responsabilidad con su conciencia”, etcétera, no debieran impresionar a nadie. Puede que estén dirigidas -como un aviso para que no se olviden de él- por si surgieran nuevas revelaciones sobre la financiación irregular de su partido (cuando fue su poderoso presidente). Pero son similares a esa misteriosa frase suya pronunciada en la Comisión del 11-M- 2004: sus autores intelectuales del atentado –manifestó en el Congreso- no están “ni en desiertos remotos ni en montañas lejanas.”

Lo que el logógrafo Aznar no dejó en las metáforas de la retórica fue su idea de siempre: no al consenso. En esto sí hubo concreción: “Un pacto sustitutorio de la actual mayoría es un error garrafal”. Que yo sepa, nadie, a derecha y a izquierda, comentó esa frase. Otra muestra -¿o la misma?- de nuestra falta de sentido común generalizado.

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