Los Lunes de El Imparcial

Haruki Murakami: Después del terremoto

CRÍTICA

Domingo 26 de mayo de 2013
Haruki Murakami: Después del terremoto. Traducción de Lourdes Porta. Tusquets. Barcelona, 2013. 192 páginas. 17 €. Libro electrónico: 11,99 €

No me canso de decir lo arriesgada y extraña que puede llegar a ser la crítica literaria. Hablar sobre el libro de otro es a menudo hablar sobre uno mismo de forma especular, escondido en el reflejo de las palabras ajenas. El crítico se esconde siempre, se mimetiza, o hace un guiño y se levanta una extraña pamela azul turquesa desde detrás de una palabra para que el lector lo reconozca. A veces, es el autor el que se esconde en el libro y se hace una crítica en forma de personaje. A veces, las cosas son muy complejas, como en el Quijote. Pero, ¿puede un personaje de un libro ser crítico de ese mismo libro? Me dirán, “¡Claro que sí, acaba de mencionar el Quijote!” Pero, insisto, ¿puede un personaje de un libro ser personaje del libro y persona a la vez? ¿Puede tener DNI, padrón, cuenta bancaria, número de la seguridad social y, a la vez, ser personaje de un libro y, de resultas, escribir la crítica de ese libro? Porque eso es lo que me pasa a mí. Yo soy crítico y personaje del libro de relatos de Murakami, Después del terremoto. Porque yo estuve allí, en el terremoto y, en cierta manera, todavía lo estoy.

El 17 de enero de 1995, a las 5:46 de la mañana, las tierras de Kobe se movieron. El terremoto duró unos 20 segundos, toda una eternidad. Lo sentí como se siente una tormenta en alta mar. La tierra tenía olas. Cuando amaneció, la ciudad estaba cubierta por una gigantesca cúpula de polvo y humo. Empezaron los fuegos. Murieron entre 6.000 y 10.000 personas, nunca se ha podido contabilizar con exactitud porque los heridos seguían muriendo meses o años después. Además, estaban los suicidios. Ha sido el segundo mayor terremoto acaecido en Japón en el siglo XX tras el de Tokio de 1923. De él, me queda una colección de fotografías inéditas en blanco y negro, y un gran vacío. Los terremotos crean vacío, un gran vacío en el alma que no hay nada que lo llene.

Murakami no estaba allí. Pero hasta que entró en la universidad en Tokio sí. Aunque nació en Kioto, pasó su infancia y primera juventud en Kansai, en Kobe y Ashya. Kobe era algo que había dejado atrás. Un vacío. Un ma, un intervalo, la pausa entre dos elementos estructurales. En la estética japonesa, el “ma” es una cualidad que toda obra de arte debe tener, ya que allí “pasan cosas”. Es el espacio para la catarsis, el lugar sagrado para el espectador. Después del terremoto es un libro compuesto por seis relatos y todos tratan del terremoto de Kobe de 1995, aunque el terremoto no esté presente directamente en ninguno de ellos. Es un libro de relatos construido alrededor del ma, del vacío.

En la primera historia, “Un ovni aterriza en Kushiro”, un hombre es rechazado por su mujer por ser como “una masa de aire”, un vacío; otra lo acepta lejos, un femenino espíritu burlón cuya madre anhelaba salmones solo con piel, sin carne. En el segundo, “Paisaje con plancha”, una bella road story, seres sin alma se refugian en el fuego ya que “el fuego adopta la forma del corazón de la persona que lo está mirando”. Un pintor que se dedica como un ermitaño a recoger maderas de la playa pinta un paisaje con plancha porque la plancha “es una forma sustitutiva de algo que no puedes pintar”. Toda una lección de estética del siglo XXI. En estos dos cuentos, y en los siguientes, los personajes principales han vivido en Kobe, y tienen en el lejano terremoto amigos, recuerdos, fracasos, vacíos: mujeres que los han abandonado, mujeres e hijos a los que ellos han abandonado, madres que huyen de su vacío y se van al vacío del post-terremoto, padres ancianos… Tienen pasado y silencio. El terremoto, su dolor y su angustia, se expresa con un gran vacío, con un testarudo silencio que no hace sino amplificar el sentimiento de dolor y pérdida. Todos los cuentos tienen una estructura similar, excepto “Rana salva a Tokio”, una extravaganza murakamiana, un cuento-manga que desentona por lo obvio. Lo mejor de él quizá sea una frase: “El hombre que creó a Dios, es abandonado por ese mismo Dios.”

¿Es posible que un crítico sea un personaje de un libro que reseña? ¿Es posible que yo sea un personaje de Murakami? ¿Es posible que mi vacío esté en su vacío? Quizá esta sea la fórmula del éxito de Murakami: que todos estamos en él. En el vacío.


Por José Pazó Espinosa

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