Javier Zamora Bonilla | Martes 28 de mayo de 2013
El Instituto Berggruen de Gobernanza está celebrando estos días en París unas jornadas bajo el título de “Europa, las próxima etapas”, en las que están participando varios líderes europeos, incluyendo el presidente español, Mariano Rajoy, que aprovechará para entrevistarse con el presidente francés, François Hollande, con el objetivo de fijar una estrategia común para el próximo Consejo Europeo del mes de junio. Rajoy y Hollande están de acuerdo en la necesidad de profundizar en el gobierno económico de la Unión a través de mecanismos como la unión bancaria y programas de incentivo de la economía: políticas contra el paro juvenil, financiación de pequeñas y medianas empresas... El discurso de Hollande en este foro, al igual que el de otros participantes, ha sido muy incisivo sobre la necesidad de que la Unión ponga ya de una vez en marcha un programa contra el empleo juvenil, porque Europa cabalgaría rauda hacia la catástrofe si se mantiene por más tiempo indiferente a que un cuarto de sus jóvenes no tenga trabajo.
Rajoy, con su medio decir que casi no dice, pero que de vez en cuando se le entiende, se ha opuesto a aplicar ahora políticas neoliberales como las que proponen compañeros suyos, incluidos Esperanza Aguirre y José María Aznar. El presidente español no está tan distante del discurso europeo y europeísta de Hollande, aunque esa coincidencia no acaba de plasmarse en las políticas nacionales salvo en no ir hasta donde otros –de dentro y de fuera– querrían llevarnos. Las alianzas europeas se han hecho muchas veces por encima de las identidades ideológicas. Recordemos, por ejemplo, las buenas relaciones entre Felipe González y Helmut Kohl o entre José María Aznar y Tony Blair. Mientras que en Alemania la canciller Angela Merkell y el ministro Wolfgang Shäuble siguen apostando por duras políticas de ajuste presupuestario, en otros países como Francia, que empieza ahora su recesión, se dan cuenta de que las políticas de austeridad aplicadas en Grecia, Portugal, Italia y España no dan todos los resultados esperados y, sobre todo, no apuntan esperanzas para una recuperación temprana. No sólo es que empeoren algunas cifras macroeconómicas, como el paro, después de varios años de políticas restrictivas sino que, sobre todo, la realidad social de la crisis se agrava y ahonda, hasta el punto de que no sólo en los países mediterráneos sino también en algunos países del norte, como Gran Bretaña, la misma Francia y Suecia recientemente, estallan conflictos sociales en forma de violencia callejera.
Al poco de tomar posesión, el primer ministro italiano Enrico Letta se fue a ver a Hollande y a Merkell. Encontró más sintonía con el primero que con la segunda. Letta defiende también la idea de profundizar en los mecanismos que permitan un verdadero gobierno económico de la Unión. El Gobierno español actuaría inteligentemente si cerrase un gran acuerdo en este sentido con Hollande y con Letta para el próximo Consejo Europeo. Hay que sumar también a Grecia y a Portugal en una gran alianza mediterránea a la que se pudieran ir sumando otros países que ven que sólo con políticas de austeridad no se va a salir de la crisis, y ven que Europa pierde el paso frente a Estados Unidos, China, Rusia, Brasil... No es cuestión de enfrentar una Europa del Sur con otra del Norte, ni tampoco de entregarse a políticas despilfarradoras, sino de compaginar la austeridad en la gestión pública con medidas que incentiven la economía real sobre todo enfocadas a inversiones en I+D+i, grandes infraestructuras transnacionales, conservación del tejido industrial con instrumentos que permitan aportar un valor añadido a nuestras industrias europeas, financiación de pequeñas y medianas empresas, etc. Son todas ellas políticas que deben estar orientadas a dar una respuesta social a la crisis y necesariamente tienen que traducirse en un fomento del empleo, sobre todo del empleo juvenil.