RESEÑA
Domingo 02 de junio de 2013
Care Santos: El aire que respiras. Planeta. Barcelona, 2013. 592 páginas. 20, 90 €. Libro electrónico: 14,99 €
El aire que respiras es una novela romántica en casi todos los sentidos de la palabra. De hecho, quizás en todos menos en uno, que es precisamente el sentido en el que el mundo editorial utiliza de forma más habitual (y, sí, también más lucrativo) el término.
El romanticismo viene aquí, para empezar, de una ambientación temporal. La novela parte de la Guerra de la Independencia y transcurre en Cataluña. El romanticismo español se empieza a gestar a partir de ahí, cuando regresa la añorada monarquía y empieza la diáspora de intelectuales, que huyeron de la ominosa restauración y tomaron contacto en el exilio con la cultura europea. Sobre todo fue importante el exilio londinense. La influencia del romanticismo inglés sobre los intelectuales españoles —que desde hacía años tendían al afrancesamiento cultural— produjo en España un romanticismo tardío, un tanto extraño, que dejó algunos textos notables pero que no llegó a suponer para las letras españolas la renovación de temas y estilos que supuso el romanticismo en Inglaterra o la profunda reflexión filosófica que generó en Alemania.
Pero El aire que respiras es romántica, no solo por la época en la que transcurre, también por el peso de sus componentes. Hay aquí dos historias: la ya mencionada historia romántica y una historia contemporánea. Aquella cuenta la historia de una colección perdida de libros que viaja a través de varias décadas y peripecias encadenadas en una sucesión de encuentros y coincidencias no siempre verosímiles. La otra cuenta la historia de una librería heredada y de una novela que se escribe y que desembocará en la primera historia romántica. De las dos historias, una ocupa la mayor parte de la novela y de la atención del lector. La historia contemporánea es, de hecho, una historia un tanto trivial sobre desavenencias, herencias y novelas que se escriben, mientras que la historia romántica que nos lleva al pasado está llena de conjuras, asesinatos, sangre, amor y odio. La conclusión es que la autora debe considerar aquellos tiempos mucho más apasionantes que los que nos ha tocado vivir y esta nostalgia es también un rasgo inequívocamente romántico.
Sin embargo, y a raíz de esta diferencia en el peso de las historias, cabe señalar que no es fácil entender qué necesidad hay de que existan las dos historias, como no es fácil entender ni justificar el abigarramiento de materiales y recursos con los que se construye la novela. La panoplia es importante, pero de escaso rendimiento. Cada pocas páginas encontramos textos legales, entradas de supuestos libros curiosos, cartas o una trama que viaja adelante y atrás en el tiempo sin que el lector llegue a saber muy bien qué aporta tanto arabesco en la construcción y, lo que es peor, sin que, mientras tanto, llegue a interesarse por ninguno de los personajes que aparecen en el arsenal de documentos y que cometen el peor de los pecados de los personajes de ficción: la previsibilidad.
Puede que se deba a que la autora se ha distraído con la estructura, con el reto de la inclusión de materiales o con la cabalgata de personajes históricos que se enhebran en la trama, pero lo cierto es que de estos personajes históricos y de los que no lo son sabemos demasiado pronto casi todo lo que queremos saber sobre ellos. No sobre su peripecia vital ni sobre lo que les ocurrirá, pero sí sobre lo que son. Demasiado pronto sabemos si van a ser hombres de buen corazón o femmes fatales, ingeniosos o leales, crueles, cínicos o aburridos. La falta de dimensión puede resultar efectiva en otro tipo de novelas, en las caricaturas, por ejemplo —género tan noble como el que más—, o en novelas que hayan puesto su ambición en algún lugar más allá de la propia historia. Pero cuando una novela busca ser, sobre todo, un relato, queda muy dañada si no podemos sentir algún tipo de afinidad, rencor o, simplemente, curiosidad por lo que hay detrás del personaje, un poco más allá de sus acciones, en el lugar en el que empiezan a originarse sus deseos que es también el lugar en el que, en los grandes personajes, podemos reconocernos.
Por Miguel Carreira
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