Opinión

La UNED elige nuevo Rector ( y II)

Antonio Domínguez Rey | Domingo 02 de junio de 2013
El carácter nacional de la UNED le otorga en pueblos, ciudades y centros autonómicos una imagen institucional importante. Los directores de centros lo saben. Al cargo le corresponde representación oficial en diversos actos. Los tutores contratados para la enseñanza local de apoyo, en relación directa con la sede central de Madrid, tienden también lazos de conexión con diversas instituciones docentes, administrativas, culturales, autonómicas. Se crea una retícula que convierte a la UNED en símbolo de Estado. Y lo es realmente. Su responsabilidad depende del Parlamento. Una prerrogativa que apenas se aprecia, sin embargo, en la actividad universitaria. Cabe decir que, en cierto modo, la UNED refleja el sistema autonómico español. Esta circunstancia indujo a crear campus de extensión administrativa en los cuatro puntos cardinales de la geografía nacional. Una especie de virreinatos. Su representación alarga la sombra rectoral y es muy codiciada. Otorga a los cargos un aura política allí donde rigen. Son gozne del buen funcionamiento de la UNED en Cataluña, Andalucía, dos Castillas, Cantabria, Galicia, etc. El contexto político resulta indudable, aunque apenas se nota fuera de grupos, baronías académicas, sindicales y de partido. Crea un murmullo especial en época de elecciones, como la rectoral abierta actualmente hasta el trece de junio. Ese día sabremos quién es el nuevo Rector.

La situación actual de la UNED la definió el candidato Francisco Álvarez. Compleja. Está en un punto irreversible sin horizonte definido. La crisis del país, mental y económica, y la coyuntura europea generan incertidumbre frente a la inercia adquirida en cuarenta años, la demagogia, la endogamia académica, política, sindical, el maquinismo informático y el reto de Bolonia. La triple división de la estructura universitaria -Grado, Máster, Doctorado- y sus exigencias prácticas hace previsible una reforma del profesorado y su carga docente, lo cual inquieta. La denominación de esos niveles ya impondría por sí una orientación de cambio. El Grado queda reducido a una preparación circunstancial del conocimiento científico. El relieve universitario lo otorgan Máster y Doctorado. La UNED no figura en ningún escalafón nacional o internacional de prestigio universitario. Esto contradice la riqueza de medios, el número de estudiantes, la estructura institucional y la apuesta que el rectorado saliente ha hecho por la tecnoeducación y el teletrabajo. Ha inducido, con acierto, una red bullente, telemática, una bactería de másteres, pero también restricciones de urgencia y una sobrecarga docente indiscriminada. Carente de sentido. Resulta imposible atender al mismo tiempo, con seriedad académica, los tres niveles citados. Y así es también improbable que la UNED adquiera brillo académico que trascienda más allá de ciertos profesores cualificados con obra representativa o de estudiantes por ellos dirigidos. De ahí la propuesta común de revisar el tejido burocráctico, de la UNED.

Las candidaturas giran en torno a ese punto, a la educación permanente y a la generación de conocimiento. Una frase muy de moda. Pero no pueden afrontar, directos, la remoción de planos. La muletilla del lenguaje espontáneo traduce esta inquietud: “hay que”, “tenemos que”, “es fundamental”, etc. Como siempre, una vez en el cargo, se verá qué hacemos. De momento, declaración de buenas intenciones, que orientan el voto respectivo. Los puntos programáticos se reparten por sectores, aura sindical, política, e intereses de plantilla, en concreto la tensión larvada entre los servicios administrativos, la informatización y la gestión del profesorado.

Propone Castro Gil, ingeniero: recuperar la autonomía universitaria. Es un hecho evidente que se perdió. Conseguir apoyo e imagen social más amplia. Tejer lazos entre la investigación nacional e internacional. Supeditar la tecnología al profesor y estudiante, no al revés, como sucede actualmente. Su programa incide en la orientación científica e investigadora, técnicamente universitaria, con proyectos científicos de relieve y sin injerencias políticas. Deseable, sin duda, pero tiene en frente la inercia acumulada en cuarenta años. Un peso específico.

Más pragmático y crítico, Álvarez Álvarez, filósofo, sobrepone la situación real a la posible deseada. Afronta un rumor evidente. La UNED es hoy día una academia de enseñanza extendida, un sistema confuso. Algunos decimos, con sentencia fácil, exagerada, que una ONG o agencia cultural de resúmenes, esquemas, imágenes de internet y glosas temáticas. Apuesta, como candidato reconocido del ala izquierda, por el uso social de la tecnoeducación y una enseñanza digital avanzada que permita establecer vínculos con otras universidades afines, europeas y americanas. Gobernar con la tecnología, dice, sin que la tecnología nos gobierne. Un proyecto colectivo de participación mutua en docencia e investigación. Cita el proyecto europeo Horizonte 2020.

El tercer candidato, pedagogo, Tiana Ferrer, con experiencia política de orientación didáctica, aboga por una universidad pública, de calidad tecnológica, abierta y dinámica. Es el más integrador de los tres. A sus actos electorales asiste gran parte del equipo actual de gobierno. Alude a uno y otro candidato con sentido de convergencia programática y concierto de intereses, aunando voluntades. Reconoce la complejidad del momento, el peso inerte de la burocracia creada y el imperativo de simplificar la estructura. Piensa en un empleo más productivo y socialmente eficaz de la tecnociencia y, algo importante, incluye en su programa la internacionalización de la UNED. Promete alianzas y acuerdos. Un candidato planificador.

A la UNED quisieron convertirla en panacea de la crisis general universitaria. Se pretendió integrar en ella a profesores de otras universidades que apenas tienen ya estudiantes a su cargo. Sobran profesores en bastantes comunidades autónomas. Y muchos de ellos aspiran a promoción académica. Esto permitiría reestructurar especialidades y fusionar centros universitarios. Es decir, la idea profunda que el estamento político tiene, desde tiempo, de la UNED es más de comodín y reparto regional del conocimiento que de institución proyectiva de Estado. Y esta concepción choca con todo empeño de reforma estructural. Los candidatos son conscientes de ello. No lo dicen, en cambio. Y los profesores, también. Se pueden arreglar los muebles, tirar del carro digital, reducir la distancia que el logo de la UNED lleva en sus siglas. Ahora bien, el ideal de generar conocimiento, estribillo boloniano muy elocuente para uso de política académica, es otra cosa. Totalmente diferente. A años luz del criterio didáctico. La Universidad española transmite, glosa, traduce, filtra conocimiento. No lo crea, con excepción afortunada de casos aislados. Para generar conocimiento hay que despertar el don, tener capacidad creadora. Y la enseñanza universitaria ahoga más bien este horizonte. El creador realiza su obra al margen de la docencia atornillada. Busca espacios propios, no contaminados.

El concepto generación disimula aquí un espejismo larvado. Por generar se entiende construir una red didáctica permanente que asegure la empresa y el negocio montado en torno a la enseñanza. Quien adquiere los fundamentos científicos de una materia, los profundiza, está preparado para permanecer abierto a innovaciones. Tiene recursos sobrados para asimilar, impartir y hasta generar más sabiduría. La trampa ambigua del término es la industria del gran mercado globalizador del estudio y del conocimiento. Clases perpetuas de idiomas. Contextualización indefinida del Derecho. Socialización irredenta del trabajo. Variante incontrolada del efecto psicológico del medio y su impacto en la conducta. Futuro de la política democrática... La supervivencia: aprender a lo largo de la vida. Conseguir que el individuo se enrede de tramo en tramo. No que germine en él la matriz del conocimiento. El reciclaje es idóneo para un sistema sin anclaje.

Es momento, decisivo, sin duda. La UNED pudiera ser logo de la lengua española y de otras del Estado -imparte todas- en el mundo. En cuarenta años no ha sabido idear un programa internacional adecuado. No la sintaxis y el diccionario en revisión y reforma perpetua. Para eso está la Real Academia Española. No un centro itinerante del idioma. Ya tenemos el Instituto Cervantes. Sí lo que la lengua implica: enseñanza, pensamiento, técnica, justicia, administración, empleo, prensa, medios sociales, imagen, ingenio, cultura. Todo esto, y más, cabe en ella. Habría sitio para todos.

Aplaudimos la propuesta internacional. La propuse al Rector de 1991 y la conocen todos los demás. La quiso iniciar la Rectora de 1984, con iniciativa también nuestra, desde París. Aún es -pasaron veinte y nueve años- una posibilidad irredenta.

Las tres candidaturas tocan puntos centrales urgentes y otros deseables. Sin un programa institucional de Estado, la UNED seguirá siendo el comodín didáctico, académico y digital de época, según las circunstancias. El reto de Europa es evidente. El de América, posible. Y antes, el de España. Un campus específico de la UNED. No la dispersión económica de edificios alquilados. Y una mente con horizonte de futuro.