Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 03 de junio de 2013
Lo más “florido” y radical de la izquierda española ha hecho suyo el “derecho a decidir” de los nacional-separatistas catalanes. Toda esa “izquierda plural” -¡y tan plural!- que se sitúa un poco más allá del PSOE -no se sabe muy bien si más a la izquierda o más hacia el abismo-; además de ese extraño socialismo catalán –que tampoco se sabe si está, de veras, en el nacionalismo más extremo o, sencillamente, en las nubes o, quizás, en Babia- se ha sumado a la pretensión del nacionalismo burgués a favor de la autodeterminación. Apuestan todos ellos con entusiasmo para que los catalanes decidan en ilegal referéndum si quieren ser lo que nunca han sido o prefieren seguir siendo lo que son. Como les da vergüenza hablar de autodeterminación -como le pasó por cierto al presidente Wilson, que en sus Catorce Puntos no se atrevió a usar la palabreja, seguramente porque sus asesores le dijeron que era de imposible definición- han aumentado el vocabulario con nuevas expresiones, como “soberanismo” o “derecho a decidir”, que tampoco aguantan una definición aceptable. Y no se refieren al mazziniano “principio de las nacionalidades”, acaso porque lo desconocen o porque alguien les ha dicho que eso suena a demasiado rancio.
Ese sobrevenido entusiasmo –lo sepan o no lo sepan- proviene en línea directa de Lenin que, en 1914, por lo tanto bastante antes del golpe de Estado que le llevó al poder en octubre-noviembre de 1917, publicó un trabajo titulado Sobre el derecho de las naciones a la autodeterminación. Perseguía con el mismo dos objetivos: Por una parte, oponerse a las tesis internacionalistas de Rosa Luxemburgo, que rechazaba cualquier atisbo de nacionalismo, pues lo estimaba incompatible con el auténtico marxismo; por la otra, pretendía sembrar la cizaña del separatismo en el imperio zarista para, de ese modo, hacer más fácil la toma del poder por los bolcheviques. Nadie le puede negar la coherencia. Lenin sí se atrevió a dar una definición: “Por autodeterminación de las naciones se entiende –escribió- su separación estatal de las colectividades de nacionalidad extraña, se entiende, en suma, la formación de un Estado nacional independiente”. Y para que no hubiera dudas añadió: “Sería erróneo entender por derecho de autodeterminación todo lo que no sea el derecho a una existencia estatal separada”. Salía así al paso de los llamados austromarxistas, como Otto Bauer o Karl Renner, que apostaban por una amplia autonomía para las nacionalidades de Austria-Hungría, pero sin romper la unidad de aquella abigarrada estructura.
Para Lenin una “nacionalidad” –término que se usaba tanto en la Rusia zarista como en la propia Austria-Hungría- no era esencialmente algo distinto de una “nación”. Para él una nacionalidad era una nación que no había logrado plenamente alcanzar todavía su plena realización, pero que estaba en su pleno derecho de intentarlo y conseguirlo. Nuestros constituyentes, al menos algunos, se ve que no habían leído a Lenin y metieron imprudentemente ese término, nacionalidad, en el artículo 2, contra toda lógica jurídica y en plena contradicción con las primeras palabras del mismo artículo, aquellas que hablan de “la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles”.
Lenin se hubiera mondado de risa ante este oxímoron. La palabra “nacionalidad” es totalmente ajena al Derecho constitucional occidental y, además, está como metida de contrabando, con calzador, en el texto constitucional, porque, tras el artículo 2, no se vuelve a utilizar ni tiene el menor desarrollo en la Constitución. Pero, como algunos pocos dijimos en su momento, era la semilla de la mostaza que les ha servido a los separatistas para todas sus posteriores maniobras. De ahí ha florecido el ahora frondoso árbol del soberanismo.
Por supuesto, la tesis de Lenin no era más que una herramienta para socavar al imperio zarista y apenas conquistado el poder abandonó esa primera tesis y aparece una segunda, totalmente opuesta. El Lenin gobernante no sólo se opuso al ejercicio de la autodeterminación sino que a las repúblicas que habían logrado su independencia, como Georgia, Azerbaiyán y Armenia o a algunas de las centroasiáticas del llamado Turquestán ruso, las recondujo por la fuerza al nuevo imperio soviético. Las bálticas gozaron de una breve independencia hasta que Stalin se entendió con Hitler en 1940. Todos los territorios del imperio de los zares y algunos más quedaron bajo la férula soviética tras la II Guerra Mundial. Sólo se salvó, con una guerra por medio, una “finlandizada” Finlandia. Por si había alguna duda, en 1922, poco antes de morirse, Lenin escribía: “Hay que consolidar la unión de las repúblicas socialistas; no puede existir ninguna duda sobre este punto”. ¡Toma autodeterminación y toma nacionalidad!
Lo curioso es que Lenin estaba convencido de que Austria-Hungría no se desintegraría porque, en su opinión, si los checos o los húngaros se separaran “su independencia sería aplastada por vecinos más rapaces y más fuertes”. Ahí Lenin demostró unas innegables capacidades proféticas pues, efectivamente, Hungría y Checoslovaquia vieron aplastada su independencia por su sucesor Stalin, que no solo las sometió a su dominación, tras los repartos de Yalta y Potsdam, sino que cuando quisieron recobrar la independencia perdida, sus sucesores les enviaron los tanques, en 1956 y 1968, respectivamente.
La reflexión sobre estas viejas historias demuestra lo peligroso que es jugar con estos conceptos o hacer juegos malabares con soberanismos, independencias y Estados propios. Nada puede extrañar de los leninistas trasnochados de izquierda, dirigidos por gentes como Cayo Lara, Pere Navarro y compañeros mártires (casi literalmente) y sus correspondientes apéndices sindicales que, al mostrarse partidarios de la autodeterminación catalana –esto es de la independencia- son fieles a su genealogía política que se origina en Lenin y Stalin y, les guste o no, con su inseparable acompañamiento del Gulag. Todo vale –primera tesis de Lenin- con tal destruir lo existente y si eso que existe es España, razón de más.
Es mucho más chocante que Mas y sus socios nacional-separatistas, burgueses como Mas y como el que más, que es muy poco probable que hayan leído a Lenin, sigan tan al pie de la letra su primera tesis: La autodeterminación como instrumento para destruir en este caso a España y para lograr una imposible independencia porque, en el caso improbable de lograrla – ahora el leninista soy yo-“quedarían aplastados por otros vecinos más rapaces y más fuertes”. Y no me refiero a ningún aplastamiento violento (Lenin seguramente sí) sino a la propia dinámica de este mundo globalizado donde predominan los grandes conjuntos y los más pequeños apenas si cuentan. Rajoy lo recordaba el otro día en Barcelona y supongo que todos lo entendieron. Una Cataluña independiente no entraría nunca en la Unión Europea, pero aún en el caso improbable de que entrara estaría condenada a la insignificancia, aparte de su propia e insoluble división interna que la condenaría a ella misma a la disgregación.
Lenin, que inventó el totalitarismo, el partido único y la agit-prop, entre otras muchas cosas, es, desde luego una de las más agudas inteligencias políticas del siglo XX. En mi opinión, un personaje nefasto, pero hay que reconocerle los méritos, por negativos que estos sean. Pero vale la pena analizar cómo hizo de la autodeterminación una herramienta de destrucción para desprenderse de ella en cuanto consiguió el poder. Se podría hacer una paráfrasis con aquella famosa frase de Mme. Rolland: “¡Libertad, libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!” poniendo autodeterminación o soberanismo donde ella puso libertad. Y como ha recordado Crane Brinton, en todas las revoluciones (y una independencia ilegal lo sería) las primeras víctimas son los moderados que inician el proceso y que se ven desbordados por los más radicales. Mas y sus amigos deberían mirar con cierta aprensión a los leninistas trasnochados y a los izquierdistas “plurales” que pululan a su alrededor.
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