Javier Zamora Bonilla | Martes 04 de junio de 2013
He empezado a leer la última entrega de las memorias de Alfonso Guerra. Todavía no he concluido. Éstas son, por tanto, unas primeras impresiones. Como no pretendo hacer aquí una crítica literaria ni un resumen del libro, me permito contar algunas de estas impresiones. El personaje –a la persona no la conozco– me ha resultado siempre interesante desde el punto de vista político, incluso divertido en sus críticas al adversario político a pesar de que en ocasiones roza el insulto. Nunca he estado entre los que le jaleaban en los mítines con eso de “dales caña, Alfonso”, entre otras cosas porque no frecuento dichos espacios, pero reconozco que desde que Guerra participa menos en las campañas electorales, éstas son mucho más aburridas y para mí han perdido casi todo el interés, pues se reducen a la reiteración de propuestas esencializadas en eslóganes, o quizá únicamente eslóganes marketinianos sin verdaderas iniciativas políticas detrás, y críticas al adversario hasta la extenuación, en un intento de transformar la realidad con simplezas dialógicas por medio del carácter performativo del lenguaje. Ahora, el insulto es casi cotidiano en la vida política y moneda de cambio en periodo electoral, pero sin ninguna gracia, así que no sólo se insulta al contrincante sino también a la inteligencia del ciudadano medio. Ante la mediocridad retórica de la inmensa mayoría de nuestros políticos, el discurso de Guerra sobresale por su chispa y por su invocación a fuentes literarias, que también aparecen en el libro, como una deliciosa carta de Unamuno a su madre –carta con la que Guerra parece identificarse– en la que le explica que se ha hecho socialista y que no debe creer lo que los curas y los conservadores de Bilbao le dicen que son los socialistas, o las constantes remisiones al poeta Antonio Machado y a otros escritores, músicos, pintores...
En el capítulo introductorio, Guerra hace una presentación mínima de su ideario político, que ejemplifica como el socialismo auténtico, un socialismo sin fisuras, distanciado de los excesos estalinistas y de las veleidades socioliberales, como las de algunos ministros de Felipe González con los que compartió mesa en el consejo de ministros, los cuales reciben su ración de críticas, especialmente Carlos Solchaga, tanto por el caso Ibercorp como por la privatización de la banca pública tras la creación de Argentaria. De estas páginas iniciales se saca la conclusión de que la justicia social es lo que ha guiado la vida política de Guerra, incluso por encima del afán de libertad y democracia que le llevaron a enfrentarse a la Dictadura franquista, a propiciar la Transición y a estructurar un Estado constitucional. No es baladí la defensa que Guerra hace de la Transición en estas páginas frente a las tergiversaciones que hoy se intentan imponer desde cierta izquierda. Cualquiera que tenga una sensibilidad socialdemócrata se sentirá bastante identificado con estas páginas iniciales y, si como es mi caso, no ha leído las dos primeras entregas de sus memorias, alojará la esperanza de encontrar en las páginas siguientes una plasmación de ese ideario en las actuaciones políticas concretas de una persona que ha tenido mucho poder en España, el lector esperará descubrir reflexiones políticas de altura, descripciones de las ideas políticas que orientaron las políticas del PSOE o debates ideológicos profundos confrontando con ideas opuestas dentro del partido o con la oposición. Pero el lector no encontrará nada de esto, sólo algunos datos que pueden arrojar alguna luz a hechos más o menos conocidos, y, sobre todo, anécdotas, chascarrillos, pullas a los adversarios de dentro y de fuera del partido e insinuaciones, más que develaciones, de las guerrillas que distintos compañeros de partido han mantenido con el exvicepresidente.
La misma impresión saqué al hojear las memorias de José Bono, que no pude leer porque me satura esa retórica de quien sobre todo ha aprendido, en los años en que las mentes están más abiertas, en los sermones dominicales. No rechazo la fuente, pero agota cuando se convierte en casi única. Sí le escuché a Bono en varias entrevistas y me llamó la atención que el expresidente del Congreso reconociera abiertamente varios delitos cometidos por miembros del PSOE. Guerra no lo hace, aunque indica bastante y busca justificaciones moralistas para casos de corrupción como el de Filesa. La verdad es que memorias como éstas son un desincentivo para dedicarse a la vida pública y para interesar a los ciudadanos en la política. Leyéndolas da la impresión de que la mayoría de las grandes decisiones no dependen de planteamientos ideológicos más o menos meditados, de debates de ideas más o menos razonadas, de análisis de intereses en los que se busca que predomine el bien común, sino de luchas de poder entre los distintos ministros o ejecutivos del partido. En las primeras páginas Guerra cuenta que salió del Gobierno de Felipe González, pero no hay una explicación mínimamente razonable del porqué. Es sólo un ejemplo de lo decepcionantes que pueden llegar a ser las memorias políticas, que acaban reduciéndose a cotilleos, de altura, claro, al producirse en las entrañas del poder, pero cotilleos al fin y al cabo. Uno se entera de cosas –como que Guerra nunca dijo que quien se mueva no sale en la foto–, confirma sospechas, descubre alguna novedad, pero acaba con la impresión de que la política es un mero tira y afloja de fuerzas, sin grandes proyectos detrás, sin verdadera visión de futuro, un gran barullo de tejemanejes. Y no lo es, o no es sólo eso, aunque muchos estén en política sólo para eso. No creo que sea el caso de Guerra, pero en las memorias, por lo menos en las primeras doscientas páginas de la tercera entrega, que es lo que he leído, esto es lo que aparece.