Opinión

El mono de Facebook

Alicia Huerta | Miércoles 05 de junio de 2013
No me refiero, al menos no especialmente, a las monerías que, unos más que otros, colgamos en nuestro muro de la red social más famosa del mundo, sino al síndrome de abstinencia que, cada vez con mayor frecuencia, padecen algunos usuarios de las redes sociales o de internet en general. El llamado Síndrome de Facebook o, en términos más científicos, “Internet Addiction Disorder” no es nuevo. El psiquiatra norteamericano Ivan Goldberg ya lo definió en 1995, pero está claro que según aumenta el número de personas que acceden a un mundo virtual en el que, aparentemente, se puede ejercer más control que en el real, los afectados por los síntomas que acarrea cualquier “mono” empiezan a ser legión. Se conoce también con otro nombre: Trastorno de Privación de Información, y en un estudio realizado recientemente con voluntarios a los que se pidió que se mantuvieran alejados de sus cuentas de correo electrónico, mensajes de texto o whatsapp, Facebook o Twitter durante 24 horas, se comprobó que la gran mayoría experimentaba un síndrome de abstinencia equiparable, por ejemplo, al del fumador a quien retiran la nicotina durante ese mismo periodo de tiempo.

Igual que el fumador que sigue buscando en el bolsillo la cajetilla que ya no tiene o llevándose los dedos a los labios para limitarse a aspirar el aire de un pitillo inexistente, el enganchado a saber qué ha pasado en la Red busca el dispositivo que ya no lleva y trata de imaginar obsesivamente qué habrá ocurrido en ese mundo que sólo existe en la medida en que uno mismo y los demás quieren que exista. ¿Le habrán echado de menos? ¿Cuántos “Me gusta” habrá alcanzado su última foto, canción o simple comentario? También avisan los psiquiatras de que “lo que pasa en Facebook, no se queda en Facebook”, sino que ya tienen casos en sus divanes de personas que sufren por lo que ocurre en ese mundo: por creer que otros tienen más éxito, son más felices o más atractivos. Sufren porque esperaban un “Me gusta” de alguien en concreto y ha sido el único, precisamente, que no lo ha pulsado. Y hablo de sufrir con todo su sentido. Sí, muchos dirán que es probable que se trate de personas con algún trastorno de base, porque lo normal es que uno se limite a quedarse con cara de lerdo cuando hay una desbandada general de “Me gusta” en sus filas o a decepcionarse porque el mejor amigo en la vida real, pase de uno en la virtual. Incluso, a preguntarse como un bobo si una dedicatoria va por ti porque te echan de menos o si, muy al contrario, va por una nueva conquista, porque tú ya eres historia, real y virtual.

Afortunadamente, para la mayoría, al menos de nuestra generación y aledañas, lo de tomarse un café o unas copas como excusa para ponerse al corriente de los últimos acontecimientos sigue siendo lo normal. Dar un abrazo a ese amigo que hace tiempo que no ves, palmear la espalda del que ha conseguido un sueño o apretar cariñosamente la mano de quien está pasando una mala racha continúan siendo – es de esperar que por mucho tiempo – el top de las relaciones personales. Aún así, las redes sociales, los mensajes instantáneos o los correos electrónicos ofrecen un mundo de posibilidades que, más que entorpecer los actos descritos, en principio parece que deberían de servir para amplificar sus efectos. Muchas veces, la distancia, las obligaciones familiares o laborales e, incluso, las limitaciones físicas impiden que podamos acudir en persona-personalmente – como diría Cattarella al comisario Montalvano en alguna de las novelas de Andrea Camilleri – a demostrar al amigo que estamos con él, y la inmensa variedad de sistemas para mantener el contacto que nos ofrecen en la actualidad las nuevas tecnologías, suponen una ayuda inmensa para que nadie se quede sin saber lo que sentimos o pensamos. También, a la hora de pedir apoyo, compartir una experiencia con todos a la vez y hasta para anunciar nuestras coordenadas, por si alguien está cerca y quiere tomarse ese café real que, al final, nunca tiene sustituto.

Cada día, más de 500 millones de personas dicen “Me gusta” en Facebook – algunos con una frivolidad pasmosa; otros, como una verdadera declaración de intenciones – y se producen unos 340 millones de tweets. Investigadores de la Universidad de Carolina del Norte han descubierto que un retweet o un “Me gusta” es capaz de liberar dopamina en el cerebro, de modo que no es de extrañar que pueda llegar a convertirse en una adicción que nos condicione, sin querer, a base de sustancias químicas que segregamos, igual que ocurre, por otra parte, con el mismísimo amor: una adicción en toda regla que puede provocar un mono de mucho cuidado, incluso, a quienes presumen de mente híper racional. La química es la química y hay cosas que sólo las cura un largo periodo de desintoxicación.

Hay casos extremos de personas enganchadas de tal forma a Internet, que han dejado de ocuparse de lo que ocurre a su alrededor, llegan tarde a las citas, pierden el trabajo, salen de casa sólo lo indispensable e, incluso, dejan de dormir o de comer a horarios normales o sentados a una mesa que no sea la del ordenador. En California, la policía acaba de detener a un matrimonio que se pasaba literalmente la vida jugando a vídeo juegos en Internet, sin acordarse siquiera de que tenían en casa a dos hijas. Parece ser que, por fin, una vecina se animó a llamar a la policía para decir que hacía dos años que sus vecinos no salían a la calle ni para sacar la basura. No tenían tiempo: su adicción a “World of Warcraft” regía toda su existencia. Lo cierto es que dos adultos de 41 años pueden, si quieren, pasarse todo el día sentados frente a la pantalla jugando en su mundo virtual y comer a base de pizzas a domicilio, pero ¿olvidarse de dos niñas, sus hijas? Los agentes aseguran que las encontraron pálidas, desnutridas, sucias, rodeadas de mugre y oscuridad, con el baño roto, los electrodomésticos cubiertos de moho y restos fecales diseminados por el suelo o las paredes. Ahora, sus padres se enfrentan a siete años de prisión, aunque lo que de verdad importa es cómo podrán esas pequeñas recuperarse de dos años de encierro y abandono a manos de sus propios padres, alcoholizados por lo que ocurre en el juego que se desarrolla en el interior de una pantalla.

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