Juan José Laborda | Viernes 07 de junio de 2013
“El señor Flawse aprovechó esta escasez para educar a Lockhardt personalmente (su nieto bastardo). Nacido en 1887, en pleno esplendor del Imperio, seguía aferrado a los principios que le habían inculcado en su juventud. Los británicos eran los más extraordinarios ejemplares del reino animal que Dios y la Naturaleza habían creado. El Imperio británico seguía siendo el más grandioso que había existido jamás. La India empezaba en Calais y el sexo era necesario para la procreación pero, en cualquier otra circunstancia, era algo más bien repugnante y que no había que mencionar siquiera. El hecho de que el Imperio hubiera dejado de existir hacía ya largo tiempo y de que la India, lejos de empezar en Calais, hubiera invertido el proceso y terminara en Dover, era algo que el señor Flawse ignoraba.”
Hoy escribo sobre Tom Sharpe, unos días después que nos ha dejado en un pueblo de la Costa Brava catalana, en el que residía, agradecido a la sanidad pública española, que él consideraba mucho mejor que la de su país británico.
Aquellos párrafos mordaces fueron escritos por Tom Sharpe en su novela de 1978: “El bastardo recalcitrante”. De todas las desternillantes obras de Sharpe que leí por aquellos años (las últimas fueron menos ingeniosas), “El bastardo recalcitrante” la recuerdo por lo ese párrafo refleja sintéticamente: la estupidez y la torpe brutalidad que normalmente van asociadas al patriotismo nacionalista.
La historieta es demencial. El señor Edwin Tyndale Flawse (un nombre linajudo relacionado con el personaje quemado en la hoguera por traducir la Biblia) es un aristócrata que viene a resumir -como individuo y como clase social - las tres fases existenciales que Chateaubriand definió como propias de la nobleza europea: la supremacía originaria, el privilegio estamental y la banalidad terminal.
El señor Flawse vive en la banalidad; la fase de la banalidad que todavía practica una parte la sociedad inglesa de nuestros días. ¿A que el protagonista de la novela de Sharpe nos recuerda las arengas de Nigel Farage, el líder populista y anti-europeo, el que incita a sus electores a sacar su dinero de España?
¿El señor Flawse pregunta si lo que se contempla al otro lado de la costa es la India? ¿No son las mismas dudas que tienen los que aprueban las propuestas de Farage de aislar Gran Bretaña de Europa y de un mundo que ya no acepta imperios?
Tom Sharpe introduce los ingredientes del nacionalismo, con su autarquía cultural y su desprecio a los que no son iguales (a nosotros, ¡claro!).
Los británicos habían sido grandiosamente creados para organizar el mundo.
Cada país -tal vez mejor: cada nación después del nacionalismo- se afanó por “inventar una tradición”.
En España, por ejemplo, la tradición de que fue Tubal, el nieto de Noe, quien fundó España, y de paso Tarragona, y los señoríos vascos, fue sostenida por sabios notables, como el prestigioso historiador Juan de Mariana, cuyos libros se leyeron hasta el siglo diecinueve. Menéndez Pelayo, en sus declamaciones patrioteras, estuvo en la misma línea.
Sharpe fustiga esos tópicos con la burla y la ironía, es decir, de forma pacífica y tolerante. Sin embargo, el nacionalismo inglés se viene abajo con sus bromas. El señor Flawse comparte los tópicos. Vive en un castillo siniestramente romántico, allí donde termina la Inglaterra romanizada y comienza la Escocia romántica de Ossian, creada por el farsante James Macpherson. Esa “inventada tradición” histórica se entrevera con la farsa que Tom Sharpe dedicó a las “clases superiores” británicas; el mito de unos sajones y escoceses libres de la corrupción de posteriores emigraciones o invasiones. Es la misma leyenda de los vascos y de los catalanes que fueron obligados a mezclarse en España, y un larguísimo serial de leyendas europeas.
La hipocresía de la moral sexual funciona de manera complementaria; al fin y al cabo, la nobleza es un producto seminal, como expresó en su día Paul Valery. El señor Flawse considera inapropiado y vulgar entrar en esos temas íntimos y personales. El puritanismo victoriano ofrece a Tom Sharpe una divertida critica a la doble moral, instalada en los círculos encumbrados. El viejo Flawse, un anciano rijoso y perverso, es también el incestuoso padre del hijo que causará la muerte de su hija y madre en el parto. Cuando pasado el tiempo, el amor parece llegar al señor Flawse y a su nieto bastardo (llamado Lockhard Flawse ¡otra sátira de Sharpe con el biógrafo de Walter Scott!), llega la parte más tremenda y destructiva: el bastardo, que había sido educado por su padre en la inocencia de la incultura, se enfrentará delirantemente con el mundo de su progenitor, y también con el actual mundo contemporáneo.
Tom Sharpe pertenece a una serie de escritores británicos que hacen de la risa un instrumento formidable de crítica social; Jonathan Swift como hito más sobresaliente. Su biografía -muy conocida-, puede que explique su pulso como narrador. Con problemas con su padre, un clérigo predicador que fue, primero, un socialista radical, y después, un nazi igualmente radical, Tom Sharpe emigró a Sudáfrica del apartheid. Contra eso empezó a escribir. Tenía más de 40 años. Su experiencia vital está contenida en su humor y en sus matices, propios de un demócrata ejemplar.