CRÍTICA
Domingo 09 de junio de 2013
Xavier Pericay: Compañeros de viaje. Madrid-Barcelona, 1930. Ediciones del Viento. La Coruña, 2013. 391 páginas. 22,50 €
Excepcional libro el que nos presenta Xavier Pericay. Una obra en la que es capaz de combinar Historia y política, presentando al lector el contexto general de la España de 1930, tras la caída de la dictadura de Miguel Primo de Rivera y el fallecimiento de éste semanas después en París. Opta por una estructura en capítulos (24) que completa con un apartado ingente de notas al pie de página y de bibliografía.
Lenguaje conciso, con guiños a la ironía, hacen que su lectura sea ágil. Igualmente acertado es dedicar varios capítulos al hecho de mayor trascendencia como es la cena del 23 de marzo, deteniéndose pormenorizadamente en los discursos que se hicieron, los cuales son objeto de su análisis y reflexión. Asimismo, es destacable el minucioso orden con el que elabora la obra. Un trabajo de hemeroteca espectacular da como resultado que conozcamos todos los movimientos de los protagonistas, desde que se decide celebrar el homenaje, hasta que se consuma. Las habituales alusiones a la prensa de la época (madrileña y barcelonesa) enriquecen el contenido, además de describir el rol que tuvo aquélla a la hora de promocionar el encuentro.
El argumento central es el homenaje que los intelectuales catalanes tributaron a sus pares castellanos que en 1924 habían firmado un manifiesto contra la dictadura de Primo de Rivera por prohibir el uso del catalán y a favor del empleo de éste y, por extensión, de la propia cultura catalana. Ciertamente, Pericay consigue transmitirnos su objetivo: la grandeza de un acontecimiento que trascendió el terreno de lo anecdótico. Un buen ejemplo de esta tesis lo hallamos cuando describe la llegada a Barcelona de Gregorio Marañón, recibido en loor de multitudes, viéndose obligado a efectuar el camino hasta el hotel a pie, para poder saludar a quienes le esperaban.
La conclusión que legítimamente puede extraer el lector es que Xavier Pericay estuvo allí, siguiendo todo el proceso, sintetizándolo y redactándolo. A su vez, consigue que nos hagamos una idea precisa del trabajo de Joan Estelrich y José María Ruiz Manent, que coordinaron el acto en Barcelona y Madrid, respectivamente.
Tampoco se olvida de reflejar la postura de aquellos que no asistieron, bien porque no pudieron (Salvador de Madariaga, por sus compromisos en Oxford, o Gabriel Miró por motivos de salud), bien por decisión propia (Azorín), bien porque no fueron invitados (Eugenio D´Ors o Miguel de Unamuno). El punto de vista de éste último es significativo, puesto que, contrario a la dictadura (y por ello fue represaliado), su defensa a ultranza (y pragmática) del castellano le distanció del espíritu que movió al acto. De hecho, el autor de San Manuel Bueno, mártir consideraba que las políticas lingüísticas anti-catalán y anti-euskera habían sido las que, paradójicamente, potenciaron ambas lenguas.
En consecuencia, historia de España e historia de Cataluña se combinan a lo largo de la obra, siendo un acierto por parte de Pericay no presentarlas en paralelo o como compartimentos estanco, sino interrelacionadas. En medio de ambas, a modo de nexo, la figura de Francisco Cambó sobresale en dos facetas: estadista de talla (contrario al separatismo pero también hacia una excesiva orientación hacia la izquierda de España) y mecenas por excelencia de la cultura catalana.
A lo largo de casi 400 páginas, el autor nos traslada a la España del final de la dictadura de Primo de Rivera y a la del Gobierno (provisional) del general Berenguer. Y lo hace con gran tino, mostrando su capacidad para ubicarnos y hacernos entender cómo era entonces nuestro país, quiénes eran los actores principales y qué retos concurrían, tanto para la clase política como para la intelectual. Estos últimos no siempre coincidían, ya que la intelectualidad perseguía un objetivo de mayor calado como era la regeneración a todos los niveles.
Conceptos como federalismo (o centralismo) tenían cabida en el vocabulario de aquella época y, al igual que en la actualidad, no se vislumbraba un acuerdo sobre los mismos. De hecho, Xavier Pericay lo advierte casi desde el principio: existía un exceso de expectativas que finalmente se vieron truncadas. En efecto, entre los firmantes castellanos del manifiesto de 1924, cuya lista ofrece el autor al final de la obra, figuras conocidas como Pérez de Ayala, Gregorio Marañón o Giménez Caballero sufrieron evoluciones políticas, sobre todo al término de la Guerra Civil española, de las cuales se derivaron antagonismos y posiciones encontradas. En este sentido, es importante el capítulo final, donde da un salto cronológico, abandonando marzo de 1930, para relatarnos lo que opinaban algunos de sus protagonistas al inicio de la dictadura del general Franco.
En íntima relación con la idea expresada en el párrafo anterior, debemos precisar que, al margen de la cena homenaje del 23 de marzo de 1930, hay un elemento fundamental que permea toda la obra: la existencia de un problema catalán no solucionado, que va más allá de lo cultural y que entra de lleno en el terreno de la política (pp. 334). Como bien concluye el autor: “En lo tocante al problema catalán, poco cabe añadir. Como no sea que ni la guerra ni cuanto ha venido después ha impedido que Cataluña siguiera haciéndose el enano de la venta, y Madrid, la venta de este enano” (pp. 366).
En definitiva, nos hallamos ante un obra tan pertinente como oportuna por la actual coyuntura política española, con órdagos frecuentes por parte del nacionalismo catalán, cuya forma de proceder es antagónica a la promocionada por Cambó y que Pericay describe en Compañeros de viaje. Bajo el recurso a conceptos como “inmersión lingüística”, la situación claramente se ha revertido con respecto al periodo 1924-1930. En 2013 el castellano es la lengua menor en Cataluña y su defensa, algo por lo que Pericay siempre se ha significado, parece relegada a posiciones errónea e intencionadamente definidas como “ultras”.
Por Alfredo Crespo Alcázar