Opinión

El equívoco modelo turco

Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 10 de junio de 2013
Cuando hace dos años se produjo la tan precipitadamente llamada “primavera árabe”, se insistió mucho en que Turquía podía ofrecer un modelo para aquellos países del norte de África y Oriente Medio que, al menos aparentemente, buscaban salir de la dictadura y avanzar hacia una democracia. Hoy ya no se insiste tanto en ese posible modelo, y no solo por los incidentes que se han venido produciendo desde finales de mayo en Estambul y otras ciudades turcas, sino porque están apareciendo a plena luz las contradicciones e inconsecuencias que lastran al régimen turco, especialmente desde que, hace una década, Recep Tayyip Erdogan se hizo con el poder. Con una patente cautela y sin admitirlo nunca abiertamente, en Turquía se está produciendo un fenómeno de re-islamización que contradice los principios laicos que Mustafá Kemal Atatürk logró establecer sobre las ruinas del imperio Otomano.

No hay que olvidar que Atatürk se impuso con las armas y con la diplomacia a los designios de los vencedores en la I Guerra Mundial que querían llevar, hasta la casi total extinción, un imperio que ya antes de la guerra había perdido una gran parte de su territorio. Wilson, en el XII de sus Catorce Puntos, había reconocido que “a las partes turcas del presente imperio Otomano se les debe garantizar una plena soberanía”. Pero franceses e ingleses trataban de repartirse una buena parte de Anatolia y los vecinos, dominados durante siglos por los otomanos -griegos, armenios y kurdos, por no hablar de los árabes, colocados bajo la tutela británica- deseaban su parte del botín. El Tratado de Sévres (1920) confirmaba la humillación de Turquía, aceptada por el tambaleante gobierno del último sultán. Atatürk no se resignó y por medio de una exitosa campaña militar, reconquistó una parte del territorio perdido y creó la nueva Turquía, reconocida internacionalmente por el Tratado de Lausana (1923).

¿Fue Turquía bajo el régimen kemalista una democracia? Difícilmente se podría contestar afirmativamente pues la trayectoria de este régimen ha estado esmaltada de golpes de Estado, el último muy reciente pues data de 1997, cuando los militares derrocaron el gobierno del Partido del Bienestar, un antecesor del partido de Erdogan, el AKP (Partido de Justicia y Desarrollo). Atatürk modernizó y occidentalizó a Turquía, al menos parcialmente, pero lo que hizo con más decisión fue implantar un laicismo que “desconfesionalizó” al Estado y prohibió las manifestaciones públicas del islam. Era notorio su desprecio por el islam al que llegó a calificar como “una daga venenosa dirigida contra el corazón de mi pueblo”. Al socaire de la Guerra Fría, Turquía entró a formar parte de la Alianza Atlántica y eso le dio carta de naturaleza “democrática” en el mundo occidental.
Pero el defecto genético del régimen que Atatürk estableció fue que encomendó al ejército –no en vano él mismo era un soldado -la custodia del laicismo fundacional y, en general, de cuanto significaba el kemalismo. No se puede hablar de democracia si los militares imponen su criterio sobre los gobernantes elegidos por el pueblo, pero tampoco hay democracia si los gobernantes imponen una re-islamización, más o menos disimulada, incompatible en muchos casos con los más elementales principios de una democracia digna de tal nombre. Aunque, como hace Erdogan, se rodeen de fotografías de Kemal Atatürk y canten de boca hacia fuera su respeto por el kemalismo y por la democracia. Su candidatura a la UE ha obligado a consolidar el control civil sobre el ejército lo que, paradójicamente, ha favorecido el proceso re-islamizador.

Todo el mundo sabe ya que aunque el pretexto inicial de los graves incidentes turcos ha sido la protesta contra los planes urbanísticos de Erdogan para “modernizar” la plaza Taksim de Estambul (él mismo fue alcalde de Estambul entre 1994 y 1997) en el fondo hay un movimiento más profundo contra el autoritarismo que ha caracterizado a su gobierno, que se ha mostrado una vez más en la brutalidad con que han sido reprimidos los manifestantes y en la falta de tacto con que el primer ministro ha respondido a sus reivindicaciones. En Turquía, cada vez es más arriesgado oponerse o disentir del gobierno, como muestra el gran número de presos políticos, entre ellos militares acusados de preparar golpes de Estado, o periodistas a los que se atribuye la colaboración con los golpistas. Según un organismo de protección de periodistas, en estos momentos hay en Turquía más periodistas encarcelados que en China.

Por cierto que Erdogan perdió la alcaldía de Estambul por hacer suyos, en un acto público, los famosos versos de un poeta turco, Ziya Gökalp: “Las mezquitas son nuestros cuarteles, las cúpulas nuestros cascos, los minaretes nuestras bayonetas y los creyentes nuestros soldados”. (A propósito, ¿cuándo van a aprender algunos periodistas españoles que la palabra inglesa barracks no significa, en este contexto, “barracas” ni “barricadas” sino cuarteles?). Esos versos le hicieron pasar a Erdogan cuatro meses en la cárcel (una pena excesiva que dice mucho de la “democracia” de la situación anterior) y a la salida de la prisión sorprendieron unas declaraciones suyas en las que se manifestaba a favor de la separación de la religión y la política. En 2001 fundó el AKP y barrió en las elecciones.

En la Turquía actual se perciben uno de los peores males que lastran cualquier intento democrático –según ha señalado recientemente José Valera Ortega en su libro Los señores del poder- que es de la exclusión del contrario. Y lo peor es que Erdogan parece jugar a esa exclusión. Ya en 1998 dijo: “En este país hay una separación entre los Turcos Negros y los Turcos Blancos. Vuestro hermano Tayyip pertenece a los Turcos Negros”. Como explica un profesor del americano MIT, Daron Acemoglu, de indudable origen turco por su apellido, los “turcos blancos” son los pertenecientes a las elites educadas, secularizadas y ricas, que se consideran defensores del legado de Atatürk, mientras que los “turcos negros” son los de las clases inferiores, pobremente educados y “atrapados por su piedad”, como escribe Acemoglu en The New York Times. Erdogan eligió en aquel momento y todo hace pensar que ahí sigue. Los “blancos” lo tienen crudo.

Hay, sin embargo, algunos síntomas que indican que puede haber indicios de división en el propio AKP. Siguiendo la fórmula del ruso Putin, Erdogan parece que quiere hacerse con el cargo de presidente que ahora desempeña su correligionario y amigo Abdullah Gül, que se ha mostrado mucho más comprensivo con los manifestantes. He tenido ocasión de ver actuar a ambos en ámbitos internacionales y es patente la rigidez extrema de Erdogan y la mayor flexibilidad y accesibilidad de Gül. El principal partido de la oposición, fundado precisamente por Atatürk, está casi desmantelado y parece incapaz de hacer el necesario contrapunto. Podría pensarse que ese pluralismo, sin el que no existe la democracia, empiece a generarse en el seno del propio AKP.

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