David Ortega Gutiérrez | Martes 11 de junio de 2013
La guerra civil española tuvo muchos efectos perversos y demoledores, como cualquier guerra, y máxime si es civil, esto es, entre personas de una misma nación. Los dos bandos litigantes se atrincheran ideológicamente en sus posturas, y generación tras generación se van transmitiendo las vivencias en la guerra de los antecesores, viendo solo la maldad del contrincante y la bondad de los postulados de nuestro bando. Lo que debiera ser el nosotros como nación se divide excluyentemente entre los nuestros y los otros. Es verdad que con el paso de los años la radicalidad de las posturas se va suavizando, y la comprensión del otro y el reconocimiento de los propios errores, avanza frente a posturas más intransigentes.
Particularmente siempre he defendido la existencia de una Tercera España fruto de la reconciliación, de tender puentes, de buscar puntos de encuentro y de autocrítica constructiva y evolutiva de las dos Españas. Sin embargo, curiosamente, en estos últimos años comienzo a percibir que en nuestra querida España está renaciendo un concepto decimonónico de las dos Españas, distinto y diferente al ideológico de la España de izquierdas y de derechas. Me explico.
Estoy releyendo el número 60 de la Revista de Occidente de mayo de 1986, que hace un merecido homenaje a don Manuel García Morente. Me encuentro un interesante artículo de Vicente Cacho Viu -que tiene un magnífico libro sobre la Institución Libre de Enseñanza- titulado “La imagen de las dos Españas”. En él se nos explica cómo la dicotomía de los dos bloques no es privativa de España y que, en el siglo XIX, ocurrió algo similar con las dos Francias, las dos Alemanias, las dos Inglaterras o las dos Italias. El propio Ortega y Gasset a su regreso de Alemania publica un artículo así titulado “Las dos Alemanias”.
En el caso de España, la dualidad nacional que se vive en el siglo XIX no es ideológica, de izquierda frente a derecha, si no institucional, esto es, de la España oficial frente a la España real. O dicho de otra forma, de dos Españas alejadas, una que es el pueblo español, que trabaja, que quiere sacar adelante su nación, que busca abrirse camino ante la modernidad. Y la otra España oficial, institucional, que no evoluciona y progresa, que ahoga y no deja nacer y desarrollarse a la España real. La España real busca la regeneración, la modernización. Según Unamuno mirando más a Europa, para Ganivet nos tenemos que ensimismar más. Joaquín Costa buscará la regeneración a través de los intelectuales y el pueblo agrícola, más centrada en la figura de un líder y en una reforma de arriba abajo. Para Giner de los Ríos la reforma debe ser de abajo a arriba, más que un líder necesitamos un pueblo, discutían ambos pensadores.
Nicolás Salmerón, Ruiz Zorrilla y su republicanismo reformista pretendían que la España contribuyente y trabajadora se abriera paso frente a la España oficial y política que la oprime y explota. Se piensa sobre la decadencia española, se busca reaccionar ante el derrumbamiento y que la España real aflore frente a la España oficial, recuperando la vitalidad nacional del proyecto de España.
Al igual que hace un par de años nació en la Puerta del Sol madrileña el movimiento del 15M, que desconfía de las Instituciones y su capacidad de representación democrática real, parte de aquella España real de finales del siglo XIX también desconfiaba de la Institución parlamentaria. Nos dice Cacho Viu en su artículo: “La corriente relativamente amplia, que niega al parlamentarismo toda virtud regeneradora, será la que airee la exigencia de esa segunda España apenas se haya producido el desastre del 98. ´El clamor unánime, en Italia como en los demás países latinos, de la masa honrada del país contra las pandillas de los políticos de profesión´, como escribirá entonces Prat, es lo que prueba la inocencia de la España de base”. Realmente a la luz de los últimos acontecimientos vividos en estos años en España estas palabras cobran una sorprendente actualidad. No debemos olvidar el esfuerzo público y político de Ortega por impulsar esa Segunda España, básicamente nacida de la mano de la juventud, en contraposición del intelectualismo que Costa buscaba en personas de más edad.
Así, respecto del nacimiento de esa Segunda España, que Ortega y ya el propio Giner basaban en el progreso de la libertad, nos dice don Jose en sus Meditaciones del Quijote: “Habiendo negado una España, nos encontramos en el paso honroso de hallar otra”. Machado también nos habla “de aquella España que pasó y no ha sido, esa que hoy tiene la cabeza cana”. En fin, Azorín ve “una nación pujante frente a un Estado caduco y corrompido”.
Concluyo, siempre es bueno recordar el pasado para aprender de él. Sí encuentro similitudes entre ese distanciamiento de la España oficial y la España real y lo que hoy vivimos en nuestra España. También, cómo no, existen profundas diferencias. No tengo dudas que la reforma debe ser desde dentro de las Instituciones, no únicamente desde fuera. Es válido, por lo tanto el esquema de una España oficial demasiado alejada de la España real, al igual que la dicotomía izquierda-derecha se presenta como un planteamiento no válido, para interpretar y afrontar los principales problemas que hoy tiene España.
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