Miércoles 12 de junio de 2013
Hace poco se publicó la noticia. Paul Miller, un joven periodista norteamericano, decidió pasar un año sin internet y escribir sobre la experiencia. Las razones que le llevaron a ello fueron sobre todo sentir que perdía demasiado tiempo y que su vida se dispersaba en las pantallas. El vértigo y la crítica inevitable a la vida digital. Sin embargo, cuando comenzó a relatar su experiencia, una de las cosas que le llamó la atención fue que, sin internet, no aprovechaba más el tiempo. No se lanzaba a los libros, esos amigos del hombre sin patas ni cola, ni se encerraba a escribir su obra maestra. Simplemente, veía más series de televisión o “perdía” más el tiempo con la prensa escrita, sus sudokus y crucigramas. Al cabo de un año, comprobó que no era ni más ni menos listo, ni mejor ni peor, ni había aprovechado más o menos el tiempo. Lo único que había ocurrido era que se había quedado “más solo que la una”, en términos de algún titular.
También hace poco, Umberto Eco estuvo en España recogiendo un premio. Eco, con esa pachorra boloñesa que mezcla inteligencia, ironía y esa sabiduría del bien-vender las ideas tan transalpina, dijo cosas interesantes sobre internet. En su opinión, internet es una herramienta clasista. Para los que tienen los recursos intelectuales, la clase ilustrada, internet es un pozo de referencias, conocimiento y oportunidades. Para los no ilustrados, internet está lleno de trampas y reclamos. En su opinión, internet podría valer para resolver la soledad de mucha gente, aunque en realidad les sirva para lo contrario. Su discurso se parece bastante al que David Foster Wallace tenía sobre la sociedad más actual: las soluciones que los medios de comunicación ofrecen a los problemas del hombre medio son los barrotes de su propia jaula. El caso es que, toda esa gente que camina por la ciudad con los ojos fijos en una pantallita y que tanto irritan a Javier Marías, lo que quizá vayan buscando sea una solución a su soledad. Tan poético como eso. Para no estar solo, mire su pizarrita mágica. Escúchela. Háblele.
Históricamente no son muchas las soluciones que se han dado al problema de la soledad. La principal, por obvia, es la compañía. Al niño, le ponemos un muñeco más o menos antropomórfico (aunque sea un pato verde o un elefante azul) en su cuna, una luz de noche que le acompañe en el sueño, una nana que lo acune. Los emperadores del Japón antiguo se enterraban con sus criados más cercanos y sus animales queridos vivos para que los acompañaran en el solitario viaje al más allá. Las iglesias se llenaban de imágenes que acompañaran al fiel. Los nobles renacentistas se retrataban con sus perros o sus armiños, y los poetas decimonónicos buscaban ánimas y frankensteins en las ruinas que frecuentaban de noche como solución ante la soledad del alma que introducía el nuevo mundo industrial. El gran dilema del Cristo de la cruz es preguntarse por qué su padre lo ha abandonado. Esa compañía es la de internet. El usuario de facebook o el autor de un blog se pregunta hoy cuando ve que sus peticiones de amistad o sus lectores descienden: “¿Por qué me habéis abandonado?”
La otra solución al problema de la soledad ha sido abrazarla, es decir, eliminarla como problema. Desde siempre ha habido una corriente de pensamiento y sensibilidad que ha visto en la soledad algo positivo, la forma de encontrar la respuesta a un misterio: al misterio del conocimiento de uno mismo, de los otros, o del mundo, que todo es uno. Estos han sido los ascetas, los místicos, los eremitas, los yoguis, los monjes del retiro del silencio, los anacoretas. Gente que en forma más o menos extraña –Simón el estilita de Buñuel, subido a una columna--, o de forma más “posh”, más pija en nuestros términos actuales, Paul Thoreau en su cabaña a orillas del Walden durante dos años, dos meses y dos días. O Kamo no Chomei en sus chozas cada vez más pequeñas de las colinas de Kioto, hasta llegar a la última poco más grande que su envergadura. Casa-cofre, casa-ataúd, casa-proyectil al más allá.
Los eremitas de hoy, sin embargo, no son gente que vivan en cabañas, son gente sin internet. La aventura ya no está en irse a una cabaña entre los bosques, entre otras cosas porque ya no hay bosques. Hay parques naturales rodeados por autovías, trenes de alta velocidad y rotondas con salidas a grandes superficies. Si acaso, en los bosques hay hoteles con encanto y patrullas de grupos motorizados de guardias civiles, apagafuegos, ecologistas uniformados y senderistas vestidos de informáticos de Sillicon Valley en visita dominguera al Yosemitee National Park. Todo esto ha sustituido exitosamente a los osos, de la misma forma que los fregaderos de diseño levantino han sustituido las pilas de mármol rugoso de las cocinas ibéricas de un antaño cercano. En este estado de cosas, ¿adónde se van los anacoretas de la contemporaneidad? ¿A qué columna se suben, en qué bosque se esconden, dónde construyen su cabaña?
Hoy hay tres tipos de ciudadanos: los que tienen una pantallita mágica a la que están pegados (pronto serán gafas); los que aspiran a tenerla; y los que renuncian a ello. Estos son los anacoretas digitales. Viajan a nuestro lado en el metro, sin twitts jocosos, sin amigos de Facebook, sin Linkedin, sin whatsapp ni dirección de email, aparte de alguna quizá olvidada. No se les distingue demasiado. Tienen brazos, piernas, cabeza con adminículos sensoriales… De vez en cuando llevan un libro. En términos blogueros y periodísticos, están más solos que la una. Pero, de nuevo, es posible que la soledad sea en efecto una cámara de tesoros. Quizá no nos haga más productivos, ni nos haga más listos, pero nos dé algo, una forma de revelación sutil e inefable. Quizá la soledad de ese nuevo aislamiento digital sea la columna de los nuevos simones que tanto atrajeron a Buñuel.