crítica de cine
Domingo 16 de junio de 2013
El conocido director británico estrena en España su último trabajo, un thriller con el que vuelve a la gran pantalla después de haber dirigido las ceremonias de inauguración y clausura de los Juegos Olímpicos de Londres.
Boyle, que se declara un enamorado incondicional de la capital británica, ha escogido sus calles para la acción de este thriller de corte psicológico, del que recomienda al espectador que vaya a ver sin demasiada información anterior. Su intención, ha declarado, es intentar hipnotizar a quien se siente en la butaca del cine del mismo modo que, en la pantalla, el protagonista, Simon, a quien interpreta el siempre correcto James McAvoy, va a someterse a varias sesiones de hipnosis. La encargada de llevarlas a cabo es una guapísima psicoterapeuta, Elisabeth, (Rosario Dawson) y el objetivo de esas sesiones, muy concreto: Simon tiene que recordar como sea dónde escondió el cuadro de Goya, “Brujas en el aire”, que él mismo ayudó a robar de la casa de subastas en la que trabaja. Quien le encargó el golpe, un elegante mafioso en cuya piel se mete el veterano Vincent Cassel, no se cree, al principio, que Simon sufra amnesia, según han diagnosticado en el hospital, a consecuencia de un brutal golpe en la cabeza que sufrió durante el atraco. Así que, antes de nada, el tipo encarga a sus compinches que hagan todo lo necesario para que el elegante subastador confiese dónde escondió la obra de arte y sólo una vez que comprueba que ninguna de las habituales torturas logra su objetivo, decide optar por un método menos convencional: la hipnosis.
La cinta juega así con aspectos psicológicos, esos miedos profundos que todos tenemos escondidos bien dentro, pero el realizador de Manchester combina las sesiones de trance del protagonista – y también de los delincuentes– con secuencias de acción, repletas de violencia y de sangre, muy a lo Tarantino. No contento con esto, es decir, mezclar trance con acción, Boyle construye el inevitable triángulo amoroso entre la chica y los dos machos alfa del guión, con la aparente intriga de no saber por cuál de los dos se siente atraída realmente la guapa terapeuta, que se dedica a jugar con la mente de ambos, aunque lo cierto es que la suya tampoco está para muchos juegos. En este punto es donde Boyle pretende sorprender con un gran giro en la historia, pero lo que de verdad sorprende es que un director de su talla no repare en que con tanto “aviso” de que allí detrás se esconde algo, el espectador esté ya más que esperándolo. Y, claro, esto es lo peor que le puede ocurrir a un thriller: que no sorprenda, después de llevar más de media película amenazando con que lo va a hacer.
Tampoco ayudan los episodios oníricos con los que Boyle, quizás, pretende retratar a los personajes, porque con las sesiones de hipnosis nos habíamos hecho ya una idea y está claro que, únicamente, parecen cumplir con la función de llenar minutos de metraje. Así, las preguntas que aún tiene el espectador al final de la cinta –afortunadamente, alguna hay– resulta que, en vez de con imágenes, escenas o diálogos, se resuelven con tres simples frases de la atractiva terapeuta, a quien no le queda más remedio que ponerse a dar explicaciones para aclarar, en la medida de lo posible, lo que la hipnosis –o mejor dicho, el guión– en vez de ir desenredando, ha acabado por embrollar al máximo. Aún peor, cuando lo explica, uno entiende, por fin, que el desafortunado desperdicio de la cinta podría haberse evitado quitando tanta paja para ir al grano desde el principio. Eso sí que da rabia.
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