Opinión

Logografía catalanista

Demetrio Castro | Domingo 16 de junio de 2013
Es objeto de discusión si la Historia es exactamente una ciencia. Desde luego no podrá serlo según el paradigma epistemológico nomotético, el centrado en el método experimental que presenta sus conclusiones en forma de ley cuyo cumplimiento es constante dada unas mismas condiciones. Pero es al menos un saber complejo construido según reglas metodológicas estrictas para allegar e interpretar la información de que se vale a fin de comprender la acción humana en el pasado. En una evolución milenaria, los historiadores han depurado sus recursos guiados por un ideal de conocimiento esencialmente racionalista de la exactitud de los hechos, y por ello de refutación del error y el engaño. No siempre ha sido así; por ejemplo en la segunda mitad del siglo XX, inspirados por enfoques deconstructivistas y postmodernos muchos historiadores abandonaron ese planteamiento por otro en el que no hay realidad ni hechos. Pero, sobre todo, tampoco fue así al principio.

La Historia es un producto más del legado intelectual helénico. Empezando por el nombre mismo: un derivado del verbo “ístoréo”, entre cuyos sentidos estaba “conocer”, “referir”, “averiguar”, es decir algo así como llegar al fondo y dar cuenta de ello con exactitud. Aplicarse a ello es lo que hizo de Herodoto o de Tucídides historiadores, y distintos de quienes antes se ocupaban de algo parecido pero sin nada que ver con la historia como indagación racional, los logógrafos. La logografía se centraba en las leyendas sobre los orígenes de estirpes y ciudades, normalmente con ánimo laudatorio y obsequioso, sin alcanzar a discernir críticamente los relatos míticos de los posibles hechos verificables; cultivaba la fantasía y no la exactitud, la patraña y no la verdad. Y era acusadamente localista. Sirvió, así, a la consolidación y difusión de fábulas y quimeras más que al conocimiento histórico, algo inevitable en el siglo VI antes de Cristo pero inmoral y ridículo en los tiempos que corren.

En la cruzada goebbelsiana en la que anda embarcado el separatismo catalanista, junto al del supuesto expolio económico-fiscal el gran frente es el historiográfico. Lleva abierto muchos años en los que se han prodigado milenarios trucados y Museos de Historia que con técnicas de barraca de feria presentan como realidades históricas fantasías arbitrarias, naturalmente todo con cargo al contribuyente. No es que el nacionalismo etnicísta cultive ninguna fijación gratuita por la historia, es que así se lo exigen el irracionalismo filosófico y el reaccionarismo político en que hunde sus raíces intelectuales. La fuente por la que brota la idea de que existen imperativos telúricos e intemporales anteriores y superiores a los derechos individuales. Y de ahí ese afán de legitimar sus pretensiones y sus desvaríos con derechos históricos que hay que urdir manipulando, tergiversando y ocultando realidades que la mirada objetiva nunca percibe como el nacionalismo etnicista quiere. Ahora, en la ofensiva de estos últimos tiempos, se está subiendo un peldaño más en esa escalada de hacer pasar mitos por historia con el anuncio de una especie de congreso con el título “España contra Cataluña, 1714-2014” y cuyo objeto dicen los organizadores es profundizar en “las condiciones de opresión nacional que ha padecido el pueblo de Cataluña”.

Es difícil decir qué llega a más altas cotas de despropósito en todo esto, pura logografía, porque quienes lo promueven saben de sobra qué fue realmente la guerra de Sucesión y cuál el significado de los decretos de Nueva Planta, o sea nada que ver con la leyenda sobre guerras de conquista que la mitología nacionalista propala auxiliándose del fanatismo o el apesabramiento más ramplón. (Por cierto, con el tiempo “logógrafo” acabó significando “el que compone por encargo”). Despropósito, porque se parte de un absurdo conceptual, casi ontológico: España no puede haber hecho ni haber dejado de hacer nada contra Cataluña, porque no son dos realidades no ya opuestas sino tampoco diferentes. España, como comunidad nacional y como sujeto político lo ha sido siempre con Cataluña como una de las realidades que le dan existencia y si alguien ha hecho algo contra Cataluña no será España que lo haría contra sí misma, al tiempo que, siendo España, Cataluña habría a su vez hecho algo contra sí misma. Un galimatías propio de logógrafos más dados a divagar en la fábula que a conocer los imperativos del principio de no contradicción en su formulación como principio de identidad en la “Metafísica” de Aristóteles. Despropósito, en fin por parte de una administración que despilfarra en promover rencores e inventar agravios, en enemistar y hostilizar. Ojalá haya suerte y no resulten aprendices de brujo tan irresponsables como parecen. Despropósito, en fin, en esta nueva demostración de cómo la sinrazón etnicista empobrece culturalmente; ahora suplantando la historia con mitología.

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