Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 17 de junio de 2013
La actitud y las dudas de los Estados Unidos respecto de la guerra civil siria muestran que la gran nación americana no ha superado todavía el síndrome del 11 de septiembre de 2001, tras los brutales atentados contra la Torres Gemelas y el Pentágono, y las consecuencias político-militares de aquella conmoción, es decir la larga intervención en Afganistán y la guerra de Irak. Fue el Presidente Clinton, o quizás su secretaria de Estado, Madeleine Albright, quien definió a los Estados Unidos como “la nación indispensable”, en el sentido, que aclaró el primero, de que “hay situaciones en las que América y solo América puede hacer la diferencia entre la guerra y la paz”.
Todo aquello ha dejado una huella perenne, al menos por el momento, en la psicología colectiva norteamericana y no puede extrañar que un veterano columnista de The New York Times, John Vinocour, haya denominado a los Estados Unidos “la nación ambivalente” y que haya criticado la larga indecisión americana, que dura ya dos años, mientras se producían entre 85.000 y casi 100.000 muertos.
Aquel ya lejano 11 de septiembre supuso para los Estados Unidos la pérdida de una invulnerabilidad, que parecía garantizada, además de por su indiscutible poderío, por su situación entre el Atlántico y el Pacífico. Además, las secuelas de la guerra de Irak, donde la violencia sectaria vuelve a ser cotidiana, y las incógnitas acerca de qué ocurrirá en Afganistán cuando se retiren los americanos y sus aliados -que han hecho allí enormes esfuerzos, pero que se marchan sin saber si los islamistas ocuparán el hueco dejado por la ISAF- han asestado un duro golpe a la confianza en sí mismos y a esa “indispensabilidad” que durante todo el siglo XX parecía un dato que no admitía discusión.
Obama parece ahora decidido a intervenir en el avispero sirio, de una manera más o menos matizada, y se afirma que va a dedicarse a buscar apoyos para esa idea en la sesión del G-8 que se celebra en Belfast, en Irlanda del Norte. El pretexto oficial sería que el presidente sirio, Asad, ha cruzado la “línea roja” al utilizar armas químicas, en concreto el mortífero gas sarín, que según diferentes fuentes, ha causado ya entre 150 y 200 muertes entre los rebeldes contra su régimen.
Pero persisten muchas dudas al respecto. En primer lugar, muchos se preguntan si esas armas no serán como las que supuestamente tenía Sadam Husein y que nunca aparecieron. Muchos creímos que sí existían, porque constaba que Husein las había utilizado y no se sabía que las hubiera destruido. Pero es inevitable que ahora se susciten las dudas y que se advierta un cierto paralelismo de las situaciones. ¿Es todo eso justificación suficiente para armar a unos rebeldes que, al final, no se sabe muy bien quiénes son?
En segundo lugar, se preguntan otros, o los mismos, si la decisión americana no estará causada por el giro de las operaciones militares a favor de Asad. Después de la toma de la estratégica ciudad de Qusayr por las fuerzas gubernamentales se teme un colapso del heterogéneo Ejército Sirio Libre. En tercer lugar, se sabe muy bien que en este ejército anti-Asad no todo es lo que llamaríamos “trigo limpio”. Ya es patente que hay fuertes contingentes de yihadistas, más o menos conectados con Al Qaida y, en todo caso, de tendencia sunní. Nuevamente ha jugado el recuerdo histórico: Las armas que a finales de los ochenta del pasado siglo entregaron los Estados Unidos a los muyahidines afganos que luchaban contra la URSS, acabaron en buena medida en manos de los talibanes que después las emplearon contra los propios norteamericanos, incluidos los temibles misiles “stinger”, capaces de derribar un aeronave que no vuele a demasiada altura.
Los yihadistas sunníes han ido a Siria a luchar contra un régimen que cuenta con el apoyo de los centros de mando de los shiíes: El Irán de los ayatolahs –que va estrenar, por cierto, presidente- y la poderosa secta libanesa de Hizbuláh, dirigida por Nasrullah. Además, desde luego, de Rusia que ha venido armando a Asad y que ha bloqueado en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, junto con China, todos los intentos de parar el conflicto.
La relación de fuerzas entre Asad y los rebeldes contra su régimen juega, sin duda, a favor del todavía presidente sirio, si otros factores no entran en juego. Se calcula que el ejército de Asad –que ha perdido un tercio de sus componentes por bajas y deserciones- cuenta todavía con unos efectivos entre 100.000 y 150.000, a los que habría que sumar las milicias irregulares (formadas por iraníes y partidarios de Hizbuláh) que podrían totalizar unos 50.000 o 60.000 combatientes. Todos ellos bien armados, gracias a los suministros rusos e iraníes. Irak, controlada por los shiíes, también ayuda a Asad permitiendo el uso de su espacio aéreo para los suministros procedentes de Irán.
Por el contrario, los rebeldes no llegarían mucho más allá de los 20.000 o 30.000 efectivos, aunque algunos dicen que podrían llegar a los 100.000. Ahí estarían incluidos los yihadistas sunníes procedentes de Libia, Túnez y Arabia Saudí, que cuentan con la ayuda de este último país y de Qatar, más la ayuda indirecta de Turquía (aunque Erdogan está ahora sumido en sus propias preocupaciones) y la ahora probable de Estados Unidos que querría armar a los rebeldes con material acorazado y municiones y, si fuera posible, lograr una zona de exclusión aérea al norte de Siria. Algo poco probable, no solo por la lógica oposición de Asad sino por la de su protector, Rusia.
Si este panorama no cambia rápidamente en los próximos días puede producirse, antes que después, una derrota militar de los rebeldes y una victoria diplomática de Rusia, pero también de Irán. Será entonces mucho más difícil parar las pretensiones nucleares de este país y las proyectadas negociaciones de Ginebra –que no tienen todavía fecha exacta, pues se han fijado “para el verano”- podrían saldarse, como muchos temen, con un mero cambio de fachada en Damasco, quizás con la salida de Asad pero manteniendo el control su partido, el Baath. Y todo seguiría igual en Siria pero mucho peor en toda la zona.
La Unión Europea, como tal, parece, una vez más, poco influyente. La mayor parte de sus miembros estiman que armar a los rebeldes solo serviría para hacer aún más cruento el conflicto. Piensan que lo mejor sería negociar, pero parece ya muy tarde porque, en todo caso, Asad-Rusia irían a la mesa en mejor situación que los rebeldes y sus supuestos amigos occidentales. Estos últimos han pensado que como en Egipto, Túnez, Libia o Yemen la salida del presidente-dictador era inevitable. Pero es un simplismo aplicar los precedentes en el ámbito de la política internacional y, desde luego, Siria tenía, desde que empezó el conflicto, suficientes características propias como para dudárselo mucho antes de aplicarle el supuesto modelo general de las primaveras árabes, que tantos desencantos han producido a quienes soñaban con un luminoso amanecer de libertad y democracia en esa amplia zona que los expertos llaman MENA (Middle Est and North Africa).
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