Protestas en Turquía
Laura Crespo | Martes 18 de junio de 2013
A pesar de las advertencias del primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, y de la extrema contundencia de las respuesta policial, la plaza Taksim, centro simbólico de las protesta turcas, sigue llenándose de manifestantes que quieren ser escuchados. El Imparcial ha charlado con una de las asiduas de la plaza, que sufrió el desalojo con gases lacrimógenos y chorros de agua a presión.
Según sus últimas declaraciones a la prensa, el presidente turco Abdullah Gül está preocupado por el daño que, a su juicio, está sufriendo la buena imagen de su país, labrada con trabajo durante más de una década. Turquía, en pleno proceso de adhesión a la Unión Europea, está siendo sacudida por una oleada de protestas sociales que, ya es inevitable negarlo, preocupa a los dirigentes, quienes recurren como remedio a aquello de ‘muerto el perro se acabó la rabia’. El problema surge cuando el difunto perro no era el verdadero portador de la enfermedad.
"Era importante escuchar las objeciones sobre el proyecto para el parque. Era muy importante iniciar el diálogo. Ha habido reuniones y se ha escuchado a los manifestantes. El proyecto planeado está suspendido. Está claro que se ha atendido a los mensajes", ha dicho este martes Gül.
Sin embargo, lo que empezó siendo una protesta concreta, de carácter medioambiental, contra la construcción de un complejo comercial en el lugar donde ahora hay cerca de un centenar de árboles, ha derivado en la expresión de un malestar social más profundo. Los manifestantes dicen sufrir violaciones de las libertades fundamentales y perciben en la brutal represión policial de las concentraciones una radicalización del régimen que controla el primer ministro turco Recep Tayyip Erdogan.
El Imparcial ha charlado con una de las activistas turcas que está siguiendo las concentraciones y sufriendo brutalidad policial y lo que asegura son "mentiras" del gobierno de Erdogan. Prefiere no publicar su nombre -"este Gobierno se está volviendo loco", dice-, pero sí que nació en la localidad turca de Gemlik hace ahora 26 años y que representa a esa nueva generación de jóvenes educados, con una elevada formación, usuarios activos de las nuevas tecnologías y las redes sociales, de la que tanto se habló durante los meses más crudos de la Primavera Árabe y que ahora reclama su sitio también en Turquía. La joven, que ahora vive en Estambul y trabaja como ‘brand manager’ en una agencia de publicidad, se ha pasado las dos últimas semanas moviéndose entre su lugar de trabajo, su casa y la plaza Taksim, centro simbólico de las demandas de los ‘indignados’ turcos.
Aunque el AKP, el partido gobernante en Turquía, ha proyectado una imagen secular al exterior, moderna y 'occidental', al parecer no discordante con la tendencia islamodemócrata de la organización, la publicista asegura en declaraciones a este periódico que el Gobierno de Erdogan actúa de forma “fascista e islámica”.
“En los últimos meses, el Gobierno se ha propuesto sacar adelante una serie de leyes restrictivas como la prohibición del aborto –legal en el país desde 1983 hasta las diez semanas de gestación- o limitaciones extremas al consumo de alcohol”, explica la activista turca a El Imparcial. “Nuestro primer ministro Erdogan es una especie de dictador y nosotros, casi el 70% de la población que es educada, intelectual y trabajadora, estamos luchando contra él”, asegura.
La noche del gas
Fue el pasado sábado de madrugada cuando la alarma saltaba en los periódicos occidentales: la policía turca, después de dos semanas de represión hasta vaciar la plaza Taksim, usaba gas pimienta contra los manifestantes, abriéndose el debate sobre las posibles consecuencias de la exposición a sustancias lacrimógenas. Según la joven, que sufrió el desalojo de la simbólica plaza, los gases se utilizaron desde el primer día de las protestas.
La publicista, que incide en el carácter pacífico de las concentraciones, quiere resaltar que “nunca antes” había tenido problemas con la policía. “Ni yo ni la mayoría de las personas que nos encontrábamos en Taksim el sábado nos habíamos visto nunca antes obligados a correr delante de la policía. Somos trabajadores de oficina, no sabíamos ni cómo protestar… hasta ahora”, cuenta.
La activista asegura que cuando arrancaron las cargas policiales, ella y sus acompañantes estaban “tocando el piano, pintando o leyendo”, volviendo a la idea de que las protestas turcas están cargadas de “pacifismo y creatividad”.
“Estaba en la colina Maçka, cercana a la plaza Taksim, junto a otros 500 manifestantes aproximadamente. La policía se situó al pie de la colina y empezó a lanzar gases lacrimógenos hacia nosotros. Había una obra detrás de nosotros, así que hicimos una hilera y empezamos a pasarnos ladrillos unos a otros para levantar una barricada, mientras la policía seguía lanzando el gas”, relata la joven.
“Era la primera vez en mi vida que me exponía a ese tipo de gases. No podía abrir los ojos ni respirar”, recuerda. Con unas gafas de buceo que le prestó su pareja y un poco de vinagre en improvisadas máscaras, los efectos del gas se mitigaban, señala la publicista.
La joven turca asegura que otros ciudadanos ayudaron a los manifestantes, les “abrieron las puertas de sus casas” y transportaron en sus coches a algunos heridos al hospital. Además, Aksu apunta cómo a los ataques con gases se sumaron chorros de agua a presión desde los vehículos policiales que los manifestantes turcos llaman “tomas”.
Aksu confiesa que el mayor temor de muchos de los manifestantes no es tanto hacia la brutalidad policial durante las protestas, sino a las detenciones arbitrarias. “La policía detiene a personas sin motivo, a veces incluso las golpea, pero los abusos rara vez pueden demostrarse porque es tu palabra contra la de la autoridad”, denuncia.
Mítines “pagados”
Mientras las cargas policiales se suceden en las zonas más céntricas y comerciales de Estambul, Erdogan se da baños de masas que le sirven para tapar las grietas de su mandato. La activista consultada por este periódico denuncia que las llamadas del primer ministro a sus mítines se dirigen al sector menos educado de la población, a quienes incluso se ha llegado a pagar 50 liras turcas (algo menos de veinte euros) a cambio de “hacer bulto” en las apariciones públicas del líder del AKP. “El Gobierno al completo está mintiendo a la gente más pobre y sin educación para que crean en ellos”, asegura la joven, quien asegura que las fotos de los mítines de Erdogan se tratan con Photoshop para aumentar la sensación de multitud.
“No podía haber más mentiras en el discurso de Erdogan”, valora la publicista, quien destaca que el mandatario tachó de “terroristas” a los manifestantes y de “mentirosos” a los medios internacionales.
El control del primer ministro turco se ha extendido a los medios de comunicación, según la joven publicista, quien asegura que tanto ella como su círculo más cercano y el resto de manifestantes se informan a través de Internet en medios internacionales como la británica BBC o la CNN internacional. “Nuestro gobierno no deja a los medios que publiquen la protesta. Sólo dos cadenas locales están dando información sobre las concentraciones. Es una vergüenza”, condena la activista.
De hecho, según publica este martes la versión electrónica del diario Hurriyet, el Ministerio de Justicia turco está trabajando en un proyecto de ley sobre crímenes cometidos en Internet, que incluiría una limitación del uso de las redes sociales. La versión oficial es que algunos mensajes en Facebook y Twitter “provocan” a la ciudadanía “con manipulaciones y noticias falsas”. Por debajo, surge la duda de si la universalidad de la información sobre las protestas turcas en las redes tiene algo que ver con esta nueva intención gubernamental.
En cuanto al futuro, la joven turca es cauta. "Definitivamente, algo tiene que cambiar, pero, sinceramente, no creo que Erdogan deje su silla".
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