Antonio Hualde | Jueves 20 de junio de 2013
Con el verano a la vuelta de la esquina, muchos hacen ya planes de viaje. Aún así, no todos van de vacaciones. Cada vez son más los que aprovechas estas fechas para vivir una experiencia solidaria y echar una mano allí donde hace falta. Con todo, hay más razones para viajar. Es el caso de una mujer absolutamente excepcional que a mediados del siglo XVIII decidió recorrer la Amazonía en busca de su marido. Acabó encontrándolo, pero tras casi 20 años de una aventura de la que muy pocos habrían salido indemnes. Su nombre, Isabel de Godin.
Todo empezó en 1739. En esa fecha llegaba a la Real Audiencia de Quito un joven naturalista francés, Jean Godin des Odonais. Allí impartiría clases de astronomía y ciencias naturales, e iniciaría una brillante carrera explorando la selva amazónica de lo que hoy es Perú y Ecuador. Pero además, conoció a una joven criolla, Isabel, hija del administrador de la colonia española de Riobamba. De inmediato surgió una gran atracción entre ambos y, rara avis para la época, se casaron más por amor que por conveniencia.
Los primeros años no fueron fáciles. Jean Godin formaba parte, junto a Charles Marie de la Condamine y Pierre Bouguer, de la Expedición Geodésica francesa. Los resultados de dicha Expedición tuvieron una gran trascendencia. Lograron demostrar con sus mediciones del Ecuador la tesis de Newton según la cual la Tierra es achatada por los polos, además de descubrir el caucho, la quinina y el mecanismo de acción del curare -uno de los venenos más potentes-. Pero a nivel personal las cosas iban peor. A la difícil situación económica del matrimonio se unía la precoz mortalidad de sus hijos por las enfermedades tropicales. De ahí que cuando en 1749 Jean Godin hubiera de partir a la Guayana francesa para arreglar los papeles de la herencia paterna no le acompañase Isabel, embarazada de nuevo. Dio a luz una niña que, desgraciadamente, moriría con apenas 18 años. Su padre no la llegó a conocer, pues probelmas burocráticos le impedían retornar a Riobamba.
Ese fue el detonante para que Isabel se decidera a ir en busca de su marido. En 1768, pues, se adentró en la selva amazónica con otras 40 personas, entre ellas su padre y su hermano. Sólo sobreviviría ella. La peste y la viruela que asolaban la comarca hicieron que las misiones jesuitas en las que confiaban ir parando estuviesen vacías. Además, las lluvias torrenciales provocaron que las balsas en las que navegaban se hundieran una tras otra. A los supervivientes no les quedó otra que adentrarse en la selva.
Las picaduras, el hambre y la sed diezmaron el grupo, hasta que sólo quedó Isabel. Con un tesón fuera de lo común, fabricó unas sandalias con los restos del calzado de su hermano fallecido -ella llevaba meses descalza- y, en un último esfuerzo, empezó a andar entre la maleza hasta caer rendida. Unos indígenas la encontraron casi moribunda. En su poblado lograría recuperarse lo justo como para seguir la dirección correcta, que la condujo por fin a reencontrarse con su marido, en 1770. Habían pasado más de 20 años desde la última vez que se vieran. Desde entonces, todo el empeño de Jean fue cuidar de su mujer. Se trasladaron a Francia donde, pese a las atenciones recibidas, Isabel no volvió a ser la misma. Hasta su muerte, acaecida en 1779, siguió siendo la misma persona afable y cordial, aunque más reservada. Y en noches de lluvia, solía abrir un pequeño arcón donde guardaba los restos de aquellas sandalias que la sacaron de la selva.
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