Opinión

Zapatero: ¿Bueno o buenista?

Enrique Arnaldo | Jueves 20 de junio de 2013
En su círculo íntimo comentó Rodríguez Zapatero, tras cesar, que estaba convencido de que iba a ser mejor ex-Presidente que Presidente había sido. Y casi con toda seguridad que no le falta razón.

Se retiró discretamente a sus aposentos, pero no al chalé de las afueras de León que había ido construyendo con esmero sino al chalé de tres plantas, y con cipreses, situado junto al hipódromo de Madrid, una zona tranquila y segura gracias a la cercanía del CNI.

Tomó posesión de su cargo de Consejero de Estado, órgano en el que también ha optado por la discreción pues, según dicen, sólo ha pedido la palabra en un par de ocasiones, y ha hecho un uso mesurado y ponderado de la misma, eso sí sin hablar de Derecho.

En su fuero interno espera que la gente se olvide pronto de sus aventuras y despilfarros y quiere creer que el tiempo le dará la razón aunque sea a pie de página y salve, al menos, alguna de sus decisiones.

Ha roto, el bueno de Zapatero, su silencio hace unos días, en un seminario de UIMP sobre la crisis institucional española, en el que con su natural bambismo se atrevió a sentarse.

Recuperó su estilo de afirmación vehemente de lo obvio y aseguró que la reforma constitucional exige una mayoría muy amplia, es decir, el consenso de los dos grandes partidos, “y no es fácil”. Nadie se había dado cuenta, apostilló un listillo que le escuchó.

Sobre la necesidad de la reforma constitucional manifestó Zapatero que “no es la gran urgencia” de España aunque el PSOE (¿o era el PSC?) la defiende para avanzar en un modelo federal cómodo para Cataluña. Levantó la mano otro listillo y preguntó si no había sido él quien había intentado poner en marcha en el 2004 una reforma parcial de la Constitución y otro se sumó al coro y le espetó si el Estatuto de Cataluña que promovió no había sido de hecho una reforma tácita de la Carta Magna.

Cuando levantó el ex-Presidente más entusiasmo entre el público fue cuando dijo que el paro “es lo que más ha golpeado y lo más dramático en estos momentos”, y que éste debe ser “el gran debate” (¿se referirá al de Mercedes Milá?). Un aparente despistado le respondió que estaba admirado por su capacidad para identificar problemas, como si fueran de otro, como si no tuviera ninguna responsabilidad. Y pidió un aplauso entusiasta.

Luego habló de sus compañeros del PSOE, en los que tiene una enorme confianza, igual que en la dirección y en Alfredo, aunque reconoció que “la tarea no es fácil”. Un militante (así se identificó) le dijo que había dejado el partido como un secarral y que iba a costar levantarlo un par de legislaturas, y que más le hubiera valido… (resto irrepetible).

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