Opinión

Guantanamera tributaria

José Antonio Ruiz | Viernes 21 de junio de 2013
La conjura de los necios. La España de Las mocedades del Cid (Miguel Narros, In Memoriam), aquí Donde da la vuelta el aire (Torrente Ballester), lejos de escarmentar en la cabeza del Conde Lozano (primera hazaña de don Rodrigo), tampoco escarmienta en cabeza propia, acostumbrada como está a conspirar contra sí misma. No me hagan hablar, que no respondo de mis actos. Será por eso que esté tan inaguantablemente críptico.
Nunca mejor dicho, nos las están dando hasta en el carnet de identidad. El ministro Montoro, que se creía niño prodigio de las “apps”, acabará pidiendo orden de alejamiento para sus fans, como Irina Shayk, pero en plan chungo, porque allí donde va, sus incondicionales, transidos de furor uterino, lo reciben a porta gayola, como a Beckham en Shanghái, pero en versión friki y mal encarada.

Su comparecencia parlamentaria para dar explicaciones sobre el Expediente X de la Agencia Tributaria sobre la contribuyente 14Z, puede convertirse en la transmisión más surrealista y con más audiencia de la temporada, relegando a la categoría de una inocente fiesta infantil de pijamas el resacón en Las Vegas de los concursantes de GH14.

No es la credibilidad de Montoro la que está en duda, siendo como es un político achicharrado, sino la credibilidad de una España irrecuperable, necesitada, a no más tardar, de una terapia de grupo, donde los únicos que se conjuran son los necios, donde hay más bufones que en la corte de Felipe IV, y más aduladores y arribistas que en tiempos de Nerón.

De aurora boreal es que don Cristóbal, de natural locuaz y poligonero, reaparezca cinco días después de haber perdido el habla (y que se sepa, no ha estado en el Hipódromo de Ascot con el príncipe Carlos de Inglaterra, alma gemela), pidiendo disculpas a la Casa del Rey y reprochándonos en tono macarra que no está en condiciones de explicar la Guantanamera tributaria, y que «no veamos fantasmas volando, pues son errores puramente administrativos».

El enigma del DNI de Cristina huele que apesta a mano negra, contubernio, blanqueamiento dental y sesión de body painting. Pensar en una concatenación de errores telemáticos es sencillamente una ofensa neuronal que no cuela ni en Pernambuco, aunque cosas más extrañas hayamos presenciado recientemente, a cuenta de la multa a la otra Infanta por conducir un tractor sin seguro.
Enaltecimiento del corporativismo. Los poderosos siempre se han aplicado las amnistías a la recíproca. Si los señores diputados no se cubrieran los flancos entre sí, propensos como son a los indultos inter colegas, alguien debería exigir la comparecencia del director del CNI. Manus manum lavat (Una mano lava la otra), dijo Séneca.

De paso, también podría dar una explicación el mismísimo Zapatero, que es quien gobernaba cuando acaecieron los hechos y el Fisco incumplió la obligación de abrir una declaración paralela a Cristina después de que se le atribuyese el presunto incremento patrimonial de 1,4 millones de talegos por la venta de las 13 propiedades fantasma.

Un alarde de imaginación van a necesitar los propagandistas de Moncloa para que cuele la hipótesis del error chapucero y consigan que se nos vaya de la cabeza la sospecha de un error inducido producto de un montaje.

Va a tener razón Rouco, cardenal arzobispo de Madrid y presidente de la Conferencia Episcopal Española, cuando dice con toda su buena fe que la mejor forma de ayudar a la Familia Real ante la situación actual que vive es «rezar» por ellos y por la institución.

Semana de la marmota. En la Catalonia del sorpasso de ERC, Alicia Sánchez Camacho, la misma que se comprometió con sus morritos a llegar «hasta el fondo del asunto», ha llegado a un apaño con la agencia de detectives Método 3: acepta una indemnización de 80.000 talegos a cambio de renunciar a proseguir con las acciones legales contra los espías que grabaron su conversación con la ex de Jordi Pujol Ferrusola.

Con una lideresa así, muy al estilo del ala oficialista, delantera palomera, lo lleva claro el PP y Cataluña. El lago más grande de la luna de Titán no se esconde en Saturno, querida Alicia, sino en tus ojos.

Y en estas que Rubalcaba, al rescate de la taquilla, ha asumido la portavocia del Gobierno Rajoy susurrándole a Mariano al oído el Rain over me de Pitbull y Marc Anthony; don José Blanco se ha echado al Camino de Santiago, necesitado del perdón apostólico; y Miguel Blesa ha retomado sus planes de boda, aunque no parece que tenga intención alguna de invitar al ágape al juez Elpidio, candidato a hijo predilecto de Wikipedia. Adiós a Tony Soprano, inolvidable James Gandolfini, descanse en paz.

España, permiso por defunción. No cabe un insensato más. Va un tal José de la Cavada, en su casa lo conocerán, responsable de Relaciones Laborales de la CEOE, y dice a propósito de los cuatro días de permiso que el Estatuto de los Trabajadores otorga por defunción de un familiar de primer grado, que «son excesivos porque los viajes ya no se hacen en diligencia».

Acabaremos velando a nuestros muertos o a nuestro propio cadáver en la oficina, para evitar ausentarnos del puesto de trabajo por una causa tan poco justificada.

Bien se nota que el baranda no ha leído El extranjero de Albert Camus, donde como es sabido el protagonista comienza recibiendo la noticia del fallecimiento de su madre, pero el hijo de puta de su patrón, lejos de presentarle sus condolencias, reprocha a su empleado que se tome dos días para viajar a Marengo, a ochenta kilómetros de Argel, a fin de poder dar su último adiós a su progenitora con un digno entierro.

Es cierto que hace un año nadie hubiera hablado de nosotros si hubiésemos muerto, con una prima de riesgo a punto de franquear la frontera de los 700 puntos básicos. Pero que hayamos evitado el rescate económico no deja de ser un triste consuelo si al final tenemos que pedir auxilio para un rescate político, mientras nos extrañamos de no encontrar nuestro lugar en la Vía Láctea.

«Ni los partidos ni los medios nos representan, gritan los desheredados en las calles de Brasil». Pues eso. España, In saecula saecolorum, no nos quieras tanto.