José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 21 de junio de 2013
Don Juan Valera y D. Marcelino Menéndez Pelayo constituyeron una de las grandes parejas de nuestra historia literaria. Diferentes en casi todo –edad, extracción social, inclinaciones políticas…-, les unió indesligablemente el culto, convertido de ordinario en idolatría, por la belleza –incluida, y de modo sobresaliente, la humana, en especial, la expresada por la fisonomía y cuerpo de algunas de mujeres- y el saber. Entre ambos atesoraron la totalidad casi de la cultura humanística de la Europa de su tiempo –esto es, a la fecha, del mundo…-. El epistolario cruzado entre ellos evidencia de modo irrefragable su libido sciendi y el conocimiento universal a la par que acribioso que de la temática más viva del pensamiento e ideas de las postrimerías del ochocientos poseyeron los dos. Al mismo tiempo, la correspondencia específica de uno y otro gigante de la crítica y la erudición decimonónicas se erige en auténtico monumento, por su cantidad y calidad, de las letras del Viejo Continente, apenas sin rival en una geografía intelectual como la occidental muy ocasionada al cultivo de tal género. (Por fortuna, y de manera en verdad excepcional en nuestro país, ambas producciones epistolares se encuentra colectadas de modo casi completo. Engolfarse en su océano es un placer sólo comparable al sumergirse en el mundo homérico, tan frecuentado por entrambos…)
Figuras culturalmente tan egregias no estuvieron, claro, exentas del contacto con las realidades más pesarosas de la sociedad de su tiempo, de manera especial, en los ambientes y esferas relacionadas con la producción literaria. Debemos así a la pesquisa tan escrupulosa como sagaz de un crítico francés actual –Bénédicte Vauthier- la reconstrucción de un episodio muy revelador de los mores vigentes en la edición, como de la creación literaria de la época, ciertamente curioso e ilustrador de un talante y conducta de los que no puede datarse su extinción una centuria después, al menos, en varias de sus facetas. Urgido siempre de dinero –su permanente, obsesivo alcance del “turrón navideño”-, D. Juan interrogaba, en agosto de 1887, a D. Marcelino acerca de la calidad del más tarde muy famoso Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano de Literatura, Ciencias y Artes (Barcelona, 1887-99, 25 volúmenes) de la también con ulterioridad mítica editorial barcelonesa Montaner y Simón. El sabio santanderino, colaborador de ella igualmente pro pane lucrando –“diez duros (por artículo). Creo que a nadie pagan más”-, respondía, al autor de Juanita, la Larga: “El Diccionario (…) es trabajo bastante de pacotilla, como todas las enciclopedias españolas que yo he visto hasta ahora. Mucha parte debe estar traducida del francés y del alemán…”. Al año siguiente, el escritor cordobés comunicaba a M. Pelayo: “Nada he escrito en estos días, salvo un articulejo muy de pacotilla, para el Diccionario Montaner…”. Poco más tarde y en la misma publicación, entrambos, incursos en la tentación de ganar dinero “fácil”, abajaron un tanto el rigor de sus plumas con la redacción apresurada y algo manipuladora de ciertos textos para el susomentado Diccionario, con procedimiento indigno de su prestigio y nombre. Comportamiento cuando menos picaresco y mil veces reproducido en nuestras letras contemporáneas, pero, desde luego, nada imitable y sobre todo muy expresivo de la moral y costumbres de la vida cultural española, que alimenta leyendas negras y presta vigencia a la teoría de los caracteres nacionales, tan denostada por el pensamiento progresista.