Opinión

Oda a la urraca

Reyes de Gregorio | Viernes 02 de mayo de 2008
Mi relación con los pájaros viene de familia. No tenemos ningún ornitólogo pero nos entendemos con la especie. Mis abuelos tenían periquitos en su cocina y cantaban (los periquitos, no mis abuelos) que era un primor. Mi madre recogió un loro que otro familiar no quería. Estaba despeluchado y famélico pero a los pocos meses de vivir en casa y después de desayunar mojando pan en un platito con café con leche, había renovado su plumaje y hablaba como una lora, que es lo que resulto ser cuándo la donó al zoológico. Fue una despedida triste, pero es que la lora nos salió intelectual y volaba por dentro de la casa hacia la librería. Se comió todos los libros de poesía y parte de la historia mundial, que era mucho más indigesta.

Lo mío es más de pájaros sueltos. Mi jardín está lleno de mirlos y de urracas, que comen con avidez en los comederos que les pongo.
Todas la primaveras, cuando hace viento, cae algún polluelo de sus nidos al jardín. El año pasado apareció mi hijo con una pequeñísima urraca entre sus manos, apenas tenía plumas solo un amago de emplumado blanco y negro. Mientras intentábamos acomodarle en una cajita el pajarito se murió. En esa misma cajita de puros lo dejamos y envuelto en una bolsa lo pusimos en la basura. Sin apenas acordarnos más del pobre nos olvidamos del suceso.

La mañana siguiente fue un tanto especial, sentí un silencio distinto justo antes del primer rayo de sol. Era algo así como una presencia, como si “algo vivo” estuviera cerca de mí. Mi perro, despertándose a mis pies, también se puso alerta. Me levanté algo nerviosa y dando unos pasos sin apenas hacer ruido fui al encuentro de ese algo que notaba. Desde la puerta de mi cuarto pude ver una urraca de porte mayestático caminando por la sala. La urraca voló por la habitación elegantemente apoyándose en los marcos y en el borde de las puertas, buscaba a su polluelo sin miedo. Me siguió a la cocina y rebusque en la basura la cajita. Abrí la caja y la ventana de par en par y me fui. Al cabo de un rato oí su llanto en el jardín. Os aseguro que no fue un sueño.

Me han contado que la urraca puede vivir hasta 13 años, que es omnívora, que mide unos 45 cm. de alto y unos 60 cm. con las alas extendidas, cosa que resulta muy grande en el interior de una habitación. También que suele permanecer con su pareja toda la vida y que es la hembra quien se ocupa de los seis o siete pollos que rompen el cascarón en primavera. Yo añado que es una madre valiente y arriesgada.

Y si esta primavera encontramos algún polluelo en el suelo no hay que cogerlo sino colocarlo protegido entre la vegetación cercana y dejarlo allí. Sus padres se encargarán de alimentarlo hasta que crezca y pueda valerse por si mismo.

La urraca tiene mala fama, tiene fama de ladrona. A mi casa entró sin mi permiso, pero no fue para robar nada sino en busca de lo que más quería.

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