Opinión

El lucrativo negocio de los secuestros marítimos

Viernes 02 de mayo de 2008
Dicen que la disuasión es una de las mejores armas a la hora de evitar conflictos. Carteles que avisan de la presencia de alarmas o perros peligrosos para disuadir a los amigos de lo ajeno, presencia policial en las calles para que los delincuentes se lo piensen antes de hacer de las suyas, y así un largo etcétera. Del mismo modo, una actuación contundente sirve de aviso a navegantes, nunca mejor dicho. O al revés, determinadas inacciones llevan a inferir que ésta o aquélla conducta, por delictivas que sean, resultan sumamente rentables.

Hemos sabido ahora el porqué de tanto silencio en todo lo relativo a la liberación del “Playa de Bakio” en aguas somalíes. Que hubo pago de rescate -se habla de más de un millón de euros-, que se negoció –a saber con quién-, y que a la fragata española se le prohibió intervenir contra los piratas una vez la tripulación y el buque estuvieron a salvo, lo cual desconcertó notablemente a los militares allí destacados. La imagen ante el mundo ha sido de una falta de firmeza palmaria; pero peor aún, ante quienes delinquen por aquellos pagos, la actuación del Gobierno español les ha abierto una espita por la que pueden hacer estragos. Ahora ya saben de la consideración de España para con secuestradores y delincuentes, amen de su generosidad. Los barcos que faenan en aquellas aguas -y no hablamos de embarcaciones de recreo, sino de buques cuyas tripulaciones están allí para ganarse la vida- saben del peligro que corren navegando por semejantes latitudes, y ahora más. De hecho el PNV ya había promovido una resolución ante el Congreso en 2007 que preveía el envío de un buque de la Armada a la región para proteger a estos pesqueros. Se adujo entonces que tal iniciativa resultaba harto costosa. Habría que ver si ahora se piensa lo mismo. En cualquier caso, es de ley que nuestros marineros puedan faenar allí donde otros lo hacen, y con las mismas garantías. Es cometido del Gobierno dotarles de seguridad para que puedan trabajar sin que sus vidas corran peligro. Tenemos un ejército capaz y muy dispuesto a protegerles. A ver si se entera quien se tiene que enterar, en lugar de seguir jugando a boy scout. La vida real es más seria que todo eso.

LA VERGÜENZA DE LA HUMANIDAD

Desde el pasado miércoles, Israel se ha volcado en los actos en recuerdo de una de las mayores tragedias que ha sacudido la historia de la humanidad: el Holocausto judío. Cada año, una semana antes de día de la Independencia israelí, todo el país se paraliza en homenaje a los 6 millones de judíos que perecieron, hace ya más de 60 años, en manos de la locura nazi. Adolf Hitler no logró llevar a cabo su diabólico plan de exterminarlos -la “solución final”-, pero sí hizo desaparecer a la tercera parte de de los que había en el mundo. Con ello, y obviamente sin pretenderlo, hipotecó la memoria colectiva, no sólo de los alemanes, sino de la humanidad. La pasividad de muchos y la complicidad de otros tantos, fueron las dos únicas armas que necesitó el líder nazi para exterminar a 6 millones de personas, que sufrieron todas las vejaciones imaginables por una mera cuestión de identidad religiosa y racial.

El holocausto judío pesa como una losa en las espaldas de la humanidad, porque sus raíces y consecuencias trascienden con mucho las fronteras alemanas. Es un recuerdo vergonzante que nos atañe a todos, y por eso, se hace indispensable recordar para no olvidar hasta dónde puede llegar la atrocidad de un ser humano con sus semejantes. No hay que olvidar, porque quien olvida corre el peligro de cometer los mismos errores.

No obstante, bueno es tener presente también que, incluso en el seno del horror nazi, se pueden encontrar ejemplos de valía y valentía, que incitan a seguir creyendo en la capacidad humana de hacer el bien. Personas conocidas como el empresario Oskar Schindler, el padre Kolbe en el campo de Auschwitz o el diplomático español Ángel Sanz Briz -y otras muchas anónimas- se rebelaron contra la masacre y pusieron su granito de arena para ayudar en lo posible a los judíos que tenían a su alrededor. La esperanza es inherente al hecho de vivir y son ejemplos como estos los que nos permiten seguir creyendo en la posibilidad de un mundo mejor, cuando el incómodo recuerdo de hechos horribles como el Holocausto nos impide mirar adelante con la frente alta.

LA HAZAÑA DE EDURNE PASABAN

Edurne Pasaban camina con paso firme hacia lo más alto. La montañera se ha propuesto tocar el techo del mundo con sus manos, pisar con sus pies mutilados la nieve virgen que cubre las cumbres de este planeta que llamamos Tierra. La montaña es un rival temible: los molinos a los que hubo de hacer frente Don Quijote no eran nada al lado de estos gigantes de hielo y roca que amenazan imponentes desde el horizonte a todo aquel que ose escalar hasta su cima.

Pero, con Edurne, las amenazas no funcionan. La alpinista vasca está empeñada en convertirse en la primera mujer que complete los 14 ‘ochomiles’ del mundo, y nada, ni el frío, ni el viento, ni la escasez de oxígeno podrá doblegar su espíritu de conquistadora. El jueves cayó rendido a sus pies el décimo gigante: el Dhaulagiri nepalí, situado en la cordillera del Himalaya, de 8.167 metros.

En su vertical carrera, ya solo le quedan cuatro obstáculos por sortear, y Pasaban está decidida a superarlos antes de dos años. Las proezas de la alpinista demuestran el gran momento por el que atraviesan los montañeros españoles, y ponen de manifiesto el ascenso de las mujeres, no solo en este deporte de altura, sino en todas las esferas de la vida. Pasaban es el claro ejemplo de que no hay barrera ni montaña suficientemente alta para las mujeres del siglo XXI.

Por eso, cuando Edurne pise la cumbre del último ‘ochomil’ con los mismos pies que una vez la montaña mermó hasta despoblarlos de algunos de sus dedos, ese día, todas las mujeres del mundo habrán ascendido un peldaño más de la escalera hacia la igualdad.

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