Opinión

Del Manifiesto Comunista al ¡Indignaos!

Alejandro San Francisco | Lunes 24 de junio de 2013
La sociedad siempre presenta desafíos y el orden político tiene variados adversarios. En el caso de la democracia el tema es todavía más visible y habitual, producto de las elecciones, la alternancia en el gobierno, las protestas sociales, la libertad de prensa y tantos otros aspectos que expresan la diversidad y el conflicto político. Así en el siglo XIX como en el XXI, pasando por el doloroso y poco comprendido siglo XX. La rebelión de los indignados en el último tiempo, tan difícil de entender para los analistas, es la última expresión de movimientos populares que se repiten desde hace un par de siglos.

Marx fue uno de los pensadores más importantes del siglo XIX y cuya obra influyó como ninguna otra en los últimos cien años. Encarnó una protesta y una propuesta para sustituir a la democracia liberal y tuvo fortuna parcial en el intento. Ya en las Tesis sobre Feuerbach advirtió que los filósofos se habían dedicado a comprender el mundo de distintos modos, cuando lo relevante era “transformarlo”. Poco después, en 1848, en El Manifiesto Comunista (edición reciente en Nórdica libros, Madrid, 2012), amplió algunas de sus ideas: la historia de los acontecimientos humanos es la historia de luchas de clases; en la época en que él escribe, la lucha se expresaba en el enfrentamiento entre burguesía y proletariado; los proletarios estaban llamados a triunfar e inaugurar una nueva etapa histórica. El libro concluía con un sentido claro de victoria y un reconocimiento explícito: los comunistas no ocultaban que su verdadero propósito solo podía alcanzarse mediante “la subversión violenta de todo orden social preexistente”.

Un siglo y medio después ha pasado mucha agua bajo el puente y la democracia occidental experimentó la agresión decidida de ese enemigo relevante y que obtuvo numerosas victorias. Así sucedieron la Revolución Bolchevique en 1917, la consolidación de los socialismos reales en Europa oriental y China tras la Segunda Guerra Mundial, el triunfo de la Revolución Cubana en 1959, e incluso la posibilidad de imponerse en la Guerra Fría, como muchos creían por devoción ciega o miedo cerval. Finalmente cayó el Muro de Berlín y todo se aclaró: el liberalismo económico y político habían triunfado y el fin de la Unión Soviética solo constató lo evidente, la derrota ideológica e histórica del comunismo.

Sin embargo, como ha expresado Eric Hobsbawn en su completo e interesante libro Cómo cambiar el mundo –precisamente sobre la historia del comunismo–, todavía quedan problemas pendientes en la sociedad actual, tales como la distancia entre ricos y pobres o las divergencias entre grupos sociales. Por ello el historiador británico, a su vez marxista, sostiene que debemos tomar a Marx en serio, por cuanto “el liberalismo político y económico, por separado o en combinación, no pueden proporcionar la solución a los problemas del siglo XXI” (Barcelona, Crítica, 2011).

El tema es discutible y también su afirmación, pero en esta última década la situación ha vuelto a ser compleja aunque por razones diversas, y si bien el comunismo sigue vivo, no es el marxismo el principal intérprete de los problemas actuales, ni la esperanza de establecer un sistema futuro distinto a las democracias y economías libres. En los últimos años hemos podido observar protestas más o menos sostenidas en Estados Unidos o Grecia, en España o América Latina, y con especial fuerza en Brasil en estos días. Con las especificidades de cada caso, se puede apreciar como diversos grupos protestan y se levantan, denuncian a los políticos, estigmatizan a los empresarios, reparten maldiciones, consignas y algunas propuestas genéricas.
Quien parece interpretar mejor este nuevo estado de cosas es Stéphane Hessel, en su libro ¡Indignaos! (Barcelona, Ediciones Destino, 2011). Ahí pone el dedo en la llaga del sistema y vuelve a levantar a los adversarios de la democracia representativa, ahora sin banderas rojas sino multicolores, sin barricadas pero con marchas, tomas y sittings. El subtítulo del libro es ilustrativo: “Un alegato contra la indiferencia y a favor de la insurrección pacífica”.

El autor, fallecido a comienzos de 2013, sostiene que uno de los componentes esenciales del hombre es “la facultad de indignación y el compromiso que la sigue”. Entre los motivos posibles para indignarse destaca la distancia entre ricos y pobres, en una especie de nueva versión de la lucha de clases, pero con una diferencia radical respecto del marxismo: Hessel postula su “confianza en la no violencia”, y convoca a una verdadera “insurrección pacífica” contra los Estados, gobiernos, medios de prensa o empresarios.

Podemos observar una coincidencia general y un par de diferencias fundamentales entre la doctrina comunista de 1848 y los indignados del presente. En ambos casos existe una crítica radical a la sociedad liberal, junto a un deseo manifiesto de acabar con ella, mientras la lucha de clases aparece como telón de fondo de la rebelión y del deseo de cambiar el curso de la historia.

Sin embargo, además del recurso a la violencia, esencial en el marxismo y rechazado en la propuesta de los indignados, hay otra diferencia básica que hace difícil predecir qué camino seguirán los acontecimientos. En la doctrina marxista, y luego en el marxismo-leninismo, se va clarificando con el paso de los años no solo el sistema que hay que destruir y cómo hay que hacerlo, sino también la construcción del comunismo: la sociedad burguesa sería reemplazada mediante la revolución por la dictadura del proletariado, para llegar finalmente a la sociedad sin clases.

Con los indignados del mundo la cosa es un poco más compleja. Sin partido que los organice ni adoctrinamiento claro que los defina, sin propuestas de largo plazo y sin cabeza que lidere los movimientos a través del mundo, la indignación sirve de rebelión, pero no parece tener una propuesta de organización política futura. La protesta y la crítica radical a la sociedad son muy claras, mientras sus propuestas permanecen en la penumbra. El texto de Hessel es muy directo en la necesidad de acumular rabia, pero es muy opaco en los sustitutos al sistema.

Por lo mismo, mientras tanto, podemos suponer que las protestas no desaparecerán y probablemente crecerán en otras sociedades que hasta ahora no han estado afectadas. Como aliados importantes tendrán las redes sociales, tan activas en estos días. Pulularán tras las banderas de las concentraciones algunos comunistas, indignados diversos, anarquistas y personas sin doctrina alguna, pero con clara posición contra el sistema. En el proceso conviene tener clara la evolución que ha habido entre Marx y Hessel, y estar muy atentos al curso de los acontecimientos, seguramente tan imprevisibles como hace cien años, poco antes del primer régimen comunista de la historia.