Martes 25 de junio de 2013
El ex Presidente del Gobierno de Italia, Silvio Berlusconi, ha sido condenado a siete años de cárcel e inhabilitación perpetua para el ejercicio de un cargo público por los delitos de inducción a la prostitución de menores y abuso de poder en el llamado caso Ruby. Se trata de una dura condena, aún más si se considera que el Tribunal de Milán le ha condenado a un año más de lo que pedía el Fiscal. Tras la sentencia, cabe esperar que el Pueblo de la Libertad, el Partido de Berlusconi, asuma una postura responsable, al mismo tiempo que los miembros del Ejecutivo cercanos a Berlusconi deben recordar la importancia de la separación de poderes y del respeto por la independencia del poder judicial.
Y aunque Berlusconi apelará la sentencia e intentará demostrar su inocencia, la condena no debería tener consecuencias sobre el actual Gobierno, aunque es posible que alimente nuevas dudas sobre la viabilidad del precario gobierno de coalición italiano. El actual Presidente, Enrico Letta, sabe que le espera un autentica obra de equilibrismo político, mientras Berlusconi, probablemente, le forzará constantemente a un duro pulso interno para garantizar una nueva sentencia favorable, o incluso una amnistía. Aunque parece difícil que esta sentencia pueda provocar la caída del Gobierno, tratándose de un tema tan impopular que demostraría el predominio de los intereses partidistas de Berlusconi, parece real el peligro de que esta radicalice las posturas políticas, aumentando la crispación en el país y la división entre berlusconiani y anti-berlusconiani. Es difícil que Berlusconi retire su apoyo al Ejecutivo de Enrico Letta forzando su caída: es más probable que intente chantajearle y obligarle a asumir decisiones en su interés vinculándolas, supuestamente, a la supervivencia del Gobierno. La gravedad de las acusaciones debe invitar a reflexionar, aunque no se debe caer nuevamente en una situación donde la “prioridad” y el interés giren entorno a los problemas de Berlusconi, arrinconando los del país.
Resulta difícil pensar que Berlusconi deje la política motu proprio: el líder político sabe que la existencia de su partido depende de su figura, un partido personalista, creado a su imagen y semejanza. Si el rey Luis XIV de Francia dijo que L'État, c'est moi (El estado soy yo), en el caso de Berlusconi podría decirse algo como que Le Parti c'est moi (El partido soy yo). Por lo tanto, parece que sólo la condena podría marcar su declive en la política italiana. Los sucesos judiciales de Berlusconi no deben tener impacto sobre la estabilidad del Gobierno: en la difícil coyuntura político-económica que vive el país Italia necesita contar con un Ejecutivo fuerte, dotado de un equilibrio político y de la capacidad necesaria para salir de la crisis, que acometa unas reformas urgentes de carácter económico, social y jurídico-institucional. No debemos olvidar que Italia tiene el deber –y las condiciones- de recuperarse y ofrecer una imagen nueva, de credibilidad tanto económica como política.
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