Opinión

La corrupción de la ley del silencio

Simon Royo Hernandez | Lunes 01 de julio de 2013
El problema de la corrupción actual reside en la cosmética, cuenta con innumerables formas de maquillarse para parece otra cosa distinta de la que es. Nuestra corrupción es tan sofisticada que ni siquiera huele a podrido, aunque farsantes sin número pueblen las instituciones. Los políticos se han dedicado a limpiar los países con el expeditivo método de vaciar los bolsillos de sus ciudadanos, pero poco se han ocupado de limpiar sus propias casas.

Los banqueros, esto es, los máximos representantes de la crisis y de una corrupción de manos limpias, parece que han conseguido dinero sin término a cambio de mantener la boca callada, bien cerrada. La opinión pública, ante semejante situación, pide cabezas y se les entregan algunas, con cuenta gotas, sin excesiva relevancia e incapaces de tirar de la manta. Y es que cuando impera la ley del silencio es cuando la corrupción ha llegado a reproducirse por metástasis contagiando a una buena parte del tejido político-social.

¿De qué clase de consuelo sirve a los ciudadanos el que sienten a un jefazo en el banquillo si el 99%, también pringados, queda impune? La sensación con respecto a una justicia que hace lo que le dejan es de grandísima frustración y de notable impotencia.

Entre tanto, como medidas de distracción, la función narcisista del sistema imperante la cumple el esoterismo orientalista, el cual, dando la espalda a lo greco-latino y la lo judeocristiano que conformaban Europa, se proponen como sucedáneos de ese yo egoísta que tiene que realizarse económica y espiritualmente, antes de acometer ninguna revuelta callejera. Esa ideología, tan pregnante en los Estados Unidos desde los años 60 del pasado siglo ahora ha desembarcado y se ha extendido por Europa. Como resultado un “yo” que se extiende como una larga alfombra roja suplanta al “nosotros” que conformaba lo europeo, hasta el punto de amenazar el estallido de tantos egolatrísmos como personas.

Todo tiene que encajar en un sistema que funde la corrupción de la ley del silencio y el orientalismo más inane en unas preferentes donde lo nefasto actual se mezcla con lo bueno de ayer, haciendo lo último irreconocible. Y quienes no asimilan esos paquetes vía intravenosa todavía acuden a las manifestaciones, pero muchos lo hacen como quien va a una fiesta o a dar un agradable paseo. Aún así, los antidisturbios parten cabezas y parten caras, preventivamente, sin que haya disturbio alguno que justifique sus brutales actuaciones. Los participantes en el picnic huyen despavoridos de unas fuerzas de inseguridad con férreas órdenes de crear y fomentar, ellos mismos, el vandalismo que los justifique.

Así nos va y así nos viene. La pregunta sobre el “¿Qué hacer?” se vuelve tan perentoria que la ausencia de respuestas claras y concisas amenaza con una parálisis progresiva de los movimientos contestatarios. También la ponzoña de la parálisis está inyectada en la sociedad del espectáculo, cuando tan sólo un centenar de personas cruzando sin cesar un paso de cebra o de peatones, sin cometer delito alguno, podrían paralizar una ciudad entera.

Vivimos en tiempos de un Establisment corrupto contra el cual no es solución alguna el ponerse a hacer yoga. Quizá eso del yoga funcione en Oriente (aunque la India no es ningún modelo a seguir) pero en Occidente hace falta un poquito de imaginación compartida. Hay que detener el narcisismo, retrotraer la tendencia ególatra y volver a pasar del yo al nosotros, porque en Europa siempre nos han importado los demás.

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