Miércoles 03 de julio de 2013
Hoy miércoles expira el plazo de 48 horas dado por ejército a Mohamed Mursi para que ponga fin al estado de incertidumbre en que vive Egipto. Ya han dimitido un buen número de ministros, y los que quedan pueden seguir el mismo camino en breve. Atrás queda un año de gobierno de los Hermanos Musulmanes en el que se han defraudado las expectativas de buena parte del país; un país que ha cambiado el autoritarismo de Mubarak por el de los Hermanos Musulmanes.
Además, la situación económica sigue sin mejorar, lo que -obviamente- agudiza el descontento social. A día de hoy, el panorama es sumamente incierto. El ultimátum del ejército tiene todos los visos de ser anticipo de una sonada militar, pues no parece posible que la crispación política vaya a atemperarse en dos días. Frente a los Hermanos Musulmanes, hay una amalgama opositora absolutamente heterogénea, en la que caben desde salafistas a partidos liberales, pasando por los nostálgicos de la era Mubarak -que los hay.- Y la tensión entre los diversos grupos ha causado ya un número indeterminado de heridos, pudiendo ir a peor en breve.
Conviene señalar, por otra parte, que lo que suceda en Egipto afecta más allá de sus fronteras. A nivel geopolítico, es uno de los principales aliados de Estados Unidos en el mundo islámico y en el norte de Africa y limita con Israel. Fue, además, el escaparate principal de lo que dio en llamarse Primavera Arabe, una posible referencia para otros países y que ahora, en las actuales circunstancias, parece más bien endeble. Sea como fuere, la comunidad internacional debe hacer lo posible para que la frágil estabilidad que aún queda el Egipto no se quiebre del todo.
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