Los bancos centrales han permitido que todos compremos tiempo para hacer nuestros deberes. Pero, al hacerlo, nos han hecho más fácil que no hagamos los deberes. Cinco años de crisis, y no hemos dejado atrás todos los riesgos.
En estas crónicas le hemos prestado especial atención al Banco de Pagos Internacionales, o Bank of International Settlements (BIS). En la prensa económica española no cunde este interés por el BIS, a pesar de que se le considera “el banco central de los bancos centrales”. Le prestamos atención porque, de todas las instituciones públicas, y quizás de todas las instituciones con la posible excepción del ECRI (al que también damos espacio), es la que mejores análisis hace de la evolución de la crisis económica global.
Ahora bien, se prodiga poco. De todas sus publicaciones, la más importante es el informe anual,
que se ha publicado recientemente. No lo recogimos el pasado 24 de julio, pero lo hacemos ahora. Su análisis no difiere del expuesto en otros informes anuales, y que hemos recogido aquí. Pero se adapta a la “media década de recesión y lenta recuperación” que ya llevamos. Durante este período, los bancos centrales han llevado una política “acomodaticia”, es decir, inflacionista, con dos tipos de respuestas: “Primero, rebajaron la política de tipos de interés a, esencialmente, cero”. Y, en una segunda fase, “esos bancos centrales comenzaron a expandir sus balances, que en conjunto son ahora el triple que al comienzo de la crisis, y subiendo”.
El objetivo era evitar el colapso. Pero ese objetivo, cinco años después, ha evolucionado. Consiste en permitir el ajuste que repare los graves desequilibrios acumulados durante el Boom. Aquí la política “acomodaticia” de los bancos centrales tenía un sentido claro: “comprar tiempo; tiempo para reparar los balances, tiempo para la consolidación fiscal, y tiempo para que las reformas restauren el crecimiento de la productividad”. Ah, “pero el tiempo no se ha utilizado bien, ya que los bajos tipos de interés y las políticas no convencionales le han hecho más fácil al sector privado que posponga el desapalancamiento, facilita que se financien los déficit públicos, y facilita que las autoridades retrasen las necesarias reformas en la economía real y en el sistema financiero. Al fin y al cabo”, dice el informe, “el dinero barato hace más fácil endeudarse que ahorrar, hace más fácil gastar que gravar, y hace más fácil quedarse quieto que cambiar las cosas”.
Desde estas crónicas hemos mantenido, advirtiendo de que no era una posición mayoritaria en la ciencia económica, que hay que permitir que el sistema financiero pase por un proceso de destrucción del crédito, de deflación, pues ésta fuerza al sistema económico a ajustarse rápidamente. El camino que hemos seguido es el contrario. No ha sido tan doloroso como hubiera sido de otro modo, pero esa agonía se ha prolongado durante cinco años, y sólo hemos dejado atrás la mayoría de las probabilidades de colapso. O, como lo presenta el BIS, ha habido progresos, “pero en su conjunto el conjunto ha sido lento y desigual”.
Hogares y gobiernos siguen esperando a que la situación mejore. Y los bancos centrales “no pueden hacer más sin añadir los riesgos que ya han creado”. De modo que tienen que retomar su labor tradicional y “facilitar los necesarios ajustes más que retrasarlos con tipos de interés cercanos a cero, y con compras de cantidades crecientes de títulos de deuda de los Estados”.
Entre esas reformas que tienen que alentar está la flexibilización del mercado de trabajo y de bienes. La razón está clara, pues como dice el informe “los mercados más flexibles permiten que los recursos fluyan más fácilmente de los sectores con baja productividad a los sectores con alta productividad, con ganancias obvias para el crecimiento”. Además, esas reformas “fomentan la empresarialidad”.
Por lo que se refiere a las deudas, para un conjunto de países elegidos, “en conjunto han aumentado su endeudamiento en 33 billones de dólares, o unos 20 puntos porcentuales del PIB”, nada menos. Y recuerda, lo hace el BIS, que “los estudios han mostrado repetidamente que cuando la deuda de los gobiernos supera el 80 por ciento del PIB, comienza a cercenar el crecimiento”. Pero ese endeudamiento público supera el 100 por ciento en la mayoría de los países, y no deja de aumentar. Es un verdadero problema. No. Es el verdadero problema. Pues si sigue creciendo la deuda, el crecimiento se resentirá, y cuando aparezca (más tarde), éste por sí solo “no será suficiente para que ocurra la consolidación fiscal. Esto es, el denominador del ratio deuda/PIB no crecerá más rápido que el numerador”.
Y con una mayor deuda, lo que cae es la confianza. El informe relata, en un momento, cómo esta menor confianza ha hecho que los capitales se trasvasen a las economías emergentes. Ellas crecen, nosotros, no. Y el BIS advierte: los tipos a largo plazo de las últimas dos décadas ronda el 6 por ciento, y en la actividad es el 2 por ciento. Una subida de los tipos de interés a largo plazo, que es posible y no es del todo controlable por los bancos centrales sino con mayores riesgos, podría acabar con la tímida recuperación, que se adivina más que verse.