José Antonio Sentís | Sábado 03 de mayo de 2008
Culto, melómano, irónico, técnico, distinto y a veces distante, ajeno a los modelos de liderazgo de las democracias mediáticas, Leopoldo Calvo Sotelo ha sido el presidente del Gobierno más fugaz de la Democracia y seguramente al que menos páginas de la Historia se le dedicarán. Y, sin embargo, su papel fue decisivo en el tiempo en que le tocó lidiar con un régimen inmaduro, inseguro y temeroso, para adormecer los pánicos colectivos aunque fuera a costa de dar paso a la hegemonía de sus adversarios políticos del PSOE.
Su mandato puede calificarse perfectamente de transición dentro del propio proceso político de la Transición. Porque, emergido el nuevo régimen por la vía de la Reforma, todavía nadie tenía la certeza de su consolidación, a la que sólo se llegó precisamente en la época de Calvo Sotelo con el paso a la alternancia política en el interior y a la homologación internacional.
Un presidente no electo, que además empieza su mandato con un golpe de Estado en plena sesión de investidura, no podía tenerlo fácil. Y menos fácil si coincide su ejecutoria con la disolución moral y política del partido que debía sostenerle, la UCD. Y lo más difícil de todo, si también coincide en el tiempo con la voracidad de la oposición, impaciente tras dos derrotas consecutivas (1977 y 1979) y dispuesta a ir a por todas en su objetivo de poder.
Por eso, cuando ahora se habla de crispación en la pugna política es porque pocos recuerdan aquellos años de bronca y de conspiraciones, fueran éstas dentro o fuera de la ley. Unos años tan malos, entre 1980 y 1982, que llevaron a la sociedad española a la necesidad imperiosa de la estabilización. Y pareció, para muchos, que a Calvo Sotelo le cupo esa ingrata tarea, la de facilitar el triunfo socialista. De hecho, ni siquiera fue el candidato de su partido en 1982 (le cupo esa misión destinada al fracaso a Landelino Lavilla) y se fue por una puerta trasera de la política a la que parecía predestinado por preparación y hasta por apellidos, pero cuyas exigencias de confrontación eran incompatibles con su personalidad.
La época de Calvo Sotelo es ahora un recuerdo vago para casi todos, y sólo han pasado veintiséis años. Su protagonismo en la Transición, de la mano y en la sucesión de Adolfo Suárez, queda también borroso, porque también se han encargado sus sucesores (la larga época de Felipe González, la recomposición de la derecha de Aznar y la ofensiva contra la memoria de la Transición de Zapatero) de difuminar imagen y valores de aquel tiempo iniciático de la Democracia. Pero nada se puede entender de la España moderna sin entender aquella España zigzagueante que se abría paso poco a poco hacia la modernidad europea.
Porque fue Calvo Sotelo quien decidió, frente a las furibundas críticas de la izquierda, la incorporación de España a la OTAN (que González no revocaría) y facilitó decisivamente con ello la incorporación a la Unión Europea.
Como presidente, no tuvo demasiado tiempo para hacer demasiado y, como se ve, lo que mejor hizo, abrir España al exterior (que justificaría una Presidencia) sirvió para provecho de otros. Pero, analizado con la perspectiva de la distancia, no quedan motivos para la crítica, y sí para el agradecimiento por su trabajo en la institucionalización y en el sosiego de España.
TEMAS RELACIONADOS: